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Juan Manuel González

Crítica: 'La serie Divergente: Leal', con Shailene Woodley

'Leal' tiene un montón de ideas, eso es indudable. Aunque pocas veces sabe realmente cómo llevarlas a cabo.

Juan Manuel González
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'Leal' tiene un montón de ideas, eso es indudable. Aunque pocas veces sabe realmente cómo llevarlas a cabo.
Shailene Woodley y Theo James | eOne

Debo ser la única persona sobre la faz de la tierra a quien le gustó más Insurgente, estrenada hace exactamente un año, que la primera entrega de la saga Divergente. La película ganaba un director ágil y limpio, Robert Schwentke (Plan de vuelo: desaparecida), y sustituía las inseguridades románticas de la primera, inevitable peaje de la literatura young-adult, por un escenario virtual que servía de proyección a las pesadillas de la protagonista, la siempre correcta Shailene Woodley. En la presente Schwentke repite labores y, al menos para un servidor, eso se nota cuando el guión y las obligaciones contractuales se lo permiten. Lo digo porque al igual que Los Juegos del Hambre y Crepúsculo, la película es sólo la primera mitad de las dos que ponen el broche a la saga (la próxima, Ascendente, será estrenada el año que viene) lo que probablemente convierte el presente texto en una crítica mutilada de un único largometraje.

Vamos a decirlo de entrada: el embrollo que plantea la saga Divergente es de todo menos insustancial. Otra cosa es que el convoluto de motivos de la ciencia ficción urdido por Veronica Roth, responsable de los best-seller juveniles en los que se basa la saga, sea un complejo aunque finalmente irrelevante batido distópico cosido a base de referencias reales y a otras películas recientes que tiene toda la pinta de malograr algunas de sus premisas. Un espejo donde mirar la última década y media en la política doméstica e internacional de su país, si quieren, que, a diferencia de Los Juegos del Hambre (finalmente un estudio de un personaje sometido a los vaivenes de su proyección mediática) no profundiza para nada en su heroína, Tris, hiriendo de muerte un largometraje que fracasa en lo esencial, en lo más básico y emocional, que es simplemente llevar a buen puerto las aventuras de sus personajes.

Pero en Leal hay diversos apuntes que, sobre el papel, refuerzan la idea de que alucinada distopia de Veronica Roth tiene mucho sentido. En el plano que casi abre el filme, los divergentes de la ciudad de Chicago son cercados por una de las facciones (en una única toma excelentemente diseñada por su director) que equipara con sutileza a los rebeldes del filme, inmersos en una inminente Guerra Civil, con esos refugiados que ocupan (aunque no demasiado) las páginas de las secciones de internacional. A continuación el primer tercio del filme se sumerge en ciertas reflexiones sobre la naturaleza del liderazgo, la frontera entre la necesidad y el poder, la brutalidad de la masa sedienta de sangre y fanática de las ejecuciones públicas; para en su segundo acto (en el que Cuatro, interpretado por Theo James, participa en una supuesta misión humanitaria) cuestionar la dinámica de las intervenciones militares en países lejanos, criticando no sólo el sistema de castas que abrió la saga sino también a la vez la obligación de, qué se yo, ser americano en lugar de cualquier otra cosa. Todo ello mientras que la heroina, Tris, se abstrae del problema una vez se le ofrece la oportunidad de ascender socialmente.

Mucha tela de cortar que demuestra que la sombra de Matrix es alargada, y que de alguna manera se filtró a los relatos "coming of age" que ahora adornan la producción de los estudios. Que necesitan, de todas formas, de una sólida urdimbre de guión que aquí parece más recargado que realmente cautivador: podríamos decir que el exceso de preocupaciones ahogan el relato, que no sabe demasiado bien cómo presentar tal cantidad de ideas. Porque al final las respuestas a los problemas que ofrece Leal, como las anteriores, provienen de otras películas y resultan demasiado familiares, cuando no fallidas. La razón es simple y afecta a la sustancia primordial del filme: la maduración de Tris no conmueve y el relato de sus aventuras más que sorprender se retuerce más y más, todo ello para dirigirse a un desenlace que está ya visto y oído. Leal es, al fin y al cabo, también una película de aventuras -o mejor dicho, la mitad de una de ellas- y en algún momento cree necesario apartar de un plumazo todo esto para colonizar nuestros sentidos, lo que al final representa el más grave de sus errores.

Y ese es el problema de toda la saga Divergente: despreciarla me parece snob, pero a la hora de la verdad, una y no más Santo Tomás. Menos mal que ahí está la limpia puesta en escena de Schwentke, realizador quizá impersonal pero con estilo, que no solo sabe usar el panorámico sino también mover la cámara con una enorme e intuitiva suavidad, aprovechando el espacio y sin sacudir más de lo necesario al espectador. Su trabajo y el de secundarios como Ansel Elgort y Milles Teller otorgan cualidades algo más duraderas a ese patrón que, con el final de Divergente y El Corredor del Laberinto, parece ya a punto de extinguirse.

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