
La empresa sueca Saab ha entrado de lleno en el debate estratégico canadiense con una oferta para suministrar 72 cazas JAS 39 Gripen y seis aviones de alerta temprana GlobalEye. La propuesta llega en un momento delicado, marcado por las crecientes dudas en Ottawa sobre la compra de los F-35 estadounidenses. El paquete combina capacidades de combate y vigilancia para una defensa aérea integrada.
Canadá lleva años comprometido con la adquisición de hasta 88 aviones de combate F-35A, pero el programa acumula críticas por su elevado coste, los retrasos y la dependencia tecnológica de Estados Unidos. A ello se suma el debate político sobre la soberanía operativa y los beneficios industriales reales para el país. En este contexto, la propuesta sueca se presenta como una alternativa completa y europea.
El JAS 39 Gripen es un caza polivalente diseñado para operar en entornos exigentes, con especial énfasis en climas extremos y grandes extensiones, condiciones que encajan con el escenario canadiense. Saab destaca su menor coste de adquisición y operación frente al F-35, así como su flexibilidad para integrar armamento y sistemas de distintos proveedores sin restricciones políticas externas.
La oferta incluye además seis aviones GlobalEye, una plataforma de alerta temprana y control aerotransportado basada en reactores ejecutivos y equipada con sensores avanzados. Estos aparatos permitirían a Canadá mejorar de forma significativa su vigilancia aérea y marítima, especialmente en el Ártico. Saab subraya que el GlobalEye complementa al Gripen en una arquitectura de defensa coherente.
Otro de los ejes de la propuesta sueca es el impacto industrial. Saab asegura que su plan contempla una amplia participación de la industria canadiense, con transferencia de tecnología, mantenimiento local y creación de empleo cualificado. Este punto es clave en un país donde crece la percepción de que el programa F-35 no ha cumplido las expectativas en retornos industriales prometidos.
La irrupción de Saab añade presión política y estratégica a una decisión ya controvertida. Ottawa deberá elegir entre mantener su alineamiento con Washington o explorar una vía alternativa que reduzca dependencias y refuerce su autonomía. La decisión final no solo definirá el futuro de la Fuerza Aérea canadiense, sino también su posición industrial y estratégica en un contexto internacional cada vez más tenso.
