
A Dieter Wiedemann (Flöha, Alemania, 17 de junio de 1941) el amor por las bicicletas le vino de serie. Su padre era un apasionado del ciclismo, integrante de diferentes quipos como mecánico. Así que él, desde pequeño, comenzó a rodearse de aquel ambiente. Y desde pequeño demostró que estaba más que capacitado para triunfar en él.
Pero eran tiempos complicados. La posguerra y la división de Alemania alcanzaron de lleno al joven Dieter, que tuvo que dividirse entre su pasión por el ciclismo y su trabajo como tornero.
Hasta que en 1960 la Federación Ciclista de la RDA le ofreció dedicarse exclusivamente al ciclismo, bajo el sostén del Estado, con unos ingresos mayores a los que le ofrecía su trabajo. Aquello para Dieter, que pasó a integrar el centro de entrenamiento de Karl-Marx-Stadt (ahora Chemnitz), fue sin duda una gran noticia. No sabía que estaba condenando su futuro...
Los resultados llegaron pronto. En su primer año como amateur se llevaría el oro en la prueba de 100km contrarreloj por equipos del Campeonato Nacional de Alemania. Y al año siguiente terminaría segundo en la general del Tour de la República Democrática de Alemania.
La grandeza de ‘La paz’
Pero sería en 1964, en la Carrera de la Paz, donde terminaría por consolidarse.
Una Carrera de la Paz que era por aquel entonces la prueba más importante a la que cualquier ciclista del bloque comunista podía aspirar. Cargada de simbolismo y propaganda comunista, se disputaba especialmente por las carreteras de Polonia, Checoslovaquia y Alemania Oriental. Era una especia de Tour de Francia comunista y amateur. En ocasiones, sobre todo en esa década de los 60, superaba a su 'rival' en presencia de aficionados. También la prensa hacía mucho para que así fuera, vendiendo al máximo las bonanzas de aquella prueba frente a la ‘perversidad’ de las carreras profesionales occidentales.
Dieter Wiedemann no pudo elegir, por tanto, un lugar mejor en el que lanzarse al estrellato. Terminaría tercero en aquella Carrera de la Paz del 64, lo que le colocó entre los mejores ciclistas de la RDA y de Europa.
Pero aquel incremento exponencial de su popularidad le supuso también los primeros problemas. La RDA tenía claro que aquel nuevo talento debía alistarse al Partido Comunista, como todo alemán de pro. Pero él siempre se negó. En aquellos momentos tampoco puede decirse que estuviera en contra. Simplemente no quería saber nada de política. Para Dieter, lo único que importaba era el ciclismo.
"La presión para que me uniera al partido era cada vez mayor. Pero yo no quería. Y mi padre tampoco. Así que, en ese aspecto, mi familia era diferente. No me interesaba nada la política, ni tampoco quería que mi vida acabara politizada", reconocería en el libro publicado por Herbie Sykes, y de quien hemos tomado el título para el capítulo.
El ciclismo, y Sylvia, la joven alemana occidental de la que se había enamorado en Flöha, su ciudad natal, y a la que apenas podía ver dada la situación entre las dos Alemanias.
Ambos jóvenes comenzaron una correspondencia en la que, con mucha cautela, soñaban con un futuro juntos. Y su futuro juntos tan solo podía pasar por una opción: cruzar el Muro que se había construido en 1961 y que separaba ambas naciones.
Una decisión, sin duda, muy complicada y peligrosa. Pero a la que contribuirían enormemente las presiones del gobierno comunista al ciclista ya no solo en su vida social, sino también en la competitiva. De cada vez le permitían participar en menos pruebas. De cada vez tenía más complicado brillar sobre la carretera con las trabas continuas que le ponían sus propios directivos. Su futuro como ciclista también se estaba disipando.
"Lo único que yo quería era montar en bicicleta y sentir que tenía las mismas oportunidad que el resto. Pero me di cuenta que no las tenía, y que no las tendría jamás".
Una fuga por amor
Todo estaba perfectamente planeado. Perfectamente, y silenciosamente. Cualquier detalle podría haber dado al traste con la huida.
Se produjo durante la concentración que el equipo alemán estaba realizando en Giessen, una ciudad de la República Federal Alemana, y donde se disputaría la clasificación para los Juegos Olímpicos de Tokio.
Wiedemann aprovechó una pausa entre entrenamientos para escapar. Se dirigió hacia la estación de tren, donde se había citado con Sylvia y su familia, y después de varios movimientos para despistar a los agentes de la Stasi –relata que en aquellos momentos no sabía si le seguían, pero que era muy probable que así fuera–, subió a un coche y se marcharon. De ese modo comenzaría una nueva vida junto a su amada.
Una decisión que tuvo importantes consecuencias para su familia, que pagó el tremendo enfado de la Stasi. Incapaz de hacer nada con Dieter, su padre y su hermano fueron los principales damnificados. Su padre perdería el trabajo como mecánico del Karl Marx Stadt, mientras que Eberhard, un joven ciclista con también un brillante futuro, sería expulsado del mismo equipo, viendo cómo sería incapaz desde entonces de dedicarse al ciclismo.
"Me preguntaron si sabía algo de los planes de huida de Dieter. Yo no tenía la más mínima idea. Aun así, el presidente del club me suspendió en ese mismo momento. Me dijo que habría una investigación y que, mientras esta se llevaba a cabo y alcanzaban una conclusión, yo no podría seguir entrenando", relata.
Mientras Dieter y Sylvia se casan, la familia Wiedemann sufre terriblemente. También verán cómo les expropian los premios que el ciclista había ganado con sus resultados. Una nevera, un televisor, un coche… Artículos muy preciados en aquella Alemania.
Y la relación entre el ciclista y su familia se va deteriorando, motivado por las malas condiciones en que pasaron a vivir aquellos que se habían quedado en el Este, y a la imposibilidad de verse.
El Tour de los sueños
Pero a Dieter las cosas en Occidente le van bien. En 1967 fichará por el Torpedo y pasará a ser, ahora sí, ciclista profesional.
"Mi recompensa por lo que hice fueron Sylvia y convertirme en ciclista profesional. Estaba corriendo junto a gente con la que había soñado cuando crecía. Me encontré con Jacques Anquetil, y me di cuenta de lo mucho que me gustaba aquel mundo".
Y ese mismo año le llegó a Dieter la oportunidad que siempre había soñado: disputar el Tour de Francia. En una edición que será eternamente recordada por la trágica muerte de Tom Simpson en el ascenso al Mont Ventoux, Wiedemann terminaría la prueba en la posición 52. El tercer alemán. Nada mal para tratarse de un gregario en su primer Tour.
Al concluir aquella Grande Boucle el Torpedo, con múltiples problemas económicos, se deshizo. A pesar de que tuvo varias ofertas para continuar compitiendo, Dieter Wiedemann decidió que había llegado la hora de renunciar. "Creo que me podría haber convertido en un buen aspirante a puestos en la general del Tour. Con unos años podría haber llegado a estar entre los 10 o 15 primeros".
Tenía sólo 26 años, pero su gran misión estaba en casa: disfrutar de su mujer y de sus hijos, después de que ver cómo había estado a punto de no poder gozar de una vida con ellos.
La vida imposible
Tras la firma del primer tratado entre la RDA y la RFA, Wiedemann podría volver a casa a ver a su familia… aunque entonces se dará cuenta de cómo sigue siendo espiado, de cómo le engañan, a él y a su familia. Y sus visitas a su Flöha natal dejarán de producirse.
Como reconoce en el mencionado libro de Herbie Sykes, preguntado si alguna vez pudo superar todo aquello, "uno sigue adelante con su vida, cría a sus hijos, y vive lo mejor que puede. Intenta ser un buen hombre y un buen padre, pero no creo que jamás pueda librarse de todo aquello. Está claro que todo lo que ocurrió tuvo un efecto muy profundo tanto en mí como en mi familia, y no creo que sea capaz de explicarlo".
Una manera digna de continuar y de terminar su vida. Eso es todo. Una vida imposible en la que lo único que anheló fue ser feliz con la mujer que amaba, y disfrutar con el ciclismo. Pero eso era imposible en la Alemania que le tocó vivir.

