
Le faltan cuatro meses para ser centenario. Uno de los hombres que más nos ha proporcionado la risa a través de sus guiones y rodajes, Mel Brooks, considerado en el mundo cinematográfico como un genio, ha participado en un documental que, a modo de testamento dada su longevidad, emitido por la plataforma HBO Max, hace un recuento de lo que ha sido su prolongada vida y su entrega total a una profesión tan fascinante como la suya. Por si de entrada desconocen a bote pronto los títulos de sus películas, algunas fueron El jovencito Frankestein, Los productores, Sillas de montar calientes y otras cuantas, aunque cansado de que le echaran en cara que siempre era un bufón y se extralimitaba en sus comedias, fundó una productora, con la que se quitó ese "sambenito". Valga recordar que, en un nuevo género, dramático, financió El hombre elefante, Frances, La mosca… Su talento quedó definitivamente probado.
De niño ya era el gracioso
Hay profesiones que marcan desde la infancia y Mel Brooks era el gracioso desde que no levantaba un palmo del suelo (por otro lado siempre fue bajito), en su casa y en el colegio. Su verdadera identidad era la de Melvin James Kaminsky, descendiente de padre alemán y madre ucraniana, ambos judíos emigrantes en Norteamérica, donde el futuro cómico vendría al mundo en su hogar de Brooklyn, Nueva York. El apellido que adoptó para el cine, Brooks, lo tomó, alterando, del verdadero de su madre, Brookman.
Había que apretar el hombro y como su familia tenía un negocio de confección nada extraño era que en la década de los años 40 del pasado siglo tuviera que aportar su grano de arena en aquel gremio. Pero como no era de su agrado optó, a los catorce años, por buscárselas a su manera como animador en una piscina. Contar chistes, imitar a gente famosa, cantar cosas divertidas, le sirvieron para abrirse camino como cómico. Alguien le enseñó a tocar la batería, complemento que añadió a su citado repertorio. Y así fue tirando unos años hasta que le llegó el momento de hacerse un nombre en el mundo del espectáculo.
"El hombre de dos mil años"
Transcurría el decenio de los 50 cuando se asoció a otro humorista, Carl Reiner, con quien estrenó una obra, El hombre de los cien años, donde como actor, Mel Brooks aparecía disfrazado con peluca blanca, de época, representando a un individuo que llevaba dos mil años sobre la tierra. Tan original ocurrencia la filmaron para comerciarla con un número considerable de copias. Se dice que Cary Grant se mostró entusiasmado con aquella delirante comedia y encargó bastantes de ellas que envió regocijado a sus amigos.
Era el primer paso para que Mel Brooks empezara a ser conocido en las élites cinematográficas de Hollywood.
Mel Brooks escribía guiones salpicados de chistes para el presentador de un "late show" de televisión, Your Show of Shows, Sid Caesar. Es algo corriente en ese mundo. Y así pudo codearse con un par de celebridades, la de Neil Simon, acreditado dramaturgo y Woody Allen, quien venía a ser un poco "el alter ego" de Brooks, empezando porque también era judío y se ganaba la vida escribiendo novelas y "gags" para la televisión, amén de ser monologuista en cafés y pequeños escenarios.
… Y le llegó la fama
El cine tenía que ser la puerta para que Mel Brooks pudiera desarrollar su desbordante ingenio, además de haber probado también suerte en Broadway con el libreto de algunos musicales, caso de Los productores, que en 1968 se llevó a la pantalla y ganó un Óscar al mejor guion. Fue su primer largometraje. El argumento era el intento de un artista en pos de alguien que pudiera financiarle un musical en Broadway. En España se estrenó algo tarde, después de El jovencito Frankestein, con Gene Wilder, aquel actor que parecía siempre haberse levantado recientemente de la cama, que lucía abundante pelambrera, al que entrevisté en la "suite" que ocupaba en el madrileño hotel Ritz. Tipo afable, natural, que hacía honor a su faceta cómica. Le dije que años atrás en ese establecimiento no admitían a gente de la farándula, y se rió mucho.
El jovencito Frankestein data de 1974 y en el reparto estaba Gene Wilder, el propio Mel Brooks y un actor con cara de bruja y ojos desorbitados, Marty Feldman. Sátira de las películas de terror que proporcionó al director y productor, Brooks, un dineral y popularidad enorme a sus intérpretes.
El mismo año en que se rodó la cinta mencionada, Brooks la emprendió con Sillas de montar calientes, que era la historia de un "sheriff" negro en el Oeste americano. Richard Pryor se lució como protagonista.
Para el año 1981 Mel se enfrentó a un guion disparatado, La loca historia del mundo, partiendo desde los principios de la Humanidad, la Edad Media, el Imperio Romano hasta concluir en la Revolución Francesa. La crítica no le fue favorable en esa visión satírica.
Siguiendo su costumbre de dirigir guiones propios, interpretarlos y dirigirlos, en 1987 filmó otra de sus películas más divertidas y taquilleras, La loca historia de las galaxias, coincidiendo con la moda en Hollywood de películas espaciales. Parodia de "La guerra de las galaxias" centrada en un lejano planeta cuyos dirigentes, en guerra con otro, tratan de apoderarse del aire que respiran.
Un hijo suyo, el único que ha tenido, Max, decía a propósito del cine de su padre, que no lo habían tomado en serio los intelectuales, no le reconocían su sentido del humor. Coincidía ese juicio con otros comentarios de los críticos. Y por eso dio en poner en marcha su productora "Brooksfilm" con la que pretendía, para demostrar su talento, financiar otro tipo de cine, más culto, dramático si cabe, en todo caso que no fuera de comedias a su estilo, las que lo habían convertido en un guionista, actor y director millonario, pero con la etiqueta de facilón.
Y en esa otra línea, de géneros distintos, admitió guiones que seleccionó cuidadosamente hasta elegir los que consideró más aptos. No se equivocó en 1980 con El hombre elefante, donde Mel dio oportunidad a un emergente realizador, David Lynch, coguionista de la historia de un doctor que intenta curar a un desgraciado hombre deforme al que exhibían de feria en feria, personaje que llevó a cabo un extraordinario John Hurt, al que también tuve el gusto de entrevistar: procedía de la nómina de actores del mejor teatro británico. En esa inquietante película el reparto era magnífico, con Anthony Hopkins (quien no simpatizó mucho con Brook), el veterano y siempre eficaz John Gielgud y Anne Bancroft, esposa de Mel, a quien nos referiremos a continuación.
Frances Farmer fue una actriz de trágica existencia que acabó en un manicomio. Por cierto: tuvo que ver con la II República española. Su vida se llevó a la pantalla en esa productora de Brooks, muy bien interpretada por Jessica Lange, que estuvo brillante.
Continuando esa etapa de productor únicamente de filmes diferentes a los suyos convencionales, de 1986 era La mosca, que dirigió un joven David Cronenberg. Con relevantes efectos especiales, todo giraba al hijo de un científico que lleva adelante un monstruoso proyecto, finalmente abortado.
Dos matrimonios, uno roto por su culpa
Contaba Mel Brooks veintitrés años cuando se casó con una bailarina llamada Florence Baum, con quien tuvo tres hijos, uno de ellos el antes citado Max, responsable del libro Guerra Mundial Z. Por entonces, y parece que así siempre se comportó, Mel estaba obsesionado por el trabajo. El día le parecía corto para llevar a cabo todas las ocurrencias que manaban por su calenturienta mente. O sea, en casa, apenas paraba o si lo hacía era tarde, sin hacer caso a su esposa, pese a la descendencia que tuvo. Al menos, es lo que sostenía Florence que, como cualquier casada desea que su maridito la atienda y le preste la mayor atención. Y Mel Brooks no cumplía según ella, tan comprensibles deberes. Y si le añadimos que Dean Martin quería ligársela, ya el asunto iba pareciéndose a un vodevil. El italo-norteamericano galán cantante le dijo una vez a Florence, tras declararle que estaba loco por ella: "Oye, porque no mandas al cuerno al judío ese, enano y torpe, con el que sigues casada".
Tuviera o no influencia Dean Martin el caso es que Florence se divorció de Mel Brooks: "No podía aguantar la vida incesante de Mel en su trabajo". Él, fue víctima algún tiempo de esos excesos: tuvo que precisar de la asistencia de un psiquiatra.
No debió afligirse demasiado por su divorcio porque más tarde encontró a la mujer de su vida, según confesó: la actriz de origen italiano Anne Brancroft, que ya era una estrella antes de conocer a Mel, ganadora de un Óscar por su papel en El milagro de Ana Sullivan. Se vieron por primera vez en The Perry Como Show. Al principio ella jugaba a no hacerle caso, pues le gustaban sus bromas, algunas de mal gusto, de tipo escatológico, porque las palabras mierda y pedo las incluía en sus conversaciones habituales. Él la seguía a todas partes, enterado de sus pasos por una trabajadora chivata del canal de televisión donde ella trabajaba. "Desde que te vi supe que me casaría contigo", le confesó, ya siendo marido y mujer, a su pareja.
Al principio, en su hogar quien más dinero aportaba era ella. Hasta que Mel escribió el descacharrante guion de Superagente 86 y su situación económica cambió, ganando miles de dólares.
La muerte de Anne Bancroft a causa de un cáncer de útero a los setenta y tres años en 2005 dejó a Mel Brooks completamente destrozado.
Su vida, su trabajo, se vieron de pronto muy afectados por aquella pérdida. Continuó imaginando historias divertidas, pese a todo. Prestó su voz a la serie Los Simpson. En 2023 le concedieron un "Óscar" honorífico. Bien merecido se lo tenía. Y ganó en consonancia con su trabajo lo suficiente para llegar a la ancianidad sin problemas económicos. Cien millones de dólares se estima es su patrimonio. Y siempre vitalista, hace poco, a sus noventa y nueve años, anunciaba que le gustaría dirigir una secuela de "La loca historia de las galaxias".
Pensando día a día en Anne, y en su propio final, Mel Brooks, sentenciaba así cuanto ha hecho en el mundo del espectáculo para ser famoso: "La risa es un grito de protesta contra la muerte".

