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A Churchill ni tocarlo

Teplitzky y Von Tunzelmann ofrecen un retrato incompleto, injusto y falaz de uno de los personajes más ejemplares del siglo XX.

Elías Cohen
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Winston Churchill | Wikipedia

A Churchill se le ha representado en el cine desde antes de que fuera primer ministro hasta nuestros días. En 1935, el actor escocés Charles Maitland Hallard lo interpretó en Royal Cavalcade; en 1972 Simon Ward hizo lo propio en El joven Winston; Albert Finney en 2002 en The Gathering Storm y Brendan Gleeson en su continuación, Into the Storm, en 2009. Etcétera. John Lithgow se puso en la piel del estadista británico en la aclamada serie The Crown; y, por desgracia, Brian Cox lo hace en el biopic que nos ocupa: Churchill, del poco conocido director australiano Jonathan Teplitzky.

Ninguno se ha parecido tanto como Brian Cox al británico más grande de todos los tiempos, es cierto, pero ninguno había sido tan irrespetuoso y lamentable. Teplitzky y el guionista e historiador Alex von Tunzelmann ofrecen un retrato incompleto, injusto y falaz de uno de los personajes más significativos, heroicos, apasionantes, empáticos y ejemplares del siglo XX.

Mediante la manipulación del papel de Churchill en los días anteriores al Día D y a través de la exageración de su oposición a la operación Overlord –debido a su temor a que se repitiera el desastre de Galípoli–, la película desangra el mito, reduce a la mínima expresión el coraje del premier británico y su papel determinante en la derrota del nazismo, despoja al hombre de Estado de la inmensa épica que rodeó su vida y, finalmente, arrebata al hombre honorable cualquier atisbo de dignidad. En suma, rebaja a la categoría de viejo enajenado, inestable y molesto a una figura histórica que siempre debería ser reverenciada y tratada con respeto.

Y es que Churchill, además de haber forjado una biografía trepidante, plena y polifacética (fue militar, corresponsal de guerra, político, orador, escritor –galardonado con el Premio Nobel de Literatura–, historiador y pintor); además de capitanear una de las batallas más nobles de la Historia, la de la libertad en su hora más oscura contra la tiranía; además de unir a todo un pueblo bombardeado y hostigado por la maquinaria militar nazi; además de su imperecedero discurso de "esfuerzo, sangre, lágrimas y sudor" o de su advertencia de que "defenderemos nuestra isla, lucharemos en las playas, lucharemos en los campos y las calles, lucharemos en las colinas [...]" mientras el ejército alemán preparaba la invasión de Inglaterra; además de todo ello, y por si fuera poco, Winston Churchill nos legó una lección imperecedera: la rendición no es una opción.

La película que este fin de semana se estrena en España no nos muestra al aventurero que sin haber cumplido 22 años ya había visitado medio mundo como corresponsal de guerra, ni al primer ministro británico que salía a pasear por las ruinas de un Londres devastado por el Blitz. Tampoco nos muestra al determinante Churchill que, desde su solitario escaño en el Parlamento, espetó a Chamberlain y Daladier, tras su pacto con Hitler en Munich (1938): "Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra... Elegisteis el deshonor y tendréis la guerra"; ni al Churchill fotografiado en julio de 1940 pasando revista a sus tropas con una metralleta de tambor circular en la mano y un puro en la boca (una famosa foto de la cual la propaganda nazi quiso sacar rédito y desprestigiar a Churchill comparándolo con Al Capone).

No. La película nos muestra a un Churchill derrotado, devastado, senil, ninguneado hasta por su entorno más íntimo, tratado como una carga por todos los que le rodeaban, depresivo, paranoico y a veces hasta patético. Y malinterpreta la historia con el objetivo de dañar la leyenda tejida en torno a Churchill –si no hay otro más perverso aún del que no nos hayamos percatado–.

Según el historiador inglés Andrew Roberts, autoridad mundial en Winston Churchill, muy crítico con la película –lógicamente y gracias al cielo–, Churchill no se puso a rezar para que el Día D no se llevara a cabo, sino todo lo contrario; en palabras de Roberts: "Aunque Churchill sí se opuso a un regreso precipitado de las fuerzas aliadas al noroeste de Francia en 1942 y 1943, en el momento del Día D, en 1944, estaba completamente comprometido con la operación". Además, el 11 de marzo de 1944 telegrafió al general estadounidense George Marshall para comunicarle: "Me estoy endureciendo sobre esta operación a medida que el tiempo [de llevarla a cabo] se aproxima, en el sentido de querer atacar si es humanamente posible". El 19 de mayo de 1944, apenas 15 días antes de la operación, Churchill se reunió con Montgomery para discutir sobre los vehículos necesarios para la invasión, pero el mariscal jamás le amenazó con dimitir.

Si las cosas no se hubieran desmadrado hasta lo incomprensible, el Churchill de la película no le habría dicho a su mujer, al final, que ya no lucharía más. Ateniéndonos asépticamente a la historia, quedaba un año de guerra, luego perdió unas elecciones, siguió como presidente de su partido, volvió a presentarse en la siguiente cita electoral, ganó y ejerció el cargo de primer ministro.

Esta película, en suma, ha inventado un relato paralelo para vendernos una decadencia falsa del personaje.

Teplitzky y Von Tunzelmann son libres de revisar el pasado, intoxicar, luego vender su película y hacer dinero. Desconozco, y poco me interesan, sus inquietudes políticas, pero a una parte nada desdeñable y en constante alza del espectro político occidental le fastidia de sobremanera que fuera un conservador como Churchill el que resistiera a Hitler, precisamente porque era conservador. Puede que haya algo de esto en el insulto a su memoria de esta película; o puede que, en la vida interactiva, llena de estímulos y postureo, no guste que un tipo viejo, gordo, borracho, gruñón y temperamental llegara a lo más alto; aún no lo sabemos, pero espero que después de semejante retrato de alguien como Churchill no se vayan de rositas.

Winston Churchill no se rindió nunca y su contribución a la Humanidad es incalculable. Solamente nos basta un breve repaso a sus primeros 30 años para saber que, por su indoblegable actitud, estaba llamado a ser protagonista de la Historia. Él mismo se percató del papel que tendría que desempeñar en una de sus célebres citas: "Espero que la Historia sea complaciente conmigo, porque tengo la intención de escribirla". Hasta los soviéticos se rindieron a la ferocidad de Churchill al apodarle "el Bulldog británico", ya que era el único jefe de gobierno que iba al frente durante la guerra.

Para finalizar, Roberts dicta una contundente sentencia, suscrita por un servidor, sobre este despropósito de principio a fin hecho película:

Es una representación con la que el Dr. Goebbels habría estado encantado… Hay una sensación de profunda decadencia en cualquier sociedad que deshonra a sus grandes héroes; si esta película es cualquier cosa menos un fracaso terrible, la nuestra merecerá totalmente su declive y caída.

Lo dicho: a Churchill ni tocarlo.

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