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Crítica: 'Ocean's 8', con Sandra Bullock y Cate Blanchett

'Ocean's 8' ofrece lo mismo que la saga con George Clooney, pero con mujeres.

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Déjenme ser honesto: no me pidan que recuerde un solo momento en concreto de la trilogía de Ocean's 11, cuya acción continúa la presente solo que en clave femenina. La trilogía dirigida por Steven Soderbergh cumplió su objetivo allá por la década pasada: proporcionar una inesperada fuente de dólares a Warner Bros y reforzar la situación en la industria de su imprevisible director y amplio cartel de estrellas. Pero más allá de eso, de su estilizado "flow" setentero y el carisma de su elenco, poco más había que rascar en los sucesivos robos de Clooney y compañía: películas carentes de verdadera tensión, sin un desarrollo de personajes marcado que, eso sí, suponían un soplo de aire fresco con su voluntad confesa de desdramatizar y aligerar el cine de los grandes estudios.

Ocean's 8, secuela de elenco enteramente femenino encabezado por Sandra Bullock y Cate Blanchett, ofrece al espectador de 2018 exactamente aquello que el remake de Soderbergh hizo en 2001. La dirección de Gary Ross (Pleasantville, Seabiscuit) es probablemente menos estilizada y más funcional, aunque a cambio seguramente haya algo más de consistencia en el libreto, firmado por él mismo. Tanto da, que da lo mismo: las aventuras de la banda de la hermana de Danny Ocean, Debbie, se sustenta en los mismos pilares fundamentales: el carisma de un variado elenco de actrices y un ritmo bien sostenido sin que medien grandes golpes de efecto (hasta el desenlace, donde se acumulan al menos tres).

Puro Hollywood clásico, antes de que la revolución digital alterase para siempre las prioridades de la industria. Porque pese a carecer de drama, todo en ella funciona con la precisión de, perdonen el chiste, un buen robo. Ocean's 8 cae simpática por, en primer lugar, ser un filme lujoso que tampoco hace alardes de ello, y que en consecuencia tampoco quiere engañar a nadie más allá del pacto establecido con el público. Y olvídense de su inexistente moraleja: el personaje de Debbie tiene un trauma que superar y el robo debería ser un gran conflicto, pero ni siquiera eso importa demasiado: todo está previsto de antemano y solo queda relajarse hasta el final.

En un momento dado, Blanchett le pregunta a Bullock cuál es la dichosa nota al pie de página en semejante iniciativa, robar un collar de Cartier en plena gala del MET de Nueva York. Ocean's 8 señala con el dedo diversos motivos dramáticos para a continuación ignorarlos deliberadamente y entregarse a la consecución del plan. Y el plan es, efectivamente, una apología del crimen, pero uno más bien superficial, dado que se trata de una pieza condenada a vivir sus días en una caja fuerte y sin utilidad real. La sátira de la vanidad de las clases altas y la cultura del espectáculo son un mero escenario para proporcionar lujo y algún golpe de humor de la mano de una hilarante Anne Hathaway. Y sí, la sustitución de una banda de hombres por una de mujeres es una jugada comercial al abrigo de recientes reivindicaciones sociales... pero no hay peroratas de género a lo largo de la película.

Lo único que importa verdaderamente en el film de Gary Ross es la demostración del poder de Hollywood. Sin operaciones comerciales basadas en la nostalgia, sin necesidad de efectos visuales. Ocean's 8 remite a un cine donde el escenario, sus estrellas y una narrativa clásica razonablemente bien construida podían atraer al público. Todo está en la superficie y a la vista, y lo hace parecer fácil. Como la trilogía de Soderbergh (y la película original de los 60 al servicio del Rat Pack), de modo que objetivo cumplido.

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