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'Más allá del arcoíris': reivindicando los musicales no típicos

La anárquica y personal selección de Alfonso Bueno rescata algunas joyas y otras que no lo son tanto.

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'Más allá del arcoíris': reivindicando los musicales no típicos
'La Rockera' | Archivo

Quizá una de las razones de que en España fascine tanto el musical americano es que somos incapaces de replicarlo. Tenemos la muy reivindicable zarzuela, dignas óperas y simpáticas revistas, pero cualquier intento de crear de cero un musical, tal como se entienden hoy día, ha resultado un fracaso –tan solo han obtenido buena acogida los llamados jukebox o recopilaciones, como el de Mecano–. Por el momento, nos conformamos con las versiones españolas de los éxitos escénicos ingleses y estadounidenses y con aportar bibliografía al género. Al extenso abanico de títulos, entre los que destaca el indispensable Diccionario del cine musical del recientemente fallecido Joan Munsó, se acaba de incorporar Más allá del arcoíris (Diábolo Ediciones), de Alfonso Bueno López (Madrid, 1977).

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Con el subtítulo "Clásicos perdidos y nuevas joyas del cine musical", esta obra no pretende ser la típica antología de obras imprescindibles: su objetivo es rescatar títulos no entendidos en el momento de su estreno, caídos en el olvido o, directamente, rarezas. Y sería un libro de interés si hubiera respetado ese criterio que se nos vende en la portada, porque examinando la selección final la misión queda a todas luces inconclusa. Tras la cuestionable afirmación de que el género musical nace con El cantor de jazz, porque con ella nació el cine hablado, se ofrecen como "clásicos perdidos" obras fundamentales y recordadas para cualquier aficionado, como Ellos y ellas, Siempre hace buen tiempo, El pirata, Una cara con ángel. Todas clásicos, pero no perdidos. Tampoco puede venir ahora a reivindicar La pequeña tienda de los horrores, que triunfó en su día en el mercado del vídeo doméstico y lleva décadas siendo adorada por los cinéfilos. Luego están las propias contradicciones del autor: si Fantasía 2000 es "irregular" y con "una selección musical poco acertada", y Rent es "desigual" y "peca de metraje excesivo", ¿por qué figuran en el volumen? ¿Qué pinta la miniserie biográfica Elvis? También resulta irritante la sempiterna confusión entre musical y película con música, que aquí se traduce en la inclusión de Alrededor de la medianoche y Todas las mañanas del mundo, dedicadas al jazz y a la música barroca respectivamente.

Por suerte sí hay un puñado de películas que sí se ajustan a la cautivadora premisa: la extraordinaria Una cabaña en el cielo, debut de Vincente Minnelli; la exótica El salón de música; Podría seguir cantando, último largometraje de Judy Garland; las siempre reivindicables El hombre de mimbre, Dinero caído del cielo y Hedwig and the angry inch y verdaderas peculiaridades, como La Rockera, producida por Dodi Al-Fayed, la delirante Loquilandia, el musical propagandístico nazi Große Freiheit Nr. 7 y la desasosegante La felicidad de los Katakuri. Una somera selección a la que se podría haber añadido, si se trataba de obras olvidadas, Una mujer en la penumbra, las españolas Embrujo y Los Tarantos, Porgy & Bess, At long last love o Trabajos de amor perdidos, por citar solo algunas.

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'La felicidad de los Katakuri'

Cuestión de criterios, en todo caso. Lo que sí es un problema es la cantidad de gazapos que cuela el autor, desde detalles técnicos –Stephen Sondheim no es el compositor de West Side Story, sino el letrista, y no existe el Tony al Mejor Guion– a errores de bulto –ignora la labor de composición de canciones de André Previn para La leyenda de la ciudad sin nombre e identifica a Kristen Vigard como la Annie original de Broadway, cuando solo fue la suplente–, pasando por datos directamente inventados: basta con acudir a Youtube para comprobar que nadie dobló a Jessica Harper en El fantasma del Paraíso.

La magnífica edición de Más allá del arcoíris, con tapa dura y abundantes fotogramas y carteles de cada película, y la prosa amena y surtida de anécdotas de Bueno López, contribuyen a salvar la experiencia de la lectura. Puede servir como regalo para cinéfilos poco exigentes, perfecto para las fechas venideras. En cuanto al resto, nos resulta un ejemplo diáfano de que la línea entre aficionado y experto en una materia –lo acabamos de comprobar con la polémica de Christian Gálvez– no es tan fina como parece.

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