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'No hay otra opción': sátira laboral sangrienta donde Park Chan-Wook evoca a Hitchcock

Esta revisión de la obra de Donald Westlake explora la crudeza del mercado de trabajo mediante un despliegue visual soberbio y una crítica a la IA.

Esta revisión de la obra de Donald Westlake explora la crudeza del mercado de trabajo mediante un despliegue visual soberbio y una crítica a la IA.
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Es difícil pensar en un cineasta actual tan capaz visualmente de huir del aburrido plano-contraplano como Park Chan-Wook (Old Boy, La doncella). Adaptación de la novela de Donald Westlake The Axe (El hacha), ya trasladada al cine por Costa Gavras en Arcadia (2005), el surcoreano dirige una lujosa comedia negra con las habituales digresiones y cambios de registro del cine de su autor, pero también -y a cambio- inusualmente capaz de trasladar modos y maneras hitchcockianos a un melodrama satírico que, ante todo, huye de la lágrima fácil y lugares comunes.

La historia de un trabajador de la industria papelera que decide eliminar a sus competidores para un codiciado puesto se construye a base de transiciones visuales de impresionante ingenio, grúas que evocan el cine de tiempos pasados y una capacidad de elipsis que desafía los estándares del espectador vago. Eso no quita para que No hay otra opción, con ese sentido del exceso plasmado en excesivas dos horas y veinte, carezca de progresión y esa capacidad de incorporar los rodeos y propuestas del guion en un todo aglutinado.

Pese a esta impresión de desconexión emocional, el film es demasiado impresionante como para no dejar huella. Relato de los comienzos de un asesino en serie tanto como sátira laboral, thriller y comedia negra, melodrama familiar y obra de suspense, finalmente retrato de un país y sus postulados económicos que en realidad son los de todos, Park Chan-wook confunde al personal pero a la vez se revela un cineasta capaz de plantear una dicotomía incómoda: la de la tendencia del mercado laboral a prescindir de los trabajadores (antes fueron las fusiones, luego será la IA) y la inmovilidad de éstos en un entorno cambiante, caricaturizándolo hasta extremos distópicos (el desenlace parece de ciencia-ficción, pero no lo es).

Lo más relevante de No hay otra opción es la bicoca visual que propone al espectador, que no es poca cosa. Si los cambios de humor y ritmo pausado pueden atribuirse tanto a las dinámicas del cine coreano como a, esta vez también, las fallas de un guion disperso, el desfile de argucias de cámara y magistral uso del panorámico de Park Chan-wook, enredado ahora en una peculiar ida y venida de series de televisión occidentales y películas orientales, resuelve las dudas a favor: pocas veces las imágenes de un film proponen ideas que emanan con tanta naturalidad y velocidad como las del realizador de la formidable Decision to leave.

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