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Iván Jablonka no es Laëtitia

La obra analiza exhaustivamente el brutal crimen de la joven Laëtitia Perrais que conmocionó Francia en 2011 y provocó una crisis institucional. 

La obra analiza exhaustivamente el brutal crimen de la joven Laëtitia Perrais que conmocionó Francia en 2011 y provocó una crisis institucional. 
Imagen de Laëtitia Perrais en su funeral | Cordon Press

Laëtitia o el fin de los hombres, obra del historiador, profesor y sociólogo Ivan Jablonka, fue publicada en Francia en 2016, con gran éxito de lectores y crítica. Fue galardonada además con los prestigiosos premios Médicis, Le Monde y Prix des Prix. En nuestro país, ha sido editada recientemente por Libros del Zorzal (Editorial Anagrama).

La obra analiza exhaustivamente un crimen que se produjo en 2011 en Francia, el de la joven de 18 años Laëtitia Perrais, y lo hace a través de una superposición de géneros: la crónica de sucesos, el estudio social, la interpretación psicológica, la opinión política, la novela de no ficción. La víctima fue secuestrada, violada, asesinada y descuartizada. El homicida, un delincuente drogadicto trece veces reincidente, conocido por su carácter extremadamente violento, violador, liberado hacía muy poco de su última estancia en la cárcel, fue arrestado dos días después, pero se negó a revelar dónde había escondido el cuerpo de Laëtitia. Por este motivo, la búsqueda duró varias semanas, en medio de una conmoción mediática y política de dimensiones extraordinarias.

La sociedad se manifestó a través de las llamadas "Marchas blancas", los recursos públicos movilizados para esclarecer el caso fueron ingentes, la policía aportó los efectivos más especializados, las más modernas técnicas forenses, los mejores investigadores; un ejército de policías, buzos, helicópteros buscó a Laëtitia sin descanso y sin pausa.

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Y entonces llegó la política, y el crimen de Laëtitia adquirió carácter de Estado. El presidente Nicolás Sarkozy, necesitado de "un caso" que avalara sus promesas electorales de endurecer las medidas contra la delincuencia, culpó a los magistrados por dejar en libertad, en palabras de Jablonka, "a una olla a presión humana en pleno in crescendo". La magistratura se rebeló contra la injerencia de un poder que debería garantizar la ecuanimidad republicana y decretó una huelga nacional sin precedentes en Francia. Como ruido de fondo, el debate eterno entre la política de reinserción o la política de represión contra los delincuentes, de tan reciente actualidad en nuestro país.

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Ivan Jablonka aplica la metodología de las modernas ciencias sociales, que entiende un acontecimiento como un objeto de historia y como un hecho social. El autor va describiendo el papel de los diversos estamentos de la vida institucional francesa. Por ejemplo, la enorme maquinaria levantada por el aparato judicial, los jueces de vigilancia penitenciaria, los funcionarios encargados del seguimiento a los presos, los peritos que debían hacer un diagnóstico, y la multitud de instancias, tribunales y oficinas, ninguno de los cuales pudo evitar que por las rendijas del sistema se colara la violencia del asesino. El autor no cree, como Sarkozy, que "la culpa" sea de los jueces (era, además, el momento de los recortes en recursos y personal) y no disimula su escasa simpatía por la política del presidente, pero intenta contemplar todas las posiciones del debate.

A Jablonka le interesa también, y sobre todo, el aspecto humano, los actores del drama, que aparecen minuciosamente estudiados a través de la documentación judicial o a través de entrevistas directas con familiares y amigos de la víctima. Laëtitia tenía una hermana gemela, Jessica. Habían nacido en el seno de una familia "desestructurada", violenta y con desórdenes psiquiátricos. Mientras el padre cumplía condena en la cárcel, las hermanas Perrais iniciaron un peregrinaje por las interminables instancias de los Servicios Sociales y de protección a la infancia, hasta acabar tuteladas por una familia aparentemente idílica a los doce años. Con esa familia, se integraron en el sistema educativo y comenzaron su vida laboral. Al llegar a la mayoría de edad, ambas optaron por seguir con sus padres "adoptivos" antes que volver con los propios. Y sin embargo, poco después del juicio del asesino de Laëtitia, Jessica y otras chicas acusaron al cabeza de familia de reiterados abusos sexuales, lo que reavivó de nuevo el caso en lo que se refiere a la atención mediática y la información escandalosa. El padre adoptivo fue juzgado y condenado a ocho años de prisión.

También aquí las conclusiones son descorazonadoras. Todos los mecanismos de que se ha dotado una sociedad democrática y garantista para la protección de los más débiles, la inmensa burocracia de trabajadores sociales, jueces y tribunales y los debates acerca de las familias biológicas y las de adopción, no impidieron que las hermanas Perrais fueran sometidas a la violencia y a los abusos sexuales en el entorno familiar. Nadie denunció, nadie advirtió nunca nada.

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Franck Perrais, su hija Jessica y Michele Patron en el funeral de Laetitia

Pero más allá de la parte analítica, el libro nos sirve para ver cómo se manipula la defensa de las mujeres y las mixtificaciones del llamado discurso de género. En el caso de Jablonka, se comienza convirtiendo a Laëtitia, y más tarde a Jessica, en representantes de un colectivo:

"[Ella] es un hecho social. Encarna dos fenómenos más grandes que ella: la vulnerabilidad de los niños y la violencia de género", lo que reduce su trayectoria vital a un destino predeterminado. Sus sufrimientos las convierten en heroínas, "una heroína de nuestro tiempo", y por tanto los demás, sobre todo el autor, son moralmente inferiores: "Delante de personas como Jessica […] uno es un ínfimo ser humano que avanza con su deleznable alma en la mano". La culpa alcanza por extensión a todos los hombres, convertidos a su vez en un género: "Por primera vez, tuve vergüenza de mi género". Coronado todo ello por una sentimentalización absurda y cursi: "Vivamos, resistamos, amemos y, cuando nuestro tiempo se haya agotado, recordemos que Laëtitia bajó primero y que el fango mancilló su belleza de dieciocho años." El resumen de la mixtificación sería esta frase: "Laëtitia soy yo".

Es muy difícil establecer un discurso racional cuando se habla de mujeres que han sufrido la violencia; encontrar el delicado equilibrio entre la vida personal y libre, llena de decisiones, y la vida lastrada por el trauma de los abusos. Tampoco se debe, por otra parte, simplificar el análisis tal como lo hace un personaje del libro: "Laëtitia tuvo la mala suerte de tropezar en su vida con un depredador sexual; fue un destino aciago", porque eso sería aceptar una fatal incapacidad de los mecanismos sociales y educativos para defender a las víctimas.

Lo que sí podemos pedir es que las distintas aproximaciones a este drama se hagan desde la honradez intelectual y el rigor del análisis, sin que las desfiguren las ideologías o los delirios personales, sin que la defensa se convierta en una manipulación, como le sucede a Ivan Jablonka en Laëtitia o el fin de los hombres.

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