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Juan Manuel González

'La Saga Crepúsculo: Amanecer: Parte 2'

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La Saga Crepúsculo: Amanecer. Parte 2 es el final cinematográfico de las aventuras amorosas de la humana Bella Swann y el vampiro Edward Cullen, una cinta ambiciosa que pretende culminar el "epic romance" trazado originalmente en el papel por la escritora Stephenie Meyer, a la vez que despedirse apropiadamente de los fans de la franquicia. La última entrega de la saga, algunos dicen que vampírica, que ha convertido en estrellas a sus protagonistas, Kristen Stewart y Robert Pattinson, pone punto y final a un fenómeno adolescente cinematográfico y literario que, pese a tener multitud de precedentes, resulta sin duda el más específico de la presente década.

Echemos la vista atrás: Amanecer. Parte 1 acababa con Bella muriendo durante el parto de la pequeña Renesmee para, por diversas circunstancias, inmediatamente volver a la vida como vampiro. En su amanecer como chupasangre -como ven, hemos cogido la metáfora-, la joven debe acostumbrarse no sólo a su naturaleza de neófita, sino también a la maternidad y sobre todo a una amenaza mucho más importante: el clan de los Vulturi, encabezado por un divertido Michael Sheen (The Damned United, y pidiendo a gritos ser villano en el próximo Bond) que esta vez no parece dispuesto a perdonar la naturaleza mestiza del romance entre Edward y Bella...

El director Bill Condon, un artesano con clase cuya contratación no dejó de resultar sorprendente, ha sido encargado de la realización de los dos filmes que componen Amanecer. Condon, responsable de filmes adultos de cierta controversia y tremendo interés, hace lo que puede para poner en escena la que -reconozcámoslo- es la entrega más entretenida de toda la serie adolescente. Los excelentes títulos de crédito, en los que brilla con luz propia la partitura de Carter Burwell (retomando el excelente tema de Alexandre Desplat para Luna Nueva) anuncia un espectáculo con menos romance y almíbar y más tensión y suspense, mientras la fotografía del madrileño Guillermo Navarro (El Laberinto del Fauno) retrata los paisajes verdes y lluviosos de Forks dotando de una notable atmósfera melancólica a los lugares (al menos siempre que se lo permiten los abundantes croma digitales). En definitiva, que la decisión de partir en dos la novela original, aunque sólo sirve para reforzar la vacuidad de cada una de las películas y hacernos pagar dos veces por lo mismo, al menos es una decisión de la cual Parte 2 se beneficia: la película no pierde tanto el tiempo como la anterior, dedicada casi íntegramente a la boda y la noche de bodas (¡!), y la existencia de una suerte de cuenta atrás hasta el enfrentamiento final, así como una sensación de clímax más o menos definido (lo que ocurre justo después de él es un asunto distinto), suaviza la animadversión del espectador más arisco.

No obstante, el que esto quiera decir mucho o poco a estas alturas es otro cantar. Nadie esperaba ya una exploración de la mitología vampírica, lobuna o premenstrual, ni mucho menos una celebración de la pasión adolescente, pero perdura la impresión de que todos deben resultar temas punibles para Meyer, una autora que afronta los códigos del género con la caradura que sólo puede proporcionar el puro y duro desconocimiento. Amanecer. Parte 2 insiste, en su lugar, en los remilgos de las anteriores entregas, pero acusando toda ella su naturaleza de cabo suelto, de parcheado constante de una historia que a estas alturas no ofende porque sólo es absurda, y en la que motivos relevantes como la paternidad, la amistad, la familia o la venganza se desparraman aquí y allá y desaprovechan como mero pretexto para las aventuras de unos personajes sin alma.

No se trata de buscar incoherencias, que haberlas haylas, sino de sobrepasar o no la barrera de un mal gusto que, como en las anteriores, aquí resulta extrañamente moralista, codicioso. Meyer y los responsables del filme disfrazan de pasión el egoísmo de unos protagonistas tremendamente conformistas, a quienes al fin y al cabo no les importa poner en peligro vidas ajenas por una dependencia mutua (que los rostros de Stewart y Pattinson, pareja en la vida real, ni siquiera aciertan a ilustrar). No he acabado: un personaje, el de Bella Swann, que tampoco escatima a la hora de abandonar a su solitario padre (Billy Burke), y que tratando de justificar su desaparición, deriva con su explicación en un ultimátum a aceptar la "abducción" de la joven por lo que, al fin y al cabo, no deja de ser una secta... de vampiros. Todo ello por obra y gracia, naturalmente, de la torpe y manipuladora alegoría de Meyer, como se sabe perteneciente a la tradición mormona. Son, en definitiva, aspectos que los responsables del filme contemplan con resignación y hasta cierto aplauso, poco interesados en -tan siquiera- crear algo de dramatismo con tan simbólica escena.

Por no hablar de ese bebé celestial -producto, paradójicamente, de un ente maligno...- para más inri recreado como un morphing de los rasgos de los dos protagonistas; o la recurrencia al viejo truco del desenlace en falso, que desmiente sin pudor todo lo visto en los minutos previos, para colmo y sin duda los mejores del largometraje... Menos mal que todo esto convive con el citado climax de acción final, sorprendentemente violento, o escenas extrañamente cómicas en las que Bill Condon trata de inyectar humor, en esta ocasión creo sinceramente que de modo voluntario: ver el momento en el que Jacob se desnuda ante Charlie, el padre de Bella, para demostrarle una cosa... En definitiva, es una lastima que Condon, director de cintas como Kinsey o Dioses y Monstruos, tenga que pagar el peaje de las exigencias de Stephenie Meyer, también productora del evento y -por si había alguna duda- verdadera jefa del cotarro. Al final y pese a sus esfuerzos, La Saga Crepúsculo: Amanecer. Parte 2 no se ve, se padece.

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