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La muerte del maestro Steiner

En su caso hablar de "profesor" es reduccionista. Era alguien capaz de transmitir no solo conocimientos sino, sobre todo, amor por dicho saber.

Santiago Navajas
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En su caso hablar de "profesor" es reduccionista. Era alguien capaz de transmitir no solo conocimientos sino, sobre todo, amor por dicho saber.
George Steiner en 2001 | EFE

George Steiner ha muerto a los 90 años como deben morir los viejos sabios, cascarrabias

La educación escolar de hoy es una fábrica de incultos

pero inspirador

Ningún lugar es aburrido si me dan una mesa, buen café y unos libros. Eso es una patria.

El profesor de Cambridge y otras muchas universidades decía que su patria eran sus libros, pero no unos libros cualesquiera sino esos que están escritos al modo de los de Walt Whitman

Camarada, esto no es un libro; quien toca esto toca a un hombre.

Pero en realidad volaba su espíritu entre dos ciudades, Atenas y Jerusalén, la razón y la fe, Sócrates y Jehová. En su caso, hablar de "profesor" es demasiado reduccionista y simplista. Más bien era un maestro, alguien que era capaz de transmitir no solo conocimientos sino, sobre todo, amor por dicho saber.

Para mí, fue un maestro de la trascendencia y la esperanza. En Las gramáticas de la creación defiende que en la más fundamental estructura de la naturaleza humana, el lenguaje, reside la característica definitiva que nos hace humanos: la creatividad. Pero dicha creatividad, que implica la destrucción del statu quo así como la renovación de la tradición, es exigente y dura. El mismo Steiner lamentaba su falta de preparación científica para entender la "elegancia" de la demostración del teorema de Fermat y, por eso mismo, animaba a la gente de Letras a que hiciese el esfuerzo de aprender los rudimentos básicos de las matemáticas. Nada que no hubiese dicho ya, siempre omnipresente, Platón cuando puso como requisito para entrar en la Academia conocer la geometría.

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En Antígonas. Una poética y una filosofía de la cultura hizo un magistral trabajo de erudición vital sobre la tragedia de Sófocles. Consideraba Steiner que su misión era describir qué sucede y cómo en una obra, su trayectoria a través de la época y sus lectores. No tanto juzgar y pontificar, mucho menos usar los textos como una mera excusa para hacer una oda de sí mismo, al estilo de Derrida.

Derrida dijo que toda la literatura, hasta la más grande, es un mero pretexto. ¡Al infierno con Derrida! Shakespeare no es un pretexto. Beckett no es un pretexto. No lo es Neruda, no lo es Lorca.

Y, al revés que Walter Benjamin, sí que consideraba posible la traducción porque no consideraba que los seres humanos fuesen islotes solipsistas encerrados en lenguajes privados. Por el contrario, confiaba en el lenguaje como un mar abierto al horizonte de la expresión con sentido. Por ello, en Antígona hizo una recopilación de la interpretación que el inabarcable relato sobre la aristócrata rebelde ha provocado en diversas culturas y lectores. Pero su labor no era mera erudición. Leer cómo Steiner leía Antígona te hace sentirte en un ménage à trois cultural, compartiendo con un buen amigo a una amante imposible de poseer y dominar del todo

No hay oficio más privilegiado (que el de profesor). Despertar en otros seres humanos poderes, sueños que están más allá de los nuestros; inducir en otros el amor por lo que amamos; hacer de nuestro presente interior el futuro de ellos.

Hay dos tipos de filósofos en este mundo contemporáneo. El primero, hijo de Hegel, considera que el arte no es un medio que une a todos los seres humanos en general, con independencia de los tiempos y de los lugares. Esta es la senda del relativismo, la posmodernidad, la deconstrucción y el "pensamiento débil" que ha parido la corrección política, el feminismo de género y las identidades multiculturales y el nacionalismo étnico

El nacionalismo es el veneno de la historia moderna. No hay nada más brutalmente absurdo que la disposición de los seres humanos a incinerarse o matarse unos a otros en nombre de la nacionalidad o bajo el pueril hechizo de una bandera.

En el campo contrario, los descendientes de Kant, tenemos a los filósofos que defienden que hay un sustrato humano común y universal a todas las diferencias culturales y biológicas, una gramática profunda que nos conecta a través de las grandes manifestaciones del espíritu. George Steiner está en esta parte de la racionalidad trascendental, junto a –en campos tan alejados como la crítica cultural, la lingüística analítica y la psicología cognitiva– Harold Bloom, Noam Chomsky y Steven Pinker.

Steiner compartía la concepción humanista de que, ya sea en un sentido religioso o laico, la idea divina del mundo yace al fondo de la apariencia, por lo que debemos lanzarnos hacia las profundidades del ser con la esperanza, no exenta de miedo, de que allá encontremos la salvación. Miedo porque también era consciente, un judío en un siglo terriblemente antisemita, de que el lenguaje sirve para lo mejor pero también para lo peor,

El lenguaje es el instrumento de la gracia y de la destrucción del ser humano,

así como que la cultura no solo no tiene por qué ser un dique contra la barbarie, como piensan los más superficiales de nuestros ingenuos, sino un multiplicador de la misma

Sabemos que un hombre puede leer a Goethe o Rilke en la tarde, que puede escuchar a Bach o a Schubert, y después ir durante la mañana a su trabajo en Auschwitz.

"La mejor parte de humanidad dentro de nosotros guarda silencio" dijo Steiner pero se refería a un silencio expresivo como la "música callada" o "soledad sonora" de San Juan de la Cruz. Steiner guarda ya silencio pero sin embargo su obra nos sigue hablando, interpelando, sugiriendo y susurrando. Una obra que hay que que leer siempre con un lápiz en la mano porque

Un judío es un hombre que, cuando lee un libro, lo hace con un lápiz en la mano porque está seguro de que puede escribir otro mejor.

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