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Andrés Trapiello: "Casi siempre, las cosas son peores de como las cuento"

LD entrevista al escritor leonés por la publicación de Fractal (Alianza Editorial, 2024), una biopsia estupenda de sus magníficos diarios.

LD entrevista al escritor leonés por la publicación de Fractal (Alianza Editorial, 2024), una biopsia estupenda de sus magníficos diarios.
El escritor Andrés Trapiello. | Javier Romero

Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, León, 1953) ha publicado Fractal (Alianza Editorial, 2024), una biopsia estupenda de esos veinticuatro tomos y trece o catorce mil páginas que conforman su Salón de pasos perdidos, o sea, sus diarios, una monumental novela en marcha compuesta por "fragmentos de un cántaro roto que intenta uno recomponer de mil maneras", que se nutre de la realidad y de la vida y que –obviamente–, a diferencia de esta, tiene sentido: "Tiende uno a olvidar que un diario nunca ha sido un reflejo exacto de la vida, sino una elaboración literaria (o sea, moral) de ella, donde lo eludido es tan o más significativo que lo reflejado". LD entrevista al escritor en su casa, a tiro de piedra de las Salesas, un día después de que el Gobierno presentara un Plan de Acción Democrática que al autor de Las armas y las letras no asusta lo más mínimo: "Es una bravata".

P: Señor Trapiello, ¿cuál es su palabra favorita?

R: Seguramente, "ultramarinos". Hay palabras que me gustan mucho, como "misericordia", por lo que tiene de cervantino y de galdosiano. "Ultramarinos" es por razones familiares: mi padre tenía una tienda de ultramarinos y, digamos, yo salgo de ahí. La palabra es bonita también: se refiere al azul, y el azul ultramarino se refiere al mar… Hay muchas razones.

P: ¿Y cuál es la que más detesta?

R: "Mezquindad", que es una palabra que dice mucho y de manera muy gráfica. "Vil" también me disgusta.

P: Las palabras "vida" y "novela", ¿cómo se conjugan en su obra?

R: A veces, es muy difícil separar lo que es vida, lo que es ficción y lo que es realidad. La realidad y la ficción son parte de la vida y, por tanto, yo no contrapondría nunca "vida" con "ficción", sino "real" con "ficción", y las dos forman parte de la vida. En el caso de mis diarios, es un poco raro: la realidad, que es parte de la vida, empieza como realidad en mi vida y acaba como ficción en unos libros. Es un proceso relativamente familiar, ya no me cuesta tanto distinguir, pero sí que es verdad que el resultado tiene más que ver con la literatura que con la crónica, con la ficción que con la realidad y, sin embargo, las dos cosas tienen que ver con la vida. Una ficción que no esté viva… Una ficción literaria no tiene mucho interés. La literatura literaria, por decirlo de alguna manera, me produce aburrimiento. Igual que la poesía poética. Aquello que está demasiado cargado de artificiosidad.

P: ¿Toda vida humana es carne de novela?

R: Creo que sí, que no hay vidas malas, sino mal contadas. Contadas, casi todas las vidas pueden ser buenas. Ahora, hay muchas vidas malas, de gentes que hacen mal. Gente a la que no quieres ni saludar, pero cuyas vidas se podrían redimir por el arte. La literatura está llena de personajes execrables: en Shakespeare, sin ir más lejos. Sin embargo, la manera en la que se nos da nos compensa y nos amplía muchísimo el conocimiento del mal, el conocimiento del ser humano. Y otras no: no me parece que la manera de contar, por ejemplo, en Los Soprano sea lo suficientemente grande como para que yo haga el esfuerzo para ver eso. Y otras películas sí: tampoco querría conocer a ninguno de El Padrino, pero sí me parece que tiene ese plus. Un plus que, al final, es poético.

P: Las novelas tienen sentido pero no las vidas.

R: Es la distinción entre la vida y la literatura. Las vidas, en efecto, no tienen sentido. No tenemos un argumento.

P:Y esa construcción del "sentido de la vida", ¿se sostiene?

R: Sí. Buscar y proporcionar un sentido a la vida no solamente es posible, sino que es lo único que nos salva del tedio vital o del sinsentido. Buscar el sentido es un sentido pero, obviamente, no lo tiene: nosotros no tenemos un argumento. El argumento lo acabamos de tener cuando cerramos nuestra vida; la literatura, en cambio, tiene ese propósito desde el primer momento, desde que tú te sientas, te fijas un fin y vas hacia ese fin. Eso es lo que el lector quiere, que se le ordene y se le dé sentido a esa acción que le ayuda a entender su propia vida, que le ayuda a buscar y a dotarse a sí mismo de sentido. Dotarse no quiere decir que lo tenga: quiere decir que lo busca y se da, se añade al sinsentido de todo. Y esto es lo que hace la literatura.

P: ¿Cómo ha cambiado su mirada desde que escribiera sus primeros diarios? ¿Cuánto se reconoce en este Fractal?

R: Para responderte, tendría que haber leído los diarios. He leído este tomo, pero los veinticinco tomos de los diarios no los he vuelto a leer. Por lo tanto, se me escapa la idea que podría tener. Sí es verdad que quienes los han leído y releído me dicen que ahora soy mucho más simpático y que estoy más tranquilo y conforme con la vida. Soy una persona bastante libre, me he acercado a las cosas con humor y, a veces, un poco…

P: ¿Con un plus de mala leche?

R: No diría crispado, pero sí enfadado. Porque las cosas no están ordenadas. No sólo en la vida literaria, que es una vida escacharrada, sino en general: me gustaría que las vidas de las gentes estuvieran más concernidas por la belleza, por la verdad, por la libertad, por la igualdad…, y les veo que llevan vidas realmente enajenadas, o que toleran la desigualdad con una pasividad enorme, que dices: "Pero bueno, ¿cómo no se rebelan? ¿Cómo viven con el yugo…?". Esto, al principio, me afectaba más. También es verdad que el humor es una válvula de escape estupenda. Te distancia de las cosas, te hace verlas desde su lado más amable.

P: ¿Incluido el humor cáustico?

R: Muchas veces me han dicho que soy cáustico y sarcástico y, a veces, cruel. Me gustaría que mis libros se pudieran leer como vemos algunas películas mudas de Chaplin, con una sonrisa en la boca, con un humor que no hiciera daño. Yo, a mí mismo, me veo bastante inofensivo. Dicen que he utilizado los diarios como un arma ofensiva, pero, en general, han sido un arma defensiva.

P: Escribe: "Los libros empiezan a vivir su vida diez o doce años después de que se hayan escrito o que los hayan premiado. Y con o sin premio, lo que sean, varía poco". ¿Siente que sus diarios ya empezaron a vivir su vida?

R: Es muy difícil saber eso. Llevo muchísimos años tratando con libros viejos, y todo esto fluctúa muchísimo. Preguntas qué vida han empezado a tener los diarios, y yo te digo que nadie sabe nada, que todo es muy corto.

P: Sí creo que sabe o intuye una cosa, Andrés: al lector culto medio español han llegado.

R: Si me dices eso… ¿Qué quieres tomar? (Risas) ¡Yo encantado! Pero no lo sabes nunca. Y hay fluctuaciones: hay muchos escritores…

P: No se lo niego, pero siempre hubo clases. Si me encargan entrevistar a Fulano Fulánez, resoplo; si le entrevisto a usted, pienso: "Uy, un cromo con brillantina".

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El escritor Andrés Trapiello.

R: Yo te lo agradezco, Jesús. Sí hay algo que he tenido siempre claro: he sabido escoger los maestros. Y esto es muy importante. De mí no puedo responder, al menos, de una manera firme, pero sí puedo responder por Cervantes, Galdós, Baroja, Ramón Gaya o Carlos Pujol, porque estos sí me han enseñado. Sobre todo, a mirar. Y en poesía me dejaría cortar no una mano, sino las dos, con una gratitud enorme, por lo que me han enseñado, por Leopardi, John Keats, Emily Dickinson o Juan Ramón Jiménez. O Antonio Machado, o Unamuno… No sé cuál será la suerte de este o de otros libros míos, pero es que tampoco sé cuál va a ser la suerte de Unamuno o de Baroja, ni siquiera la de Cervantes. En el siglo XV, había mil autores latinos que hoy no están en ninguna preceptiva. Nadie lee a Horacio como se leía en el siglo XV. Nadie lee a Virgilio, ni siquiera a Homero como se leía entonces. Nadie tiene en sus lecturas de cabecera la Poética de Horacio. Lo importante es lo que te sirve en el momento. Si ese libro sirve a las gentes de ahora, con eso es suficiente. Y si sirve a las de mañana, pues Dios dirá.

P: Van, señor Trapiello, algunos nombres propios que en sus diarios bien menciona, bien se intuyen, y de los que cuelga una historia. Los primeros: Miguel Ángel Blanco y Ortega Lara.

R: Cuando hay cosas muy importantes en tu vida, se fijan a cosas banales o importantes en tu vida particular. Si tú preguntas a un norteamericano de cierta edad qué hacía cuando se enteró del asesinato de Kennedy, lo sabrá; si preguntas en España dónde estaba el 23-F, también te lo dirán. Para mí, Miguel Ángel Blanco y Ortega Lara fueron muy importantes y van unidos a dos hechos completamente mínimos, pequeñitos, de mi vida. Me enteré del asesinato de Miguel Ángel Blanco subido a una escalera, recogiendo unas peras en un peral de nuestra casa de campo. Era como: "Han vendimiado la vida de un chico joven, y yo estoy aquí vendimiando un árbol, festejando el buen tiempo, recogiendo un fruto en su sazón, y a este hombre no le han dejado madurar". Lo mismo con Ortega Lara: el día que lo liberaron, dieron la noticia muy temprano, a eso de las ocho de la mañana, y estaba llevando a un hijo mío a un campamento de verano.

P: Juan Cruz. Menudo follón le armó…

R: Lo interesante de ese episodio no es tanto, en fin, lo extravagante que resultó todo. Es decir, estas en una cena con unos amigos, y llega alguien y te monta una bronca descomunal, sin venir a cuento. Ya teníamos una pequeña historia entre medias: yo colaboraba siempre en El País, pero cuando él entró como jefe de opinión, yo dejé de publicar en El País. Me fui al ABC, estuve tres años en ABC y, cuando se fue Juan Cruz de jefe de opinión, volví a El País. Eso pasa en todas partes, cada uno tiene sus cambalaches. No, yo entiendo que, al margen de lo ruidoso y de lo desmedido de la escena, porque fue muy violento y muy incómodo para todos…

P: ¿Quiénes estaban?

R: La plana mayor de la poesía española: Abelardo Linares, Felipe Benítez, Juaristi, creo, Carlos Marzal, Luis García Montero y Almudena… La escena de Juan Cruz en el diario tiene un valor importante porque estaba llena de testigos. Es decir, yo he contado una escena que ha vivido gente de nuestro mundo, gente que escribe y que podría dar testimonio de esto. A veces, es curioso, tengo la sensación de que exagero, y esta es la prueba de que, casi siempre, las cosas son peores de como las cuento. Y trato, justamente, de rescatarlas de la manera más cervantina que sé y puedo. Tengo la obligación moral, como decía Nietzsche, de no levantar un falso testimonio contra la vida. De no hacer un retrato enormemente amargo o resentido. Porque, al final, lo que queda de ese episodio con Juan Cruz es que todos quedamos como pobres hombres, como títeres del destino. No me gusta ensañarme y, sobre todo, con el que es menos: si me he permitido, entre comillas, estas licencias es con gente que, en ese momento o siempre, eran más que yo. Nunca me he ensañado con gente que estaba por debajo de mí en la escala social, literaria o personal, ni tampoco para ofender a nadie. Por lo general, nunca he escrito para ofender, siempre han sido movimientos de defensa.

P: ¿Se siente orgulloso de sus enemigos?

R: Yo no tengo enemigos, de verdad. Una persona con enemigos no hubiera podido llevar la vida que he llevado yo, que he podido escribir lo que he querido y, en general, he trabajado siempre lo que he querido, y he escrito lo que he podido, buenamente. Creo que una persona con enemigos no lo hubiera podido hacer: se hubiera amargado, le hubieran puesto mil trabas y zancadillas… Yo creo que la vida me ha tratado bien hasta ahora. Si me ha permitido llegar a donde estoy, quiere decir que no puedo reprocharle nada a la vida.

P: Escribe: "El único compromiso del creador (el intelectual es otra cosa) es mantenerse todo lo más lejos que pueda del poder, tanto si le tienta para ejercerlo como si lo necesita para atacarlo". ¿Se suele cumplir esto en el ecosistema patrio?

R: No siempre. El escritor tiene que ser libre. Obrando como Don Quijote: por desinterés, conforme a tu ideal, el que sea, y aplicarlo sin una traducción inmediata en dinero, premios, influencia o poder. Si viniera un hada y me preguntara "¿qué querrías?", yo diría, como un amigo mío: "Llevar la vida que llevo, pero pudiendo". O sea, me gustaría poder escribir enteramente sin compromisos, más o menos retirado y con una vida desahogada, que no la he tenido nunca. Pero el no haber tenido la vida desahogada ha sido el acicate para escribir lo que he escrito. Es decir, si yo no hubiera sido pobre y no hubiera necesitado el dinero cuando vino Rafael Borrás y me encargó Las armas y las letras, jamás habría escrito Las armas y las letras. No digo que sea un libro que valga mucho o poco; digo, simplemente, que no lo hubiera escrito. Y así me ha pasado con muchísimos, como el libro de Madrid.

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El escritor Andrés Trapiello junto a Jesús Úbeda. | Javier Romero

"Un pájaro de mal agüero"

P: Vamos acabando, señor Trapiello. Disculpe el volantazo: en su libro hay una avifauna abundante: gorriones, ruiseñores, mochuelos, autillos, palomas… ¿qué tipo de pájaro sería Pedro Sánchez?

R: Un pájaro de mal agüero.

P: El Plan de Acción Democrática, que se presentó el martes, ¿qué le parece?

R: Se le está dando mucha importancia a ese plan, y yo creo que no la tiene. Ni se va a aplicar ni es nada: es una bravata. Un ladrido de un perro rabioso que, de pronto, te enseña el colmillo. ¿Crees que habrá en España algún medio y algún periodista, o algún escritor, al que amedrenta lo que ha hecho Pedro Sánchez? ¿Crees que dejará de escribir?

P: Creo que se busca extender una sospecha, y creo que si una sospecha cala, puede acabar siendo efectiva.

R: David Mejía decía: "Si estás diciendo que hay unas galletas envenenadas, pero te niegas a dar la marca de esas galletas, lo que estás sembrando es la sospecha de que todas las galletas están envenenadas". Eso, para los tontos. Pero nosotros, que somos listos, sabemos que no hay galletas envenenadas. Que no las hay. Que es otro bulo, punto. Él está metido en eso porque tiene muchísimos frentes abiertos. Y está tirando bombas de humo a diestro y siniestro. Se le ve la intención y la intención es mala. Es un pájaro de mal agüero, tiene una mala intención y una mala idea: cómo seguir en el poder, ya sea el ejecutivo, el legislativo o el judicial, porque él lo es todo… Hasta que deje de serlo.

P: No será mañana.

R: Como decía el otro, más triste será la caída. Sí me parece más grave la intoxicación a una cierta parte de la población, a la que se le transmite el: "Entiendo que usted no me vea como la perfección absoluta, pero sepa que el que viene, el que está esperando, es el demonio. Por tanto, acostúmbrese a mí".

P: Y el demonio es la "extrema derecha", la "fachosfera"…

R: Por eso está repitiendo una y otra vez que esto va a durar tres años, y treinta si es posible. Que eso vaya calando en la gente sí es preocupante. Que la gente se desentienda, como se desentendió el 40% de los venezolanos. Llevan veinticinco años y las consecuencias han sido terribles: ocho millones de venezolanos fuera de Venezuela, y no solamente los ricos. Hemos tenido, durante años, una asistenta venezolana. De clase humilde, peluquera en su país, que no podía soportarlo más: todo lo que ganaba, hasta el coche, se lo quedaban los bolivarianos.

P: Y, para acabar, cuénteme sobre su próxima novela.

R: Siempre he querido escribir una novela que pudieran leer los dos bandos. Si esta no lo consigue, desde luego, no será por el esfuerzo que he puesto en ella. No es una novela para que complazca a todo el mundo, sino para que todo el mundo se vea en el espejo de lo que sucedió, por un lado, con piedad, y por otro, con objetividad.

P: ¿Cómo se llama?

R: Tiene un título maravilloso: Me piden que regrese. Son las últimas palabras de Emily Dickinson. Cuando estaba muy malita ya, tenía en su mesilla de noche un papel con un lápiz. Y las últimas palabras que escribe en inglés son: "Called Back". Es el título de una novela, un best-seller, que Emily Dickinson leyó un año antes de morir. Por esa novela, "Called Back" fue un sintagma que se puso de moda, como "Crónica de una muerte anunciada". "Called Back" es "Me llaman, que vuelvo", y la mejor traducción la hizo un catalán, Marià Manent, que la tradujo: "Me piden que regrese". Está escrito al más allá, es como: "Mis muertos me están llamando". Y ya no os digo más (risas).

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