

En la historia del hombre y de sus cuitas hay dos frases separadas por más de dos milenios. La primera es de Sun Tzu: "Conoce al enemigo y conócete a ti mismo, de lo contrario contarás tus batallas por derrotas". La segunda, de Ira Hunt, director de tecnología de la CIA: "En la CIA, básicamente intentamos recopilarlo todo y guardarlo para siempre. Tenemos prácticamente a nuestro alcance la posibilidad de procesar toda la información generada por el ser humano". La distancia que media entre ambas nos sugiere que lo que empezó como un medio para un fin terminó por convertirse en el fin mismo. O, por decirlo de otra forma, que somos capaces de convertir en guerra cualquier cosa. En algún momento del camino dejamos de intentar espiarnos para imponernos mejor al otro y comenzamos a tratar de imponernos al otro para espiarnos mejor. Así que, quién sabe, ahora que algunos sostienen que estamos llegando a la última etapa de ese recorrido, quizá el riesgo esté en que no nos quede otra que volver a recorrerlo al revés.
Pero estas cosas son difíciles de predecir. Siempre podría ocurrir lo contrario. "Los últimos cien años han sido precisamente en los que el espionaje se ha desarrollado de una forma más radical", comenta Fernando Martínez Laínez, experto en la materia y autor de Top Secret (Arzalia), un glosario de perfiles de espías que ayuda a evaluar la progresión de los servicios de inteligencia internacionales desde la Primera Guerra Mundial hasta hoy. El último de ellos, dedicado a Snowden, enmarca la situación en la que nos encontramos. "Por primera vez, hemos llegado a un punto en el que podemos ser escuchados y visualizados prácticamente en cualquier momento de nuestra existencia". Lo sorprendente, sin embargo, es que nada ha cambiado excesivamente en el epicentro de nuestra intimidad. "El ciudadano puede sentirse muy vulnerable, es cierto. Estamos hablando de unos poderes de penetración sustentados por todo el poder del Estado. Lo que ocurre es que, al final, ese mismo ciudadano tiene que seguir su vida, aún a sabiendas de que está siendo continuamente vigilado. Hay un punto de resignación colectiva, algo que desde un punto de vista sociológico es tremendo".
Se dibuja así una curiosa paradoja según la cual el hombre vive necesitado de conocerlo todo pero, al mismo tiempo, necesita también un mínimo residuo de desconocimiento que le permita vivir. La paradoja aplica a la inversa en los espías, pues no es la incertidumbre lo que les salva, sino lo que saben y callan. Y, de fondo, el convencimiento ambiguo de que en ese limbo de oscuridad se esconde tanto lo que ha sido diseñado para defendernos como lo que nos puede someter. "La cuestión del espionaje es compleja porque se nutre del secreto. En realidad, nadie puede saber con exactitud lo que sabe el otro. Lo que justifica la propia existencia de los servicios de inteligencia, la seguridad nacional, requiere que no se desvelen la mayoría de las cosas. Y por eso es tan difícil desarrollar controles y contrapoderes eficaces que otorguen una mínima garantía al ciudadano de que esa maquinaria no pueda ser usada en su contra. En última instancia, lo que sabemos seguro es que es muy difícil para los gobiernos resistirse a la tentación de utilizar el espionaje de manera torticera e inmoral".
Luego están las preguntas. Por ejemplo, ¿por qué centrar el tiro en los últimos cien años? "El espionaje lleva existiendo desde que el mundo es mundo, pero es a partir de la Primera Guerra Mundial cuando se da un punto de inflexión; un cambio radical". Su libro comienza, por ejemplo, con la archiconocida Mata Hari, "la mujer más celebrada de la historia del espionaje" que, sin embargo, "fue bastante mediocre en su arriesgado oficio". Y va quemando etapas. Entreguerras, Segunda Guerra Mundial, Guerra Fría… Cada década ha ido hilvanando miles de historias desperdigadas por todo el planeta, cada una en su lugar. Eso son miles de personajes dispares, misteriosos algunos, fascinantes los más. Así que recorriendo las vidas de algunos de ellos es como puede comprenderse el desarrollo del oficio que mejor explica los intereses que mueven el mundo: "Dinero, ideología y poder". O, más escuetamente, ansias de seguridad.

"Los perfiles de esos espías", sostiene Laínez –como la naturaleza humana, estoy por añadir– "no han evolucionado demasiado". Ha cambiado la tecnología, pero ellos no. "Sus motivaciones personales suelen ser muy variadas, lógicamente, pero podrían reducirse a dos: ideología y dinero". Philby, por ejemplo, o George Blake, "actuaron por razones evidentemente ideológicas. No se planteaban mucho más. Simplemente se consideraban leales a su auténtica patria, que era el comunismo". Otros, como Ames, "uno de los topos más destructivos de la historia", traicionaron a su bando exclusivamente por hacerse ricos. Y los más fueron gentes que creían en una causa y que terminaron al estilo de Alec Leamas —"quizá el personaje de ficción que mejor encierra el dilema verdadero del espía"—, defendiendo a los suyos "por una mera cuestión de lealtad personal, pero sin hacerse ilusiones, sabiendo que la bondad es dudosa siempre en cualquier bando".
Todo esto Laínez lo ha ido comprobando durante años de alimentar un interés. "Yo comencé como periodista de Internacional, en una época en la que la política internacional nos apasionaba a todos". La época de la Guerra Fría y de los bloques enfrentados, de la amenaza nuclear y de la caja de cerillas global. Después, poco a poco, esa inquietud fue pariendo una biblioteca, y esa biblioteca un algo que contar. "Durante años yo he ido archivando, he ido documentando, he ido reuniendo, he ido coleccionando historias de espionaje que me han ido haciendo reflexionar. Al final he querido dejarlas historiadas en este libro. Pero no es un libro deliberado, y mucho menos improvisado. Digamos que es la culminación de un trabajo que se ha ido haciendo sin querer". Un mosaico de más de cuarenta perfiles que tiene todo el sentido del mundo. Es de suponer que la mejor manera de acercarse a lo que es secreto sea conociendo, aunque sea mínimamente, a aquellos que lo tuvieron que guardar.