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Jorge Freire: "Vivir es arriesgarse, no arrastrarse"

LD entrevista al autor de Los extrañados (Asteroide, 2024): "Opiáceos son el periodismo orgánico y la escritura de trinchera".

LD entrevista al autor de Los extrañados (Asteroide, 2024): "Opiáceos son el periodismo orgánico y la escritura de trinchera".
El escritor Jorge Freire, entrevistado para Libertad Digital. | David Alonso Rincón

Jorge Freire (Madrid, 1985), antónimo de pedante, tiene la habilidad de hilvanar una cita de Schiller con un latiguillo de Chiquito de la Calzada. Cultiva su sabiduría con humilitas, que viene de humus, la ceba con una curiositas –"deseo de saber"– voraz y la vuelca y la publica en unos libros estupendos. En el último, un ensayo fabulosamente escrito llamado Los extrañados (Asteroide, 2024), se centra en un póker de "seres inactuales" (Chesterton) conformado por Wodehouse, Bergamín, Blasco Ibáñez y Edith Wharton, y los aborda y los intenta comprender invitando al lector a que deje de extrañarse, "suspendiendo por un momento nuestra incredulidad". LD conversa con este profesor, filósofo, escritor y columnista sobre unos seres errantes que vivieron fuera de su tiempo.

P: Jorge, ¿la incredulidad puede ser un opiáceo?

R: Al revés, Jesús. Opiáceos son el periodismo orgánico y la escritura de trinchera. Por eso los pensadores a favor de obra nos resultan estupefacientes y a la vez soporíferos. Yo creo que no hay mejor remedio contra esos narcóticos que una cierta incredulidad. Sobre todo porque ni los más militantes creen ya en lo que defienden.

P: ¿En qué cosas cree?

R: Las cosas más fecundas no exigen que creas en ellas. Mi método es el de Husserl: acercarme a las cosas suspendiendo cualquier juicio sobre ellas, al menos durante un rato. Eso he hecho con los personajes de Los extrañados: barrer toda la hojarasca previa y, antes de juzgar, tratar de comprender. ¿Creer? No hace falta creer en nada, ni recurrir al fideísmo o al panlogismo, porque la realidad ya es lo suficientemente evocadora y fascinante. En un pasaje del primer libro de los Corintios se dice que la locura divina es más sabia que la sabiduría humana. No necesitas creer en las cosas cuando percibes un fulgor en todas ellas. ¿Suena muy loco? Aquí los únicos locos son, como dice Chesterton, aquellos a los que no les queda más que la razón.

P: ¿Cuál considera que es su verdadero sitio? ¿Dónde no se siente fuera de lugar?

R: Yo me siento bien en casi cualquier sitio porque, a la postre, tengo el refugio del hogar, de la familia, de esas cosas que algunos soplagaitas tachan de "iliberales" porque no se eligen, porque no son producto de las decisiones racionales y libérrimas de un sujeto autónomo y decisionista y no sé qué más sandeces. Yo reivindico el hogar, el barrio, el municipio, el comercio local, la vida en común. Qué le voy a hacer si me siento fuera de lugar cuando veo que nuestras calles se convierten en pasillos de un aeropuerto internacional. Claro que hoy reivindicar el hogar es casi reivindicar un lujo. ¿Cómo se explica que vivir de tu salario y tener tu casa parezca una quimera? De cara a cultivar un sano patriotismo, lo propio sería poder habitar la tierra de tus padres y tus abuelos, ¿no? Pero, en fin, a esto se llega con la gaita del precariado…

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Jorge Freire junto a Jesús F. Úbeda. | D.A.

P: ¿Qué es lo que más le atrae de las vidas de Wodehouse, Blasco Ibáñez, Bergamín y Wharton?

R: Dice Julio Llorente que no hay vidas monótonas, sino miradas desatentas. Habrá a quien estos personajes no le digan nada. A mí, en cambio, me cuesta entender que los futbolistas sean tan atractivos para la gente. Bueno, lo entiendo solo en algunos casos: pienso en un George Best, en un Maradona... Vidas trepidantes, triunfos apoteósicos, errores garrafales. Justo esos perfiles que a mí me atraen son los que suele demonizar esa banda repugnante de puritanos que yo denomino los ectoplastas. Me inventé esta palabra para designar a esos muermos que han firmado un pacto con no sé sabe que entidad preternatural y llevan una forma de existencia etérea y viscosa. Si el ectoplasma emana de los mediums en trance, el ectoplasta aparece en cualquier sitio, ora en las redes sociales, ora en el rellano de la escalera, y te asalta, te juzga y trata de reducirte a esa papilla insípida en la que él decidió convertirse en vida. Pero vivir es arriesgarse, no arrastrarse.

P: ¿Y qué es lo que más le repele?

R: Poca cosa. Ten en cuenta que no me los cruzo a diario por el pasillo. Cierto es que ahora es fácil odiar a personas con las que no hemos cruzado media palabra, pero eso es porque nos las meten hasta en la sopa. Los políticos despiertan tal rechazo que ya no se vota por adhesión a unas siglas, sino por el odio que generan las demás. ¿Cuántas noticias recibimos al día, por tierra, mar y aire, no ya sobre el secretario general de un partido, sino sobre diputados que frecuentan clubes nocturnos o sobre concejales aficionados a meter la mano en la caja registradora? Repele sentirse invadido por personajes que a uno ni le van ni le vienen. Y no te hablo sólo de profesionales de la partitocracia: hablo de toda esa cohorte de humoristas sin gracia; de esos deportistas tatuados hasta las cejas, cuyos éxitos me son por completo indiferentes; del activista histérico de turno, que viene a pedirnos explicaciones y, de paso, dinero para su fundación... Con las tecnologías del infoentretenimiento sucede lo mismo que con la ingeniería de guerra: a más progreso, más devastación.

P: ¿El extraño es errante? ¿Cuánto pesa el desarraigo en la, digamos, extrañeza de Los extrañados?

R: No tiene por qué. Una cosa es el exilio y otra, la errancia. Se puede vivir desterrado y mantener la vertical, igual que se puede vivir toda la vida en el mismo barrio y pasarla dando tumbos. Existe un desarraigo geográfico, el de ese pobre hombre que, siendo de Jaén, tiene que trasladarse a Noruega por motivos laborales. Esa forma de desarraigo es la más obvia, pero existen otras. ¿O no cabe sentir desasosiego si tu propio barrio se convierte poco a poco en un suburbio de Detroit? Hay muchas formas de desarraigo. Miguel Salabert hablaba del "exilio interior" para referirse al estado de desdicha que experimentó la generación de literatos y artistas catalanes que no se exilió, sino que se quedó a vivir en la Cataluña franquista, condenada a vivir medio amordazada. Me interesa más el extraño en su propia tierra que el extraño en el extranjero.

P: El desarraigo no se limita al dónde, sino al cuándo. Va un ejemplo sacado del capítulo dedicado a Edith Wharton: "La edad de la inocencia fue la elegía de Edith Wharton a un mundo que había dejado de existir hacía mucho tiempo. Pero no era un canto de nostalgia. En ese viejo mundo, que era el suyo, nunca la habrían aceptado". ¿Cómo se vive/sobrevive/malvive fuera del tiempo de uno?

R: Digamos las cosas como son: no se puede vivir en otras coordenadas espacio-temporales que las que nos han tocado en suerte. Y eso no ha de tomarse como un castigo, sino, si acaso, como una cruz. Al fin y al cabo, cada uno porta su cruz y nadie la puede llevar por él. La única condena sería a mi juicio una autocondena: obligarnos, por el mero hecho de vivir en una época, a ser un producto de dicha época. "Vive con tu siglo, pero no seas obra suya", dice Schiller en Kallias.

P: ¿Comprender a los extrañados ayuda a compadecer a los extrañados?

R: Mira, Jesús, no se puede compadecer a nadie sin conocerlo. Hoy está de moda sentir mucha "empatía" por gente que vive a cincuenta mil kilómetros de distancia. Esto, que ya resulta sospechoso de entrada, se convierte en un auténtico escándalo cuando no tenemos una sola palabra de afecto para nuestros padres, el vecino o la compañera de oficina. Yo trato de ser cordial con la gente que me rodea y, al mismo tiempo, no tengo problema en mentar a la madre del político de turno. ¿Qué más puedo hacer? Curiosamente, los personajes de mi libro son un poco así, intempestivos pero afables.

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Jorge Freire entrevistado para Libertad Digital. | D.A.

P: El extrañado incomprendido o marginado, ¿se convierte en un extrañado resentido? ¿Bergamín es, ante todo, un extrañado resentido?

R: Has citado un pecado mortal, un vicio muy nocivo y muy extendido que constituye una ponzoña para el alma. Uno puede ser un extrañado, puede ser incluso un marginado y descender a la condición de paria en la pirámide social, pero lo verdaderamente grave es caer en el pozo del resentimiento. Mucha gente confunde la envidia con el resentimiento. La envidia no es grave si uno ve que el vecino tiene un cochazo y se desloma para tener otro igual. Entiéndeme: a mí me parece una idiotez gastarse los cuartos en un coche de alta gama, pero doy por buena la envidia si no hace daño a nadie. Cosa bien distinta es el resentimiento, que nace del odio a uno mismo. Cuando te sientes inútil y vacío, ¿qué vas a proyectar en los demás? El desgraciado no ve más que desgraciados a su alrededor. Comprendo el cabreo de quien gana cuatro perras, comparte habitación a los cuarenta y toma pastillas para dormir. ¿Cómo no va a querer ver el mundo en llamas? Odiar el mundo es tolerable; odiarse a uno mismo, no. No tengo a Bergamín ni a ninguno de estos personajes por resentidos. No querían ir de víctimas ni ser sus propios victimarios. Simplemente, se conformaban con seguir comprometidos con lo que consideraban digno y justo. La caballerosidad no es vestirse de esmoquin, ni llevar relojes caros ni comportarse con el engolamiento de un lord inglés. Es tener alma de caballero.

P: ¿Y qué hacemos con los arácnidos como Werner Plack? ¿Qué hacemos con los Alan Alexander Milne o con los colegas que no le perdonaban a Blasco Ibáñez que se forrara con la literatura?

R: A mucha gente le escuece, le irrita y le saca de sus casillas que al hermano, al vecino o al amigo de toda la vida le vayan bien las cosas. Pero eso no es envidia, es la rabieta que tienen los enrabiados consigo mismos. ¿Sirve de algo liarse a pedradas con el espejo? Ese resentimiento nace de la soberbia. Hay quien se cree poco menos que Cristiano Ronaldo porque un día ganó a las chapas en un torneo organizado por la parroquia. ¡Obras son amores! Yo conozco gente humilde que está más que satisfecha con su trabajo de mecánico o de bedel de instituto y van a lo suyo sin meterse con nadie. ¿Quiere usted que le toquemos las palmas? Pues póngase a bailar, toque el pito, haga algo… Aquí todo el mundo va a tener su momento de gloria, pero hagamos algo por ganárnoslo, qué cojones.

P: Vamos acabando, Jorge. ¿Qué ha aprendido mientras escribía Los extrañados?

R: Cuando escribes un ensayo toca refrescar la memoria, consultar fuentes, meditar la cuestión sobre la que vas a escribir. A lo largo de ese camino relees libros y descubres ideas que habías pasado por alto, llegas a autores que te habían pasado inadvertidos, te sacudes algunos tópicos que te acompañaban y te afianzas en verdades que en otro momento no te atrevías a defender. Es un trabajo ímprobo que no está pagado. Yo, por lo menos, lo hago por vocación. También he aprendido mucho hablando con los lectores. No hay día en que alguien no deslice un comentario sobre el libro o me haga una matización y yo piense: "¡Cuánta razón!". Estoy conociendo a gente con la que me encanta compartir trinchera. A una presentación acudió por sorpresa el nieto de Bergamín, nada más y nada menos. Imagínate mi cara cuando se presentó en el coloquio. Al inicio saltaron chispas, pero luego nos entendimos. Fue un honor conocerlo.

P: La última: hábleme de algún extrañado contemporáneo que le seduzca –o le repela, a su gusto–.

R: El profesor Agustín García Calvo fue el mayor extrañado al que tuve la suerte de conocer. Su vida y obra fue una sucesión de ingenios sui generis, de la fundación de la Columna Antinacionalista de Zamora a la tertulia que él mismo dirigía en el Ateneo de Madrid, una performance que ha dejado un hueco en la noche madrileña que nadie ha sabido llenar. Siempre vi en Agustín una suerte de presocrático, como si un sabio de la Hélade hubiera resucitado y anduviera entre nosotros. No era un adelantado a su tiempo, como suele decirse, sino todo lo contrario: había nacido veinticinco siglos tarde, y por eso era tan original.

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