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Juan Manuel González

'Sucker Punch': la burra grande, ande o no ande

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Zack Snyder ha sido saludado como uno de los salvadores del cine espectáculo. Forjado en la publicidad y dotado de una infinita capacidad visual, el realizador comenzó paladeando los sabores del terror de serie B con la excelente Amanecer de los muertos, para luego convertirse en adalid de las adaptaciones de cómic con las sobrevaloradas 300 y Watchmen. En Sucker Punch firma con su pluma y su cámara un filme de fantasía y acción realizado para el gozo de la generación Playstation, un cuento de hadas siniestro que mezcla en un todo en uno nada menos que estética retro, dragones, zombis nazis a vapor, chicas con pistolas y hasta robots.

Nada que objetar al respecto. El problema de Sucker Punch no es su imposible mezcla de elementos, ni su propuesta de acción surrealista y canalla, ni mucho menos que la posmodernidad se nos atragante a estas alturas. Al contrario, en Sucker Punch existe una película, un cuento más allá del espejo que explora la fractura entre ficción y realidad, una historia de acción espoleada por la rebeldía juvenil y la huida hacia realidades mentales. Pero es la misma subversión que Snyder anula completamente en un show de pantalla verde y ralentís despendolados, un desfile de excesos que apabulla en la forma, que se quiere dignificar en el fondo, pero que se muestra previsible y escueto en giros a la hora de atrapar al espectador.

Hay momentos en los que Snyder demuestra lo que vale y se permite sutilezas. El ingreso en el sanatorio de Baby Doll, con la joven protagonista mostrada como una criatura diminuta en un mundo de hombres, y en la que Snyder muestra la idea subyacente del relato, esas escapadas mentales a un mundo de arquetipos colectivos –dragones, nazis, templos zen- del que hace partícipes a las demás reclusas, sorprende y hace presagiar un show imprevisible y espectacular. Sus escenas de acción funcionan por separado, por mucho que parezcan intros de videojuego más que otra cosa. El director también muestra una inesperada atención al detalle y una incuestionable capacidad para ir al meollo, como lo demuestra ese excelente videoclip con el que comienza la historia de Baby Doll.

Pero al margen de la pretendida violación de estructuras clásicas por dentro y por fuera, de la narrativa de varios niveles y de la estructura de videojuego, Snyder ejerce aquí de telonero de una gran evasión que no convence en lo más básico. Todas sus soluciones visuales contribuyen, en estrecha colaboración con su raquítico guión, a hacer de Sucker Punch una película plúmbea, sin vida, estática, adornada por eternas coreografías digitales a ritmo de techno que tratan de resolverse de sopetón en un final de dramatismo impostado que no conmueve. Los paralelismos entre realidad y ficción no son suficientes para sustentar un cuento desarrollado de forma mecánica, descompensado. Emily Browning es una pétrea protagonista que apenas aporta un rostro de porcelana, y tan sólo la brillante australiana Abbie Cornish insufla vida a su personaje. Al final, a Snyder le han perdido sus propias virtudes.

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