
Lleva Bob Dylan sesenta y tres años de carrera –y, diría, ochenta y cuatro de vida– tejiendo una concertina infranqueable y brumosa en torno a su intimidad. Su Crónicas Vol. 1 (Global Rhythm Press, 2014), por ejemplo, es una autobiografía impresionista, anarka y centrada, sobre todo, en su formación artística y en la génesis de algunos de sus mejores LPs, o el documental último de Scorsese, Rolling Thunder Revue: A Bob Dylan Story (Netflix, 2019), no pasa de una broma infestada de ficciones/mentiras, salpimentada con fabulosas actuaciones de una de sus mejores giras. A diferencia de Nick Cave, por ejemplo, el bardo de Duluth, lejos de exhibir sus sentimientos –cuando menos, de un modo explícito–, los esconde en un búnker, los retuerce, los destila y, al final, los sirve procesados, camuflados, mercúreos, desbordantes de lírica, misterio y belleza.
Alguna vez ha negado Dylan la percha autobiográfica en las letras de esa desgarradora decena de canciones que integra su decimoquinto disco de estudio, Blood on the Tracks (Columbia, 1975), que este lunes cumple medio siglo, insinuando, incluso, cierta inspiración en unos relatos de Chéjov. La cosa suena a excusa para maquillar un descuido incontrolable y visceral: por la Gran Muralla Dylaniana se abrió un agujero y manó un torrente de sangre. Abundan las trazas de un confieso que he vivido y, sobre todo, de un quien lo probó lo sabe. El cantautor concibe los temas en el verano de 1974, retirado en su granja de Minnesota, y ceba con versos varios cuadernos de bolsillo anillados mientras llora y se cisca en la metástasis que padece su matrimonio con la actriz Sara Lownds, con quien tuvo cuatro hijos. Canta el Nobel de Literatura: "Aún creo que era mi alma gemela, pero perdí el anillo, / ella nació en primavera, pero yo nací mucho después / por culpa de un simple giro del destino", o "Oh, sé dónde puedo encontrarte: / en la habitación de otro, / es un precio que debo pagar", o "Un día estarás en la zanja, con moscas zumbando por tus ojos / y sangre en tu silla de montar", o "La vida es triste, / la vida es una pérdida". Chéjov, dice el cachondo. Seguro.
La gestación de Blood on the Tracks fue una turbulenta montaña rusa. Dylan mostró las canciones en estado embrionario, entre otros, al guitarrista de Highway 61 Revisited, Michael Bloomfield, y a este le sonaron "todas igual": "Todas estaban en el mismo tono, todas eran largas". Reservó una sala de grabación en los estudios A&R de Nueva York del 16 al 19 de septiembre; al final del primer día, se ventiló a casi toda la banda, con la excepción del bajista Tony Brown, el baterista Buddy Cage y el pianista Paul Griffin. Cuenta Richard Hell en un ensayo incluido en el monumental Bob Dylan. Mixing Up the Medicine (Libros Cúpula, 2023) que, "con trece tomas buenas, decidió que estaba terminado. Sin embargo, tras sentarse a escucharlas, decidió que había que volver a grabar algunos temas". Pasada la Navidad, se recluyó en el Estudio 80 de Minneapolis, creó nuevos arreglos con banda para "Tangled Up in Blue", "Idiot Wind", "If You See Her, Say Hello", "You’re a Big Girl Now" y "Lily, Rosemary and the Jack of Hearts", y reescribió algunas canciones, jugando con la primera y la tercera persona del singular, con la idea de despistar: "Nunca sabes si quien habla es la tercera persona o la primera. Pero si lo ves en el conjunto, en el fondo no importa". El ingeniero de grabación, Glenn Berger, declaró que trabajaba "como transportado a otro lugar": "Es lo más cercano que he estado de encontrarme con un genio".
Blood on the Tracks, ya digo, vio la luz el 20 de enero de 1975. Ha vendido, desde entonces, más de dos millones de copias. La crítica y los fans lo aclaman como uno de los mejores discos de Dylan. Nihil obstat: pocos se han enredado en la tristeza con tanto duende y talento.
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