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Sandra Aza: "En una sociedad en la que primaba el honor, un sambenito era casi peor que la muerte"

La escritora retrata en Estirpe de Sangre el Madrid de Felipe IV, las remiendavirgos, las condenas a muerte y los corrales de comedias.

LD Libros: Novela histórica 'Libelo de sangre'

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La escritora retrata en Estirpe de Sangre el Madrid de Felipe IV, las remiendavirgos, las condenas a muerte y los corrales de comedias.
Sandra Aza, autora de 'Estirpe de sangre' | Planeta

Un Madrid pobre y sucio, pero perspicaz y astuto, que llena los corrales de comedia, que plaga de ironía su lenguaje y teme a la justicia que cobra los delitos con pena de muerte. Pero también un Madrid de la villa, las jornadas despreocupadas de caza, de bolsillos llenos de los poderosos y de niñas de alta cuna prometidas desde el vientre de la madre.

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Sandra Aza deslumbró a los lectores con su novela debut en la que un joven Alonso retaba al destino para restituir el honor de su familia, agravada por un libelo de sangre. Homenajeaba a Madrid y su historia y describía pormenorizadamente un procesamiento inquisitorial. La escritora continúa la trama por donde la dejó en Estirpe de sangre (Planeta), una novela en la que "la dinastía, el apellido, las raíces y el concepto de familia está muy presente porque el origen es el que hace a una persona ser lo que es".

Alonso se ha labrado en la calle. Tras idas y venidas, un golpe de suerte le hace incorporarse al servicio de don Gonzalo Soto de Armendía, marqués de Velarde. Sandra Aza compone así un retrato de los bajos y los altos fondos de la sociedad del siglo XVII, cuyos "hilos manejan los hados". "Es una mezcla muy rica porque hablaban y pensaban diferente. La manera de vivir y afrontar la vida era muy distinta", dice Aza.

La búsqueda de justicia, que no de venganza, es el motor de la novela. "No es la ley de talión, Alonso busca que la injusticia provocada por un libelo, por un la mentira, se repare. Tiene fe en la verdad y en la justicia", nos avanza la autora a Libertad Digital. Aza, que ejercía la abogacía, comparte con su protagonista ese respeto hacia la ley: "Creo que la Justicia, en mayúscula, si se utiliza bien, puede solucionar más problemas que la venganza. El odio es un veneno que sufre el que lo tiene. Alguien con sed de venganza se consume. Te alimenta más tener fe en la justicia".

Por aquel entonces, los datos de criminalidad eran muy altos, a pesar de que las penas eran tremendas. Los pobres, los más indefensos. "El sistema judicial era muy duro porque la vida era muy dura. Te mandaban a galeras a remar o te condenaban a pena de muerte. Estaba totalmente interiorizado en Europa que si cometías un delito te podía costar la vida, eras ahorcado o quemado en la hoguera, que no solo tenía la Inquisición sino la jurisdicción civil". Pero, curiosamente, "en una sociedad en la que primaba el honor, uno de los peores castigos era llevar un sambenito y pasearte por la ciudad, te condenaba al ostracismo. Era casi peor que morir, la gente prefería la muerte".

La muerte sobrevolaba cada rincón: "Había muchos duelos por honor. Si, por ejemplo, alguien por la noche te deslumbraba con un farolillo, era motivo de duelo. Solo los alguaciles podían cegarte. Era una grosería que merecía un reto a duelo, a primera sangre o a todo trance. Estaban prohibidos pero se daban por doquier".

La España de Felipe IV

La novela está ambientada en la España de los Austrias, con Felipe IV recién llegado al trono. "Era un chavalín de 16 años que llega con ganas de restaurar. El reinado de Felipe III fue una época de libertinaje y corrupción a placer. Al duque de Lerma le llamaban el mayor ladrón del reino. Felipe IV comenzó con buenas intenciones pero cayó en el mismo error de su padre, el valido. El conde de Olivares abusó del poder. Hubo una época en la que se expulsaron a muchos indigentes de la Villa de Madrid, se quitó a casi todos los bastiones del régimen anterior, no quedó títere con cabeza, y se permitió el regreso a la Corte de muchas personas que habían sido desterradas por los validos de Felipe III. La política del momento giraba como una peonza".

El protagonista ha terminado "descabalado". Le ha tocado vivir una "época en la que naces pobre y mueres pobre porque la estructura estamental en el siglo XVII estaba cerrada". Aún así, "no tiene el pesimismo de los años, sino la juventud que hace que te repongas más rápido de los golpes y las penas".

Las mujeres ocupan un lugar destacado en las páginas de Estirpe de sangre. "Vivían en una jaula, ya sea de cobre o de oro. Las pobres, por no poder, no podían ni mendigar. Las llevaban a la casa galera porque eran mujeres descarriadas. Las ricas estaban casadas desde que nacían, no importaba su opinión, eran yeguas de feria. No podían ni asomarse a la ventana. Había un dicho que decía ‘Mujer en ventana de rato en rato, venderse quiere barato’. Vivían detrás de una celosía. Salían a la calle para ir a misa y poco más. Lo bonito es ver la astucia de estas mujeres para buscar un resquicio que les permitiese un poco de libertad", asegura la escritora. "Lo he querido traer a colación porque no hemos evolucionado mucho, hay países del mundo en los que la cosa sigue igual o peor".

Surgían figuras muy interesantes como "las dueñas", destinadas a "proteger la castidad de la dama". "Solía ser una mujer mayor, siempre vestida de monja, y era la sombra de su pupila. Tenía como misión alejar a los moscones, impedir devaneos y ser testigo de la virginidad de la mujer. La virginidad era fundamental, lo más protegido y lo más perseguido, el gran triunfo de los donjuanes".

Para aquellas mujeres que se saltaban la norma, una solución era las "remiendavirgos", de las que Madrid contaba con bastantes. "Había mucha demanda", dice Aza. "Las mujeres comían barro para que se les retirase la menstruación y pudieran tener devaneos sin consecuencias, Cuando ya iban a casarse, acudían a las remiendavirgos y se sometían a unas operaciones súper peligrosas en la trastienda de un tugurio y de forma clandestina".

Lope de Vega

El libro describe la gran afición al teatro, el "mayor entretenimiento del momento". "Lope de Vega era un personaje de revista del corazón, un donjuán, las tenía a sus pies a todas y a todos, era muy admirado. Los corrales de comedia eran el acceso a la cultura y el público era muy exigente. Cuando se estrenaba una obra, salvo Lope de Vega que se podía permitir lo que quisiera, no se decía quien era el autor. Solo si la cosa cursaba felizmente, el autor salía. El público descontento lanzaba verdura y huevos podridos".

Los refranes y dichos salpican cada capítulo. Aza ha acudido a cartas y crónicas de la época, pero la mejor fuente han sido los autores del Siglo de Oro. "Donde mejor se explica cómo un hombre galantea a una mujer es en una obra de Lope de Vega, Quiñones de Benavente o Cervantes. Ahí está todo, es fidedigno".

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