
Durante muchos años viví en Córdoba a pocos metros de las estatuas de Averroes, Séneca y Maimónides. La que han vandalizado recientemente con una esvástica ha sido la del judío que tuvo que huir de la ciudad cuando llegaron los fundamentalistas islámicos almohades y obligaron a todo el mundo a hacerse musulmán, exiliarse o morir. Al-Ándalus nunca fue un sitio de armoniosa convivencia entre las tres religiones abrahámicas, sino un lugar de conflicto entre lo moderado –musulmanes que "solo" imponían sumisión a cristianos y judíos– y lo radical –los fundamentalistas que imponían el islam a sangre y fuego–. Maimónides encontró refugio en Egipto con los musulmanes moderados de Saladino, convirtiéndose en un gran médico y todavía mejor filósofo. ¿Qué lo convirtió en gran filósofo? La fusión de su fe y el aristotelismo, como también trataron de hacer Averroes entre los musulmanes y Tomás de Aquino entre los cristianos. De todos ellos, quien tuvo más éxito fue el cristiano, y el que menos, el musulmán.
¿Qué significa hoy esta esvástica ensuciando al gran sabio hebreo? El antisemitismo europeo fue una característica más bien de la derecha, pero ahora es hegemónico en la izquierda, que suele tildar a los judíos, israelíes y sionistas de "nazis" mientras apoya a los islamistas, de Irán a Hamás, que amenazan con un nuevo genocidio judío "del río hasta el mar".
De aquellos polvos, estos lodos.
Quien pinta una esvástica sobre Maimónides ochocientos años después de su muerte no comete una travesura vandálica cualquiera. Entre las tres estatuas que se visitan caminando en cinco minutos por la Córdoba vieja, es el judío, no Séneca ni Averroes, el que ha sufrido el ataque. La elección es el mensaje. Y conviene recordar, frente a los que siguen propagando el mito de al-Ándalus como tierra de convivencia y "transcultura", que ni siquiera Averroes salió indemne del fanatismo de los suyos, dado que el mismo califato almohade que hoy se invoca como prueba de la convivencia andalusí terminó desterrándolo y quemando sus libros cuando sus comentarios a Aristóteles pretendían sustituir el dogma del Dios islámico por la racionalidad del Logos griego. Maimónides tuvo algo más de suerte: acabó instalado en el entorno de un islam más pragmático –el de un sultán que necesitaba buenos médicos más que eficientes inquisidores–, que le permitió escribir la Guía de perplejos y convertirse en la cumbre del pensamiento judío medieval.
La lección que debemos extraer hoy es que hay que diferenciar entre los judíos y musulmanes ilustrados en la estela de Maimónides y Averroes —más Tomás de Aquino para el cristianismo— de los fundamentalistas que, cuando mandan, no distinguen entre filósofos musulmanes, filósofos judíos, filósofos cristianos, no digamos filósofos ateos: a todos los quieren convertidos, exiliados o muertos.
Ochocientos años después, el guion se repite con otro reparto. Según el último informe de la Agencia de Derechos Fundamentales de la Unión Europea, España figura junto a Francia, Alemania y Reino Unido entre los países donde más ha crecido el antisemitismo desde octubre de 2023, con un repunte de incidentes que en algunos países europeos ronda el 400%. En nuestros campus se replicaron el año pasado las acampadas propalestinas vistas en Columbia en Nueva York o Sciences Po en París, con episodios de acoso a estudiantes judíos, que no habían hecho otra cosa que existir, o críticos con el islam como en un reciente debate en Oxford, donde los oradores musulmanes llegaron a amenazar de muerte a sus adversarios. Al menos en Oxford, "musulmán moderado" se ha convertido en un oxímoron. En España, dirigentes de Podemos y de la CUP han coreado sin sonrojo "desde el río hasta el mar", un eslogan que es una incitación a borrar del mapa al único Estado judío del planeta y que se creó precisamente tras el intento de genocidio por parte de los nazis. Y es que la esvástica pintada sobre Maimónides no solo constituye una amenaza de exterminio sino un negacionismo humillante de la auténtica Shoah perpetrada de Auschwitz a Sobibor.
Distingamos: no toda crítica a la política del Gobierno de Israel es antisemita, faltaría más, y sobran motivos legítimos para criticar su conducta en Gaza. Sin ir más lejos, yo mismo he criticado en estas páginas ciertas políticas de Netanyahu. Pero cuando el lema estrella no es "alto el fuego" sino la desaparición de Israel; cuando se compara a los herederos de los supervivientes del Holocausto con sus verdugos; y cuando aparecen esvásticas sobre filósofos judíos muertos hace ocho siglos, la distinción entre antisionismo y antisemitismo se disuelve sola.
La izquierda que hoy desfila coreando a los que pretenden el aniquilamiento territorial de Israel mientras se declara antifascista debería visitar alguna vez la plaza de Tiberíades en Córdoba donde se sitúa el busto vandalizado de Maimónides. O, mejor aún, la ciudad de Tiberíades donde descansa el filósofo judío, protegido de pintadas salvajes y humillantes porque está en suelo israelí. En la ciudad española sigue la estatua de Maimónides, sentado con su libro en el regazo, esperando a que algún fanático decida que su sola figura es una provocación insoportable, como también les resultan insoportables novelistas como Salman Rushdie y Naguib Mahfuz --(este último sí un musulmán moderado, ilustrado y civilizad—. Como indiqué, de aquellos polvos almohades, estos lodos yihadistas: el objetivo cambia de nombre –ayer "infiel", hoy "sionista"– pero el instinto de borrar al judío del espacio público, físico o metafórico, resulta inquietantemente persistente.
