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Pedro Simón: "En la soledad de tu habitación, sabes si has sido un hijo de puta o un hijo decente"

LD entrevista al periodista de El Mundo por su última novela, Los siguientes (Espasa, 2024), con la que cierra su trilogía de la familia.

LD entrevista al periodista de El Mundo por su última novela, Los siguientes (Espasa, 2024), con la que cierra su trilogía de la familia.
Pedro Simón, entrevistado para Libertad Digital. | David Alonso Rincón

Pedro Simón (Madrid, 1971), especie periférica, recibe a LD en su guarida carabanchelera para hablar de su último libro, Los siguientes (Espasa, 2024), una novela hermosa, implacable y humanísima sobre la vejez y, tal y como nos cuenta, el amor incondicional. El reportero y columnista de El Mundo narra el epílogo decadente de Antonio, un octogenario avanzado del que se ocupan sus tres hijos, cada uno a su manera, y que, en un determinado momento, se convierte en carne de residencia. Conversamos, entre otros asuntos, sobre la vejez y sobre ese momento en el que, según Borges, "el hombre sabe para siempre quién es".

P: Señor Simón, ¿vivir es decaer?

R: ¡Puff! Sí, claro. Vivir es lo que decía Arturo Pérez-Reverte: dejar de hacer cosas que antes podías hacer y ya no puedes hacer. Es asumir derrotas, como el Antonio de la novela. Saber que ese padre que tienes delante o esa madre, con veinticinco o treinta años más que tú, es un spoiler de lo que vas a ser. Y eso nos asusta un poco siempre. Creo que las vidas no se parecen demasiado: lo que se parecen son las muertes. Si dijésemos ahora cuatro o cinco maneras de palmarla tú o yo, tendríamos un 80% de probabilidades de acertar. Y eso nos asusta porque sabes los finales. Es como los libros de "Elige tu propia aventura": si vas por aquí, acabas así, si vas por allí, acabas de otra manera…, y el final nunca te satisface. Por eso el paso del tiempo, a muchos, nos acogota y nos abruma.

P: Uno de sus personajes, Carmen, dice que "la vida es un árbol que se va llenando de bichos".

R: El libro tiene algo de oscuro, pero creo que tiene mucha luz. El libro habla, sobre todo, del amor incondicional. Habla de decir las cosas a tiempo y de la heroicidad de callar. De cómo hay alguien en la familia que, a veces, se guarda algo dentro, aunque le haga implosionar, pero eso hace que la tribu se mantenga en calma y anudada. Y es verdad que vivir es acumular pedradas, meterte en vericuetos que te van a hacer daño, y ahí hay una gimnasia de la gestión del trauma que vamos haciendo. Porque si vives mucho tiempo, te van a pasar más cosas malas. Me fascina la gente que tiene mucha gimnasia hecha contra el dolor. Creo que la felicidad no tiene tanto que ver con los premios que nos dan, con las cosas buenas que te pasan o con las alegrías, sino con la gestión que hagas de las cosas malas que te van pasando. Y cumplir años es esto: ir gestionando barro y basura y, al final, intentar convertir la mierda en compost.

P: ¿Qué ha descubierto explorando el territorio de la vejez?

R: Me llevo muy mal con el paso del tiempo. Creo que el paso del tiempo es un dentista que te va arrancando todo: un día una muela; otro día, un colmillo; otro, otra muela… Ese dentista que te hace sudar, que te pone nervioso, que te hace sangrar… Lo que exploro en la vejez me interpela más por esto. De hecho, creo que hay un momento en la vida en que vemos a la familia como una especie de mentira, pero, al final, la familia acaba siendo como una gran verdad. Poco a poco, vas volviendo a ese territorio, es una especie de puerto refugio. Y, de algún modo, cuando vuelves a tus padres, con otra temperatura afectiva, estás, inconscientemente, invirtiendo en ti. El otro es el tú que serás. Dices: "Aquí hay que invertir porque ese seré yo".

P: Qué bueno eso de "Generación PNM, Por No Molestar".

R: Lo dice Darío de sus padres. Es esta cosa de: "Papá, ¿por qué no me dijiste que te llevara al médico?". "Por no molestar". "Mamá, ¿por qué no me dijiste que te hiciera la compra?". "Hijo, por no molestar". "¿Y dónde comemos?". "Donde os venga bien". Esta generación la tengo muy encapsulada en la generación que tiene ahora setenta u ochenta. Creo que nosotros somos otra cosa. Yo no sé si el viejo que seré será el viejo que me gustaría ser: todo lo independiente que se pueda ser, arrojar luz en ese crepúsculo al que estás yendo, no dar demasiado la coña…

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Pedro Simón, en su casa. | David Alonso Rincón

P: Evidentemente, hay que llegar a ese puerto, pero, con las cartas que hay ahora sobre la mesa, dudo que las siglas "PNM" se puedan aplicar a su generación ni, mucho menos, a la mía.

R: No, porque venimos del confort, y el confort acolcha. Barrunto que los hijos de mis hijos van a ser "PNM". Creo que mis hijos van a vivir peor que yo. Entonces, van a educar a sus hijos de otro modo, con más austeridad. Y la austeridad, que tiene muy mala prensa es una bonita palabra. Muy de la generación "PNM". En la sociedad de consumo que tenemos, hablar de austeridad es como: "Joder, ya viene el aguafiestas". Pero es verdad que austeridad es educar a los tuyos a que tengan más con menos, y eso me parece inteligente, que es una buena mochila de vida. ¿Por qué vas a hacer ostentación, el ridículo, al final, si con menos se puede estar mejor?

P: En un momento determinado, la suerte de Antonio está echada y es carne de residencia. ¿Cómo se novela una realidad tan dura, tan espinosa?

R: No me gustaría que el libro tuviera una carga moralista. Entiendo que, en esto de los cuidados, todo el mundo hace lo que puede, y está muy bien que alguien lleve a su padre a una residencia, está muy bien que esté en su casa, que se lo repartan los hermanos, que alguien lo cuide en su casa, o que pases absolutamente de tu padre si ha sido un cabrón contigo: aquí, cada circunstancia… Lo que he tratado es contar las cosas con verdad, aunque la verdad sea dura. He tratado de ser honesto. Sé que el libro empieza muy arriba…

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Pedro Simón, en su casa, junto a Jesús Úbeda. | David Alonso Rincón

P: "El primer día que tuve que limpiarle el culo a mi padre, me mentí diciéndome que era igual que cuando se lo limpiaba a mi hijo".

R: Es que estamos muchos ahí. Yo tengo cincuenta y tres años, y en mi grupo de amigos tenemos dos conversaciones: hacia abajo, que hablamos de los hijos, y hacia arriba, que hablamos de los padres. Es muy curioso: de unos años hacia acá, y te pasará de igual modo, las conversaciones sobre los hijos han ido ocupando menos espacio en el mapa, porque los hijos se van yendo, porque tienen su tiempo, porque se van tres días con la novia a Alicante…, y se te van metiendo las de los padres, como si el hijo saliera por una puerta y entrase el padre por otra, el abuelo-niño que vuelve. Al final, terminamos hablando de esto mucho. A veces, como en una competición de a ver quién tiene el padre peor (risas): "Pues mi padre tiene tres stent", "pues el mío tiene cuatro…". El otro día estuve con un amigo y me decía cómo se sentía cuando iba a ver a su madre a la residencia: "Siento como si estuviese delante del escritorio de Windows, fuese a la papelera de reciclaje el sábado, la viese, viese que mi madre está en la papelera de reciclaje junto a otros archivos, y cierro la papelera de reciclaje y digo: ‘Ya volveré’. Así es como me siento mal". Y hacía una reflexión: "Siempre le llevamos a donde pensamos que van a estar mejor, pero nunca pensamos dónde van a ser más felices". Y es verdad.

P: Hablando en plata, Pedro, ¿tratamos bien a los viejos?

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Pedro Simón, en su casa. | David Alonso Rincón

R: Creo que mejor que a los jóvenes. Mucho mejor que a los jóvenes. Veo a la sociedad bien abrochada por ahí. Todo es mejorable, eh, pero veo que la gente mayor tiene pensiones, tiene medicamentos gratuitos, transporte prácticamente gratuito, viajes del Imserso, viene una pandemia y nadie cuestiona que a los mayores se les tenga que vacunar primero… Creo que a los jóvenes los tratamos peor: les damos unos sueldos de mierda, la vivienda es absolutamente impagable, les insultamos, les decimos que son ninis… Como sociedad, creo que tratamos peor a los jóvenes que a los viejos. Y creo que, en las casas, se hace lo que se puede en su situación diaria. Adolfo Suárez, cuando se estaba muriendo con alzhéimer, estaba en su casa porque tenía la posibilidad económica de que fuesen enfermeras, fisioterapeutas, médicos o cuidadores, pero ¿quién puede pagar eso?

P: Hay ancianos que se dan cuenta de lo que, en general, intramuros y extramuros, se cuece. Así lo dice su Antonio: "Somos viejos, pero no gilipollas. Nos cuesta movernos, pero os vemos venir".

R: Antonio también dice: "Yo me quise morir antes de que mis hijos lo desearan". Debe ser muy complicada esa edad en la que ves cómo los demás fruncen el ceño porque tú no les entiendes muy bien lo que dicen, porque estás un poco sordo; en la que los demás te apremian y pierden la paciencia contigo porque tardas en salir del coche por culpa de tu cadera, y hay detrás un autobús pitando…; tiene que ser muy dura esa edad en la que tratan con un paternalismo bien intencionado, pero muy cabrón, a veces, como si fueras tonto, como si no te enterases de nada. Yo creo que eres consciente hasta lo último. Una vez, en Albacete, en la presentación de otro libro, una señora mayor me contó que estaba tan cansada de que no le dejasen meter baza en la cena de Navidad, en la que estaban sus hijos, sus nietos, etcétera, que dijo: "Voy a hacer una prueba. Me voy media hora, a ver si se dan cuenta de que no estoy en la mesa". Y la señora me contaba: "Me fui media hora, esperé religiosamente, y nadie preguntó ‘¿dónde está mamá?’. Volví y les dije cómo me sentía, como si no estuviera en la mesa".

P: Por otro lado, ¿qué se le dice a una persona que, después de cagarse encima, te suelta: "Hija, qué apuro, ya no servimos para nada"?

R: En esa situación, yo siempre preferiría ser el limpiador antes que el limpiado. Te tiene que generar mucho dolor ver que tu hijo está haciendo esto. Porque tú ya has vivido el proceso, a lo mejor, hace veinte años, y te viste ahí. Cuando hablo de esto y, fíjate, habré hecho unas sesenta entrevistas sobre el libro, me cuesta. Es un tema que me interpela. Por cosas mías de pequeño, que tuve con la muerte y con el paso del tiempo, que siempre estarán ahí.

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Pedro Simón, en su casa. | David Alonso Rincón

P: Vamos acabando, señor Simón. ¿Ha vivido ya ese momento "en que el hombre sabe para siempre quién es"?

R: Creo que sí. Soy un tío que tira p’alante, valiente, que no se acojona. ¿El momento? Circunstancias de la vida, personales, que te ponen delante de algo duro que tienes que gestionar. No sabes quién eres hasta que te pasa algo así. No alcanzas. Ves a alguien por la tele y dices: "Joder, ves a esa persona y yo no sería capaz". No te pongas en esa situación, que igual serías capaz: puede ser algo que tenga que ver con la salud, con tu pareja o con el trabajo…, cada uno tendrá ese momento en el que dijo: "Ostras, a mí se me murió un hijo e hice esto", o "Me echaron del curro, pensaba que no lo iba a superar y tiré p’alante". Esa frase de Borges la puse porque cuando alguien tiene delante a un padre absolutamente inerme que te está demandando tu tiempo, tú se lo puedes dar o no, a lo mejor nadie te va a juzgar, pero tú, en la soledad de tu habitación, sabes si has sido un hijo de puta o un hijo decente. Si has estado ahí o no has estado porque te daba pereza, porque estabas cansado o tenías mucho curro y decidiste no estar. Entonces, tú sabes quién eres. A lo mejor nadie más, pero tú sí.

P: Y, finalmente, ¿qué proyectos tiene entre manos?

R: He firmado dos novelas más. Ayer (la entrevista se hizo el 19 de septiembre) descubrí de que va a ir la próxima novela. Muy sucintamente: la historia tendrá que ver con el consumo de drogas.

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