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La diagonal de los "olvidados"

Los países, de Marie Hélène Lafon, es na novela que ilumina esos lugares que van desde la Francia despoblada a la Sorbona y París.

Carmen G. Teixeira
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Los países, de Marie Hélène Lafon, es na novela que ilumina esos lugares que van desde la Francia despoblada a la Sorbona y París.
La cordillera de Los Vosgos forma parte de esa 'Diagonal de los olvidados'. La Francia despoblada. | Archivo

La diagonal de los "olvidados" es una variante de la apelación "La diagonal del vacío", término con el que el geógrafo Roger Brunet, en los años 80, denominó esa franja del territorio francés que va del noreste al suroeste, de las Ardenas hasta los Pirineos, llamada también la diagonal de las bajas densidades de población. Mientras la media nacional es de 110 habitantes por kilómetro cuadrado, en provincias como la Lozère, La Creuse, Las Landes es al menos dos veces inferior. Al margen de las grandes ciudades, estos territorios rurales cuentan con la mitad de los parques naturales regionales y algunos macizos montañosos: El Macizo Central, el Morvan, los Pirineos. Grandes espacios, casi desiertos de hombres, propicios para el turismo verde. Uno de esos viajeros nos propone una primera mirada a esa Francia desconocida.

La diagonale du vide es el título del conjunto de recuerdos con sus correspondientes fotos, acompañado de un mapa, publicado en 2019, en el que Mathieu Mouillet ha recogido las experiencias de su viaje, subtitulado, Un viaje exótico en Francia. A pie, a 4 kms por hora, durante año y medio, pasando por 18 provincias, explorando esos lugares donde no hay nada que ver. Y su sorpresa fue que descubrió una Francia inesperada, ligada fuertemente al territorio que sabe enfrentarse a los problemas sin dejarse abandonar. Para este fotógrafo y experto viajero que ha recorrido el mundo entero, ha sido su viaje más bello y más lleno de energía positiva.

Sobre ese mapa de M. Mouillet los equipos de "Grands Reportages" de la TVF (octubre de 2020) nos ofrecen otra mirada. En un viaje de 6 meses, esta vez en tren, en autocares, visitaron esas ciudades pequeñas y pueblos perdidos víctimas del éxodo rural. Menos transportes, menos servicios públicos, menos empleo. Hablaron con esos franceses que luchan por sobrevivir y que a veces encuentran soluciones sorprendentes. Un alcalde y unos padres de alumnos en el corazón de Los Vosgos luchando por salvar una pequeña clase de infantil y de Curso Preparatorio. A propósito de esta iniciativa no puedo dejar de recordar una conmovedora película del año 2002 sobre una escuela rural en Auvergne: Etre et Avoir. En Nevers, la ciudad donde los chalecos amarillos han sido más activos, el Ayuntamiento, tratando de revivir el centro de la ciudad, ha impulsado un puesto de trabajo para ayudar al pequeño comercio. Los hipermercados de la periferia se llevaron a todos los clientes en los últimos años. El viaje se termina en Agen visitando una empresa de farolas solares que ha logrado crear empleo convirtiéndose en líder mundial. Su patrón, no abandonaría su región por nada del mundo. En esta pequeña ciudad del Lot y Garonne él se siente, más que en la diagonal del "vacío", en la diagonal de la "felicidad".

He reservado una pequeña joya para esta segunda parte: un libro, Los países (Minúscula, 2018), de Marie Hélène Lafon. Una novela en la que no solo están los datos y las impresiones de los párrafos anteriores sino que, gracias a la literatura, la escritora va más allá, ilumina esos Países contrastados: la granja del Cantal y la Sorbona en París a donde Claire, la protagonista, ha ido a estudiar griego, latín y francés. Porque es una buena estudiante y ha conseguido una beca. "Ha dejado atrás aquel rincón del mundo desgastado, aquella grieta hundida en el viejo país, plisado, alisado". Ahora otro país empieza a conformarse para ella: los anfiteatros de la Sorbona, los pasillos del Instituto de Griego o la casa de su profesor Monsieur Joffre, que tenía la costumbre de invitar a sus alumnos a un aperitivo servido en una mesa griega bajo el cerezo del jardín, "una casa que se sostenía por los libros, por el cerezo, por la música, una casa que olía a alegría". Una vida así era posible.

Había aprobado. Se había esforzado, sin salidas, ni cafés, ni diversiones. Cruza por primera vez el parque de Luxemburgo, a los diez meses de su llegada. El lunes siguiente, en dos días, empezaría su trabajo en una sucursal del Crédit Lyonnais hasta el 31 de agosto. Mientras que allá arriba, en su otro país, estarían segando ya. En el parque de Luxemburgo pensó en eso, en el arce del patio, el río, la hierba, la que se convierte en heno y que nos se parece en nada al césped impecable del jardín de Luxemburgo. Ella se quedaría en París. En el banco, ganaría un dinero que no gastaría y añadiría a su beca para el curso siguiente. No echaría de menos aquellos veranos del heno almacenado. Aquel primer año en París forma un bloque detrás de ella.

El curso siguiente, en la biblioteca de la Sorbona, uno de los empleados que facilitaban los libros a los estudiantes la reconoció como paisana. Un chico de un pueblo próximo al suyo en aquel rincón del Cantal que suspira por conseguir un traslado, que al fin obtiene, un puesto en Clermont-Ferrand. Pero para Claire su lugar está "al otro lado del mundo, donde había empezado a ser y ya no estaba, no estaría nunca más". "De las infancias nos escapamos; esas impresiones fuertes que tenemos dentro había que ampliarlas, ampliar la vida, ganarla y ampliarla gracias a la mediación única y muda de los libros".

París y la Sorbona, "territorio nuevo y salvaje" se van abriendo a ella, algunos de sus compañeros se le aproximan. Tienen una cultura muy superior a la suya. Saben lenguas extranjeras, leen Le Monde, releen a Proust, conocen a Sthendal. Lucie Jaladis la invita a su casa en La Isla de Saint-Louis. Allí descubre a Bach y poco después, un fin de semana al mes, acompaña a la familia Jaladis a Coutances, un nuevo país para Claire, esa casa familiar en Normandía, donde tiene lugar la revelación de Flaubert. Un corazón sencillo será a partir de entonces su breviario, como para Monsieur Jaladis, el padre de Lucie.

Cuarenta años después, Claire, su proyecto de vida cumplido, es profesora, vive en París, recibe la visita anual de su padre acompañado de uno de sus nietos durante tres días de las vacaciones de Navidad. No quiero contarles más. Ya me he extendido más de lo previsto porque este libro, calificado como pequeña joya, es pequeño en su forma (143 páginas, E, Minúscula). Joya es, en verdad. Un pequeño diamante de los que brillan en la noches de insomnio ofreciéndonos compañía. "Diamants que brillent dans la nuit".

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