
El mundo de la canasta despide a una de sus figuras más imponentes y, a la vez, más humanas. Uliana Semenova, la gigante letona que dominó el baloncesto europeo con una hegemonía física jamás vista, ha fallecido a los 73 años. Con sus 2,13 metros de altura y un palmarés que parece extraído de una leyenda, Semenova no solo fue el pilar sobre el que la Unión Soviética edificó su imperio deportivo, sino que se convirtió en un símbolo de superación y amabilidad que caló hondo en la España de los años 80.
Nacida el 9 de marzo de 1952 en Medumi, Letonia, la carrera de Semenova es un desfile interminable de metales dorados. Durante 18 años vistiendo la camiseta de la URSS, solo conoció el sabor de la derrota en una ocasión (ante Estados Unidos en 1986). En ese periplo, conquistó dos oros olímpicos (Montreal 76 y Moscú 80), tres Mundiales y diez Europeos consecutivos.
Su dominio de "la zona" (como se conocía entonces a la pintura) era absoluto. Con su club de casi toda la vida, el TTT Riga (entonces Daugawa Riga), levantó 15 ligas soviéticas y 11 Copas de Europa. Estas cifras la llevaron a ser la primera persona no estadounidense —hombre o mujer— en ingresar en el prestigioso Basketball Hall of Fame, abriendo un camino de reconocimiento internacional que culminaría con su inclusión en los Salones de la Fama de la FIBA y de la FEB.
El "terremoto" Semenova en la España ochentera
A pesar de sus éxitos internacionales, en España se la recuerda con un cariño especial por su breve pero impactante paso por nuestra liga. En la temporada 1987-1988, la URSS, en un gesto inédito con uno de sus iconos, permitió que una Semenova de 35 años fichara por el Tintoretto Getafe.
Llegó a una España que apenas empezaba a profesionalizar su baloncesto femenino, y lo hizo bajo condiciones que hoy resultarían inverosímiles: de las 1.100.000 pesetas que el club pagaba mensualmente por ella, la rígida estructura soviética solo le permitía quedarse con 52.000 pesetas. El resto iba directo a las arcas de la federación. A pesar de ser "exprimida" económicamente por su país y de arrastrar un cuerpo torturado por la acromegalia, Uliana transformó a un equipo que luchaba por no descender en un finalista de liga.
"Aquí me sentí una estrella"
Más allá de los puntos y los rebotes, lo que caló en el público español fue su eterna sonrisa y su amabilidad. Semenova era una gigante bondadosa que contrastaba con la frialdad que se le presuponía a los atletas del bloque del Este. En el inolvidable documental de Informe Robinson emitido en 2019, la propia Uliana confesaba entre lágrimas: "Fue en España donde realmente me sentí una estrella del baloncesto".
En Getafe, la gente no solo iba a ver a una mujer de 2,13 metros; iba a ver a una deportista que, pese a tener un pie destrozado y apenas fuerzas para correr en el tercer partido de la final, nunca negaba un saludo o una muestra de afecto.
Un legado eterno
La muerte de Semenova cierra un capítulo dorado y complejo del deporte del siglo XX. Fue un icono instrumentalizado por la política de la Guerra Fría, una deportista que desafió los límites de su propio crecimiento físico y una embajadora que dignificó el baloncesto femenino cuando este más lo necesitaba.
Hoy, el baloncesto llora a la jugadora que hizo de la altura una virtud y de la sonrisa su mejor defensa. Uliana Semenova se marcha dejando una huella tan grande como su figura, recordándonos que, a veces, los gigantes más imponentes son los que tienen el corazón más tierno.

