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'El cielo sobre mis párpados': el libro secreto de Raúl del Pozo

La segunda novela del escritor conquense vio la luz en 1965. Aborda su estancia en París y su regreso a España.

La segunda novela del escritor conquense vio la luz en 1965. Aborda su estancia en París y su regreso a España.
JFU

Raúl del Pozo es inagotable. He descubierto de chiripa un libro suyo perdido, no sé si olvidado o secreto, que se titula El Cielo sobre mis párpados, que publicó en 1965, editado por Imp. Aguirre, en Cuenca, y que salió a la venta con un precio de 50 pesetas. Jamás me habló de él mientras le interrogaba durante la fase de documentación de No le des más whisky a la perrita (La Esfera, 2020), esa especie de biografía que perpetramos Julio Valdeón y quien aquí escribe. Ni Google sabe de su existencia. Sólo se puede encontrar en la Biblioteca Nacional y, hasta hace dos días, en Wallapop.

La biografía que alberga la solapa arranca con un error: "Tiene veintisiete años". Del Pozo nació el 25 de diciembre de 1936, ergo tendría veintiocho. Sigue: "En el año 1960 publicó Hay gorriones en la tumba de Judas, una de las novelas cortas más originales y apasionantes de los últimos años, que no tuvo el eco que cabía esperar". La editorial lo describe como "el más discutido autor conquense": "Se ha movido siempre como un ‘franco tirador’ (sic) literario. No se presenta a los premios. De ahí que su voz no haya trascendido aún a la esfera nacional". Recoge que ha vivido "en Madrid, Palma, Barcelona y París". "En la capital francesa", continúa, "trabajó como corresponsal de radio, a la ‘sombra’ de un famoso hombre de radio español. Aunque por diversas causas se le mantuvo en el anonimato, creó la emisión ‘Radiorama’, considerada como una de las más ambiciosas y nuevas de nuestra radiodifusión. Detenido por la Policía francesa, acusado de provocar un incendio, perdió su ‘oscuro’ puesto en la radio. Recorrió toda Francia como mozo de espadas de toreros españoles. En la actualidad colabora en el Diario de Cuenca y prepara una novela larga sobre su ciudad natal".

Raúl me contó que llegó a París en 1962, después de haber pasado un año en Barcelona, donde fue maestro de charnegos, vivió en la casa del pintor conquense Julián Pacheco, "anarquista y chulo de putas" –a quien dedica El Cielo sobre mis párpados, y quien, con toda seguridad, se esconde tras el personaje de Marcof–, y conoció a Paco Rabal. En la capital francesa, el periodista Alberto Oliveras lo alojó en su piso y lo reclutó para el programa Radiorama, donde trabajó como negro y en negro, haciendo reportajes y entrevistas con un magnetófono Agra. El periodista conquense le prendió fuego sin querer a la residencia parisina del catalán. Cuando le detuvo la policía francesa, creyeron que pertenecía al Frente de Liberación Nacional, el partido independentista argelino que, por entonces, sembró París de bombas. Fue liberado tras pasar un par de días en un calabozo de la comisaría de Montparnasse.

En la novela, Raúl es Leandro y Alberto Oliveras, Jaime Peñalver. El autor se pregunta "cómo es posible que aquel Palacio se quemara en diez minutos" y explica que "se quemó con un camisón" de la mujer de Oliveras/Peñalver: "Lo puse encima del flexo. (…) Quería entrar con la canadiense sin tener que encender la luz para que no lo notara Gigí". "Había cuadros de Picasso –escribe Raúl en El Cielo sobre mis párpados–, de Cocteau, muebles de todas las épocas, cinco magnetófonos y todo el equipo de radio. Se quemó la discoteca más completa que tal vez había en Europa. Pero él no pudo meterme mano. Tenía por qué callar. He escrito los programas últimos que él firmaba y me pagaba cuatro francos".

Hace seis años, Raúl me decía que los programas de Oliveras "eran un espaldarazo de libertad y de esperanza", y que con él le pasó "algo parecido a lo que después me ocurrió con Jesús Quintero: tenían el secreto, el duende de la voz"; sin embargo, en 1965, le odiaba.

"Me voy a España porque es mi patria y por más razones"

La editorial define El Cielo sobre mis párpados como "una novela corta que se ve vivida; guiada por un realismo tierno y brutal; contada en primera persona con un estilo fluido y moderno, se resuelve inesperada y gratamente". Escrita en presente de indicativo, en ella se intuye al escritor mayúsculo en el que no tardó en convertirse Raúl del Pozo: hay metáforas fulgurantes, pero sin excesos; los diálogos son escuetos, directos como balazos, y la trama, como la del Quijote, se sustenta en un viaje.

El protagonista, Leandro, se marcha de París porque la ciudad "empieza a no tener secretos para mí" y regresa a España, "porque es mi patria y por más razones que haya en el mundo para no marcharme, esta es la única y definitiva razón y explicación a mi viaje: estoy fuera de España y quiero volver a España". Peregrina por La Mancha junto a su escudero Danzas en busca de Marcof, un golfo que le birló a la novia Marixa y al que le quiere partir la cara. Entretanto, desfila una legión extranjera conformada por personajes que transitan entre el esperpento y el realismo mágico, como Nano el Vasco, que terminó en la Santé "porque en una bronca echó a un malagueño al Sena", el Barriguita de Uclés, quien para partir el pan tenía "una guillotina en miniatura que según me dijo había comprado en Marsella y se sentaba sobre el garrote vil que compró a un cura de Ronda", o Vargas el domador, al que "el reuma me ha dejado sin piernas, y los tigres de Bengala, sin dedos". El final es interesante. Me pregunto si esa "novela larga sobre su ciudad natal" es la Ciudad levítica que publicó Planeta en 2001, o si, dentro de equis, nos toparemos con otra joya desconocida del periodista total.

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