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Libreros que no aman los libros

Quién nos iba a decir que El Corte Inglés sería un refugio de la cultura libre contra comisarios políticos que convierten sus librerías en chekas.

Quién nos iba a decir que El Corte Inglés sería un refugio de la cultura libre contra comisarios políticos que convierten sus librerías en chekas.
Portada del libro 'Todos los hombres de Sánchez' de Ketty Garat. | Editorial Deusto

¿Sueñan los libreros con máquinas electrónicas trituradoras de libros? Algunos, sí. Si Ray Bradbury en Fahrenheit 451 nos brindó la paradoja de unos bomberos que en lugar de apagar fuegos hacían hogueras con libros políticamente incorrectos, la izquierda posmoderna en España nos descubre una paradoja todavía más sorprendente y tétrica: libreros que censuran libros porque no son de su cuerda ideológica. Parafraseando a Bradbury, no hace falta quemar libros si el mundo se llena de librerías regidas por impostores que esconden los libros incómodos para el poder establecido.

A raíz de un artículo de Francesc de Carreras en The Objective me entero de que hay librerías en Madrid que están censurando el libro de Ketty Garat –ahora en ABC, antes en The Objective y Libertad Digital– que investiga y expone la corrupción del régimen socialista de Pedro Sánchez. Carreras comenta que pasa en Madrid ahora con libreros de izquierdas lo que sucedía en Barcelona con libreros nacionalistas que censuraban las obras de Federico Jiménez Losantos. Y si pasa en Madrid, pasa en el resto de España.

De hecho, en los comentarios en Facebook y X, varios son los lectores que denuncian comportamientos semejantes en librerías de todo el territorio nacional. Ejemplo:

Pasé por una librería-cafetería muy coqueta. Pregunté por tu libro (el de Garat) porque quería regalárselo a mi hermano. El librero, un señor de unos 70 años, me dijo que jamás vendería "esa basura". Flipé.

Quién nos iba a decir que El Corte Inglés sería un refugio de la cultura libre contra comisarios políticos y activistas inquisitoriales que convierten sus librerías en chekas de adoctrinamiento. Por cierto, en la primera librería que visitó de Carreras, la del Círculo de Bellas Artes, estuvo instalada una cheka durante la Guerra Civil. Quizás los libreros de hoy han sido poseídos por el espíritu de los torturadores progresistas de entonces.

En las estanterías de mi casa tengo los libros de Faulkner con los de Nabokov, los de Borges al lado de Lorca y la biografía de Marx junto a la de Adam Smith. En una librería de amplio espectro y talante liberal deberían poder alternar Manual de resistencia de Pedro Sánchez con Mi lucha de Hitler, El Estado y la revolución de Lenin con Libertad de elegir de Milton Friedman, Todos los hombres de Sánchez de Ketty Garat junto a las obras completas de Sarah Santaolalla. Por supuesto, hay librerías con sesgos ideológicos, ya sean católicos, anarquistas o feministas, y, en cualquier caso, es tal la oferta que necesariamente el librero, sea generalista o especializado, debe realizar una selección atendiendo a su leal saber y entender sobre cómo llevar su negocio. Y una vez establecido su criterio, que funcione el mercado. Pero de lo que aquí estamos hablando no es de legítimos criterios empresariales y culturales, sino de censura ideológica y destrucción simbólica.

El fenómeno del activismo censor no se queda en las librerías. Se extiende como una mancha de aceite a los centros educativos públicos, no solo de España y de primaria a universidad, donde cada vez son más los profesores perseguidos y acosados por no plegarse a los criterios ideológicos de los nuevos comisarios políticos que ocupan cargos burocráticos. Un docente que se atreva a cuestionar el adoctrinamiento de género, ponga en duda el relato oficial sobre la ley de memoria histórica, la selección de alumnos por raza o sexo en lugar de mérito, se niegue a hablar en la lengua de palo del inclusivinés, defienda la neutralidad institucional de los centros públicos, intente explicar las virtudes de la economía de mercado o cómo se extiende la sharía por Occidente a lomos de mezquitas financiadas por petrodólares se enfrenta a acoso laboral, expedientes ideológicos y etiquetas de "facha".

Hoy en día es muy probable que alguien con mi perfil en redes sociales no consiguiera una plaza en una oposición en cuanto que algunos miembros del tribunal tuvieran la mentalidad de esos libreros que tachan de "basura" lo que no se corresponde con su credo. ¿Qué país, qué civilización estamos construyendo? ¿Uno donde la discrepancia es delito y el pensamiento crítico se extingue en el mostrador de una librería?

La izquierda se llena la boca con palabras que en sus labios como espadas significan justo lo contrario: progresismo, libertad, verdad, tolerancia… Como en 1984 de Orwell, donde a la guerra llamaban "paz" y a la manipulación histórica, "memoria democrática". Ha descubierto esta izquierda posmoderna que no es necesario quemar libros si se puede conseguir que nunca lleguen a las estanterías. Esa es su estrategia, y nosotros, los lectores liberales, debemos denunciarla venga del Santo Oficio o de la Internacional Socialista. Del mismo modo que los comisarios políticos disfrazados de libreros tienen la libertad de tachar de basura los libros que denuncian a los suyos, los lectores tenemos la libertad de no comprarles ni un lápiz. La cultura libre se defiende comprando sin censura, leyendo sin miedo y, sobre todo, no callando por acoso. Porque si hay libreros que no aman los libros, nosotros, los lectores libres, estamos obligados a amarlos el doble, sobre todo a aquellos que son vetados, prohibidos, tapados, insultados. Como decía Huxley, "no quiero la comodidad (...) quiero el verdadero riesgo, quiero la libertad. Quiero el pecado". Pequemos, amigos, leamos a Ketty Garat porque, como en el poema de Luis Alberto de Cuenca, es tan buena que nos cuenta cosas incorrectas desde el punto de vista político.

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