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Juan Manuel González

'Django desencadenado'

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Sanguinolenta, grotesca, irreverente, son adjetivos que encajan a la perfección con Django desencadenado, el homenaje al spaghetti del enfant-terrible Quentin Tarantino, que vuelve aquí a hundir sus garras en el cine de género y las más lunáticas y oscuras variedades de serie B para elaborar una particular relectura del western, contenedor maestro donde los haya, más allá y más abajo incluso de la aportación trascendental de Sergio Leone, creador del denominado spaghetti almeriense con la trilogía del dólar y Hasta que llegó su hora

Pese a su argumento, con un esclavo liberado buscando venganza, Django desencadenado no es, evidentemente, una reflexión sobre la esclavitud y el mercadeo de derechos humanos, por mucho que la postura del realizador quede clara en más de una escena o dos, como si fuese necesario hacerlo, digo yo. La película es más bien una excusa perfecta para elaborar una jugosa mutación con otro subgénero, el blaxploitation, que enfatiza aún más el implacable motor de venganza ciega contra todo, contra todos, que mueve el spaghetti sub-Leone y el cine de Tarantino, sobre todo de un tiempo (Death Proof) a esta parte. En fin, un ejercicio de estilo personal y también, y por encima de todo, una gamberrada de primera, no exenta de reivindicación freak y, sobre todo, una cierta calidez a la hora de dibujar ciertos personajes y sus motivaciones que me parece la principal novedad del asunto. Django tiene algo que podríamos llamar un aura de optimismo, que quizá en Tarantino podríamos llamar incluso madurez, que convierte la cinta en una de las más cándidas y agradables, menos sombrías, de su realizador.

...Y esto último, naturalmente, cójanlo con pinzas: como viene siendo habitual en el cine del director de Pulp Fiction, Django funciona como un juguete hecho a capricho, pura forma, con largas secciones de diálogo que suelen conducir a menudo a tremendos estallidos de violencia exagerada, cómica y hasta gore (salvo una de ellas, la de los perros, no exenta de cierto componente hilarante, y en la que tiene cierto papel el maquillador mítico Tom Savini), y una subdivisión bastante clara en distintas partes que enfatiza esa apariencia amorfa que en ocasiones desprenden sus películas. Pero existe en Django un cierto colorido, un fluir alegre, quizá procedente de ese contraste que convierte la tragedia real en un cuento violento y cómico, que creo que da lugar a un filme enteramente lúdico, exento de rencor y elaborado, simplemente, con la guasa de un bufón brillante, y que eso sí, pide explícitamente un apretón de manos con el público, muy similar al acuerdo que sella la alianza de los dos protagonistas al principio del filme.

Por lo demás, nada nuevo bajo el sol, gracias a su perfecta construcción de diálogos y personajes (pese a la impersonal caracterización de Jamie Foxx, quien al contrario que Christoph Waltz, DiCaprio o incluso Samuel L. Jackson, y debido a su soberbia, es incapaz de divertirnos con su personaje), la atención al detalle que le permite su dominio de la puesta en escena, la cámara y el tempo, y eso sí, un exceso de metraje que se sufre sobre todo en la segunda mitad y que puede cansar al más pintado. Defectos que, en todo caso, le sirven a Tarantino para manejar el suspense de manera impecable, resolviendo luego mediante un corte de raíz (me refiero a la larguísima escena de la cena en Candyland), y también para dibujar, quizá demasiado tarde, un divertido y peligroso dúo de villanos en el que reside la mejor, más rebelde y valiosa idea de la película: que finalmente sea un negro alimentado por su propio conformismo el responsable directo de ejecutar, esclavizar y torturar a sus hermanos.

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