Menú

'Oona y Salinger', dos atractivos personajes

Beigbeder, nacido en 1965, es considerado el "niño terrible" de la literatura francesa, cuyo talento es tan evidente como su gusto por el escándalo.

0
Los Libros: 'Oona y Salinger' Es la Mañana de Federico

El audio empezará a sonar cuando acabe el anuncio

Beigbeder, nacido en 1965, es considerado el "niño terrible" de la literatura francesa, cuyo talento es tan evidente como su gusto por el escándalo.
Portada 'Oona y Salinger' | Anagrama

Sigue estando de moda el género de la biografía novelada: Zatopek, Maurice Ravel, El Otro... Frédéric Beigbeder imagina ahora cómo fue la relación entre J.D.Salinger, el autor de El guardián entre el centeno, y la joven Oona O’Neill, que luego se casó con Charlie Chaplin. Llama a este género faction: un término medio entre "facts" (hechos) y "fiction" (ficción). Pero faction está también peligrosamente cerca de fashion (moda): ¿Se trata de una manera de estar a la moda y conseguir fácilmente el éxito?

Autor de éxito es Beigbeder, nacido en 1965, al que se considera el nuevo "niño terrible" de la literatura francesa, cuyo talento es tan evidente como su gusto por el escándalo: alardea de buena familia; primero fue publicitario (a él se debe –dicen– el famoso slogan de la modelo en wonderbra: "Mírame a los ojos"), antes de denunciar la corrupción de ese mundo en una novela, 13’99 euros, que fue un best-seller; actúa como presentador de televisión y disc-jockey; lo detuvieron por esnifar cocaína en la calle; posa en la bañera, con un libro en vez de espuma; recuperó la revista porno Lui; asesoró al líder del Partido Comunista Francés... Bernard Pivot le ha llamado "un payaso y un escritor". Es un tipo de autor –no exclusivo de Francia- que ahora suele tener éxito.

Ha elegido esta vez con acierto dos personajes muy atractivos. El guardián entre el centeno (Catcher in the rye: ni siquiera la traducción del título está clara) es un clásico contemporáneo, denigrado primero por inmoral, leído luego con pasión por adolescentes del mundo entero, del que se han vendido más de cien millones de ejemplares. Además de grandísimo escritor, Salinger fue un enigma viviente: después de luchar en la Segunda Guerra Mundial y publicar su novela, eligió el retiro absoluto: vivió en un bosque, sin conceder entrevistas ni permitir que le fotografiaran. (Le han comparado con otros "ermitaños", como el ajedrecista Bobby Fischer y el pianista Glenn Gould). Decía que le gustaban el tenis por televisión y las hamburguesas...

Con menos de 20 años, Salinger se enamoró de Oona, la hija del gran dramaturgo Eugene O’Neill, separada de su padre, desde niña. Cuando Salinger se fue a la guerra, ella se casó con Charlie Chaplin, que le sacaba muchos años y era ya famoso mundialmente. Vivieron juntos hasta la muerte de Chaplin, tuvieron ocho hijos. Nunca se han publicado las cartas que, según parece, el enamorado Salinger le envió, desde el frente de guerra.

Imagina Beigbeder la historia de amor de los dos jóvenes, en una especie de pastiche de ese mundo frívolo que retrató Scott Fitzgerald. Después, relata minuciosamente el desembarco de Normandía y los episodios bélicos que pudo vivir Salinger. Su hipótesis es que El guardián entre el centeno nace de una doble fuente: el amor por Oona y el horror por la guerra. Al final, muerto ya Chaplin, inventa un último encuentro de los dos, en Nueva York, en 1980.

La novela se lee con facilidad por el atractivo y los enigmas de los tres personajes. (Aparecen también otros famosos, como Truman Capote, Orson Welles y Hemingway). Abundan más de lo habitual las palabras y frases en inglés. La primera parte recuerda El gran Gastby; la segunda, una película del tipo de Salvad al soldado Ryan. Como no existen –o no se han publicado documentos escritos, todo lo que leemos es posible, aunque algunos diálogos resulten poco verosímiles: por ejemplo, cuando Chaplin se disculpa ante Oona por vivir con tanto lujo, recordando sus tiempos de pobreza...

Literariamente, no es difícil formular algunos reparos. Ante todo, la búsqueda permanente de una brillantez estilística que puede resultar empachosa. Basta con citar dos comparaciones: "El tipo era esnob como un bidet del Waldorf Astoria" (p. 36). "Al chocar, las copas produjeron exactamente el mismo tintineo que el triángulo del tercer movimiento del concierto para piano en fa de George Gershwin" (p. 39). (Recuerdo lo que dice Juan Marsé del "estilo sonajero", para seducir a los lectores).

Charla con el lector

Además, Beigbeder interrumpe el relato para aparecer en escena y charlar con el lector. Cuando Oona ahoga sus penas en vodka, el autor sermonea irónicamente: "Amigos lectores en plena pubertad: si me habéis seguido hasta aquí, tenéis que saber que este método no lleva a ninguna parte". Nos ofrece fragmentos ensayísticos (por ejemplo, una lista de hombres maduros que se casaron con mujeres jóvenes) o, directamente, sus opiniones: los jóvenes actuales, nihilistas, necesitan una nueva guerra (p. 217). También prodiga frases de un ingenio bastante obvio: "En Casa de muñecas o La señorita Julia hay portazos, como en Feydeau, pero el público ríe bastante menos" (p. 53).

Alguna vez, el escritor atribuye a sus personajes una opinión que ha resultado ser falsa, para poder corregirles. Cuando Oona sueña con un teléfono portátil, el joven Jerry Salinger lo niega: "Sabes perfectamente que una aberración así no existirá nunca: siempre necesitaremos un hilo para conectar a las personas entre sí". Y el narrador, con la ventaja que le da el paso del tiempo, le corrige: "El novelista posterior se encuentra en posición de contradecir a su ilustre personaje en este punto" (p. 101).

Todos estos discutibles recursos nacen del empeño de Beigbeder por introducirse él mismo en la historia que está narrando: nos cuenta su intento (fallido, obviamente) de hacer una entrevista de televisión a Salinger y cómo conoció a su actual mujer, mucho más joven que él (subrayando el paralelismo con lo que vivió Chaplin con Oona). Ni la humildad ni la discreción son, desde luego, las mayores virtudes de Beigbeder. El problema no es sólo estilístico sino moral. No me parece que recuerde la frase de Pascal: "Le moi est haïssable" (el yo es odioso).

Frédéric Beigbeder: Oona y Salinger, Barcelona, ed. Anagrama, febrero de 2016, 295 págs, 19’90 euros. ISBN: 978-84-339-7945-2.

En Cultura

    0
    comentarios

    Servicios

    • Inversión
    • Seminario web
    • Podimo
    • Tienda LD