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Modiano: un hombre disciplinado

Sus lectores esperan su última novela como los cinéfilos esperan la última película de Woody Allen.

Carmen Grimau
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Sus lectores esperan su última novela como los cinéfilos esperan la última película de Woody Allen.
Patrick Modiano tras conocer la concesión del Premio Nobel

Cada año, el mismo ritual del Nobel. Cada año, la misma pregunta: ¿Es el afortunado escritor merecedor del máximo premio? Y cada año, la misma duda razonable. Para la ocasión aconsejo zambullirse en el hilarante e hiriente libelo (Mis premios) que Tomás Bernhardt escribió contra los premios, contra la compleja relación que une el premiado con el que premia.

Los premios humillan a quien los recibe y constituyen un acto abusivo de poder por parte de quien los otorga. Bernhardt avergonzado acepta los premios de sus odiados conciudadanos austriacos mientras brama "¡Pero necesito ese dinero!".

Pero nada de eso sucede con Patrick Modiano, un hombre disciplinado que, con la precisión de un autómata, publica cada año una novela. Sus lectores esperan su última novela como los cinéfilos esperan la última película de Woody Allen. En este sentido, Modiano forma parte del paisaje literario y doméstico bien francés, nada agresivo, sugerente, conciliador y culto.

Ha agotado tras 46 años de trabajo regular toda la pléyade de los premios franceses. Es el campeón en la liga de los premios. Toda su trayectoria conduce, pues, al Nobel. Pero un Nobel, hay que "trabajárselo" y posiblemente codo con codo, autor y editor sellan un pacto tácito.

El arranque literario de Modiano se produce con la publicación de El lugar de la estrella en el año 1968. Coronado con dos premios inmediatamente. Ha encontrado un tono que raramente abandonará. Sabe que su estilo nuevo, asequible, sencillo, alejado de las acrobacias estilísticas de los maestros del Nouveau Roman funciona en la casa Gallimard y seduce a una Academia Francesa que quiere respirar nuevos aires. En este sentido es un escritor cercano, intimista, conciliador y culto, todo esto le hace ser amado por sus lectores.

Modiano, foto de archivo

Es un solitario que hace mucho ruido. El escritor tiene entonces 23 años y París a sus pies. Hasta hoy.

El arte de Modiano se hace hoy trasparente y el tiempo transcurrido desde el 68 nos revela que trabaja libro tras libro con obsesiones recurrentes. La fuga de su padre judío, la ausencia de la madre, la ruindad de los cobardes, el azar de los encuentros. Juega con lo que tiene a mano: los libros y sus reminiscencias. Y su técnica es mucho más culta de lo que aparece.

Rompe la línea cronológica del tiempo, establece un nexo personal y arbitrario. Cree en la inmanencia del pasado que vuelve. Que se impone por encima de todo. Busca indicios como un policía, y esa búsqueda no lleva a nada, sólo sirve para que le lleven a encuentros fortuitos en Viaje de novios. Lugares desaparecidos que aún poseen la fuerza de sus sombras.

Libros como La ronda de Noche o los Bulevares periféricos y Pedigrí -esta última, una novela autobiográfica- reflejan el dominio de una escritura que se examina a cada instante. Pero quien se examina es siempre el autor que no puede despegarse del uso del Yo. Es decir de su biografía donde las piedras del viejo París histórico se confunden con la casposidad de una Francia cobarde, que se sabe culpable de haber colaborado con el enemigo. En esa trayectoria las entrevistas que realizó al filósofo Emmanuel Berl y publicada en 1976 -Interrogatoire- es posiblemente el punto de arranque de una reflexión nada ortodoxa sobre la colaboración de los intelectuales. Este personaje modeló su trayectoria literaria.

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