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Ganan como chorizos, pierden como bellacos

Viendo jugar a la selección argentina cabe preguntarse si en las academias de allá les enseñan que el mejor adversario es el adversario muerto.

Viendo jugar a la selección argentina cabe preguntarse si en las academias de allá les enseñan que el mejor adversario es el adversario muerto.
19/07/2026.- Leandro Paredes agrede a Gavi en la final del Mundial de la FIFA 2026. | EFE

Hubo dos momentos divertidos de la final entre España y Argentina. En uno, Messi pedía tarjeta roja para Cucurella porque este se llevó la mano a la boca. Tendría hipo el español o bostezaba viendo "jugar" a los argentinos. En otro, Otamendi le explicaba modales a Rodri explicándole lo feo que se había comportado haciendo declaraciones antes del partido, mientras a su lado Paredes trataba de estrangular a Eric García y de robarle el reloj a Gavi.

Messi aprendió a jugar al fútbol en la Masía, pero se saltaba las clases de "valors". Paredes es lo que se llama en Argentina un jugador "canchero", pero no es lo mismo el juego viril que comportarse como un psicópata. Evidentemente, no es lo mismo la actitud de Messi –aunque ridículo tratando de sacar ventaja con una treta infantil, pero dentro de lo éticamente asumible en un campo de juego profesional–, que la violencia con la que se empleó Paredes al final del partido y varios jugadores argentinos durante todo el Mundial. Más o menos, cito de memoria, Albert Camus dijo que todo lo que sabía sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol. Viendo jugar a la selección argentina cabe preguntarse si en las academias de allá les enseñan que el mejor adversario es el adversario muerto. Camus se refería específicamente al club en el que jugó, el Racing Universitaire d'Alger (RUA), donde aprendió que el balón nunca viene hacia por donde se espera que venga. También la felicidad de las victorias maravillosas fruto del cansancio y el esfuerzo, pero también esas estúpidas ganas de llorar cuando se pierde.

Ser "canchero" debería implicar coraje y el manejo de tretas, digamos ser como Ulises en Troya con el robo de la estatua de Atenea y el célebre caballo, pero sin llegar a tratar de lesionar y humillar al rival, digamos como Aquiles en la misma Troya cuando arrastró a Héctor como si fuese un perro. No todos los jugadores ni los aficionados argentinos son así –el entrenador Scaloni es una persona decente, lo que no es impedimento para que de jugador fuese contundente–, pero hay una minoría ridícula que se ha empeñado en ser una parodia del argentino maleducado, vocinglero, chulo y prepotente que ametralla con insultos hiperbólicos producto de una mente borderline al borde de la oligofrenia. El que gana como un chorizo y pierde como un bellaco.

Pero ha habido españoles que se han comportado incluso peor que Enzo Fernández, que casi manda a Cubarsí a la UVI, y que Paredes emulando a los chorizos de las Ramblas de Barcelona. Han sido los nacionalistas de todos los partidos que, fieles a su deslealtad institucional, su odio a la nación española y su talante anticonstitucional, no han tenido ni la elegancia ni la decencia de desearle a la selección donde jugaban tantos vascos y tantos catalanes, y con la que se identificaba la mayor parte de los ciudadanos de sus territorios, una palabra de apoyo o simpatía ya que no de identificación emocional. Del presidente del País Vasco al alcalde de Bilbao, de Puigdemont a Miriam Nogueras y demás ocho apellidos vascos y catalanes, todos antiespañoles, de Aitor Esteban a Rull y Turull, han sentido como una derrota la victoria de España.

Lamentablemente, lo que pierden en los terrenos de juego lo ganan en los despachos jurídicos gracias a que Pedro Sánchez juega a la política de una manera desvergonzadamente canchera, ejerciendo una violencia institucional contra todos aquellos que se atreven a cuestionar su ilegítimo moralmente mantenimiento en el poder, enfangado en la corrupción, el nepotismo y las alianzas con todos aquellos que no es que no celebren los triunfos de España sino que quieren destruir a España. Para Salvador Illa, su servil escudero en la tarea de destruir el Estado y la nación española, los "malos españoles" no son los que deseaban que ganara Argentina la final, sino los que tratan de vertebrarla para que no haya españoles de primera y de segunda. Lo de ganar como chorizos y perder como bellacos no solo se aplica a esa minoría de argentinos que ensucian la imagen de su país, sino a la inmensa mayoría de nacionalistas que apoyan el golpismo y la deslealtad junto a socialistas que apoyan la corrupción y la traición.

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