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Londres sigue brillando más que Broadway

Arconada comparte con los lectores de Libertad Digital sus secretos y anécdotas de años de profesión. Empezamos con Andrés el espectador de musicales.

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Charlie y Matilda, musicales infantiles grandiosos

Tengo la buena y cara costumbre (Londres se pone en un pico) de ir una vez al año a la capital británica con un claro objetivo: contemplar en directo los mejores musicales del mundo, digan lo que digan los norteamericanos. Claro que esta es la excusa, lo importante es disfrutar durante cuatro días de una ciudad que tiene la facultad de hacerte olvidar la rutina y sumergirte en una sociedad que poco tiene que ver con un servidor. Yo creo que por eso me resulta tan atractiva.

Acostumbrado a la comodidad de Madrid, Londres me parece una ciudad complicada. Aunque es verdad que cada rincón por muchas veces que lo hayas visto antes te sigue resultando nuevo, inquietante y arrebatador.

Pero volvamos a mi principal objetivo, el teatro musical. Es algo para lo que me preparo con meses de antelación, buscando las obras nuevas (de todos es sabido que muchas de ellas permanecen años en cartel), que tengan buenas críticas, que me atraiga el tema, la música y a veces los intérpretes y la dirección. Todo ello es lo suficientemente importante como para pagar unos 90 euros por función.

Suelo encargar las entradas por Internet, pues se corre el riesgo de no conseguirlas en taquilla o tener que pagar un fuerte suplemento en la reventa por lo que es mejor asegurárselas.

Este año he podido ver una producción impresionante del cuento y dos veces película Charlie y la fábrica de chocolate dirigida por el gran Sam Mendes (que lo mismo sirve para dirigir un James Bond que poner en pie un Shakespeare o un musical como en esta ocasión) donde todo es perfecto.

Charlie es hipnótica, eres incapaz de apartar la mirada del escenario desde donde los actores, decorado y hasta el propio teatro repleto hasta la bandera hacen que esta historia de una fábrica de chocolates atrape al espectador hasta el final. Sobre las tablas podemos ver enanos que bailan claqué, ardillas que seleccionan nueces y artilugios de lo más variopinto para conseguir el mejor chocolate del mundo. Desde tu interior deseas que ese cúmulo de sensaciones permanezca, que no acaben y que como el eslogan del anuncio de las pilas, dure y dure.

Es hora de ir a por la siguiente, Matilda, otro cuento infantil y famosísima película que ahora, gracias a la prestigiosa Royal Shakespeare Company, se ha convertido en musical. Recordemos que esta compañía fue responsable del montaje de otro famoso musical, Los Miserables, además de innumerables montajes del célebre autor que les da nombre.

Matilda es una niña a la que le gusta leer y que vive en un mundo mágico creado en su interior para evadirse de la terrible realidad que le rodea. En este musical hay que destacar el trabajo de todos y cada uno de los niños que integran el reparto, son auténticas bestias teatrales. Las estrictas leyes inglesas respecto al trabajo de menores hacen que la producción esté obligada a tener cuatro repartos infantiles. Lo increíble es que todos están igual de fantásticos.

Sé que tengo que terminar, pero antes no me quiero olvidar del ambiente teatral londinense no musical. Actores de la categoría de Kathleen Turner, Angela Lansbury, Carey Mulligan, Ben Gazzara, y un larguísimo etcétera tienen obras en cartel ¿Quién da más?

Pero todo acaba, sobre todo lo bueno. El próximo año volveré a repetir esa combinación tan perfecta de teatro, scones (dulces ingleses) y los típicos pies de los pubs. Aunque eso tendrá que ser el año que viene, total, está a la vuelta de la esquina.

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