
En las últimas semanas nos hemos encontrado con discursos e intervenciones de trazo grueso en los que se juega con el consabido tema de la Guerra Civil o se invoca descaradamente la vuelta al 36, como hace un actorcillo de estos que tienen que ganarse la próxima película a base de quejarse de ciudades llenas de "fachas". Reconoce, sin embargo que, en San Sebastián, donde vive, hay menos fachas. Puede ser, se me ocurre, porque dada la alegría con la que se maneja, antes y ahora, la expresión mencionada, la ETA despejó el problema de manera rápida, aplicando su forma particular de interpretar la militancia activa, ya fuera a Gregorio Ordóñez como a cualquier ciudadano ligeramente sospechoso de disentir de la banda terrorista, hoy sentada en las instituciones, socia del Gobierno y que merece, por esa asociación, ser excluida de la lista de organizaciones terroristas de la UE, petición cursada por Sánchez.
El 36 le gusta a la izquierda, lo añora, porque no tan en el fondo piensa en esos momentos felices donde se ejercía una justicia popular que no pasaba por los tribunales y que se cobraba la vida de los señalados, en los paseos, las checas, las sacas y las cunetas. Que parece que el dolor solo es patrimonio de la izquierda o que la mención a la Guerra Civil sólo es legítima si se hace desde los mítines o las intervenciones llorosas de algún escritor, que ha tardado 15 años es escribir un libro sobre el tema, pero cuyos errores -¿errores o reescribir la historia?- son tan de bulto, como ha demostrado Pedro Corral en Es Radio, que hace que los agustinos asesinados en Paracuellos fueran salvados por Azaña. No es así, como bien sabemos los que tenemos a nuestros muertos en ese lugar donde se perpetró una masacre organizada por la izquierda y bendecida desde la legalidad republicana que controlaba Madrid.
A nadie se le escapa que, de un tiempo, a esta parte los zurdos han vuelto por sus fueros, es decir, por el sectarismo y por el cainismo. Cómo disfrutan, recreándose en la manipulación de ese periodo sangriento de la historia de España para menospreciar el dolor ajeno y no reconocer una responsabilidad, la que tuvieron, en ese odio que sacó de sus casas a los padres con los hijos, algunos menores de edad, 200 de los cuales fueron asesinados en Paracuellos. Uno de ellos era el hermano pequeño de mi madre, el tío Quique ya para siempre, asesinado con su padre y con su hermano, después de pasar por la Checa de la Calle Fuencarral 103, a la sazón regida por la Agrupación Socialista de Madrid, y organizada por el policía encargado de la seguridad de la Embajada soviética, Anselmo Burgos Gil. De la Checa, a la Modelo y de ahí a Paracuellos.
Mi otro abuelo hizo un periplo semejante: primero la Checa de la Inclusa, después la Cárcel Modelo, donde ya estaba preso otro de sus hijos, y el final en Paracuellos. Mi abuela tuvo tiempo, o sangre fría, para esconder al menor de la casa, por el que los milicianos se interesaron para que les acompañara, en ese viaje sin retorno. Ese menor era mi padre, de apenas 13 años. Si no hubiera sido así engrosaría la lista de los asesinados, en un exterminio que la izquierda realizó eficazmente. Pero ya sabemos que estos muertos no entran en el cómputo y el dolor es menos si lo ha provocado la izquierda con sus actos.
Como ellos tantos otros, que dejaron las casas vacías, esas que nunca reconocerá el escritor premiado, y publicitado, y que debía cambiar el título de su novela, porque el de península se le queda grande. En su lugar le propongo el de aldeíta, pueblito, comarquita, y así diversas variantes de diminutivos, dado que excluye que la pérdida afectó a todos por igual, porque en una guerra civil es la nación entera la que pierde. Y la vida arrancada es insustituible.
Volver al 36 o invocar, en una exaltación propia de una eurodiputada comunista, el reemplazo de los "fachas" por otros ciudadanos de nuevo cuño más idóneos, más aceptables, para el experimento totalitario que tanto les gusta, no consiste más que en legitimar, nuevamente, la aniquilación, la eliminación, de los que son distintos o piensan distinto o simplemente existen. Y no cabe otra interpretación del discursito, que es decir mucho, de la mitinera. Dado que se carece de argumentos, porque la historia ofrece datos y hechos, la izquierda nos propone retroceder en el tiempo y celebrar los 90 años transcurridos como si estos no hubieran pasado por España y estuviéramos al borde de las elecciones de febrero del 36.
