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Los riesgos de invertir en oro

El oro es buen refugio de valor y un excelente dinero, pero no es la mejor inversión. No hay más que mirar atrás para percatarse de la sorprendente volatilidad del metal amarillo.

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Tal vez no sea una buena idea cegarse por el brillo del oro y por su escalada de precios en los últimos ocho años. El oro es quizá el mejor dinero posible y un inigualable depósito de valor. A diferencia de otras materias primas, el oro es imperecedero, infalsificable, homogéneo, divisible y relativamente fácil de transportar y almacenar. Todas esas ventajas, sin embargo, no lo convierten en la mejor inversión.

El precio del oro en los mercados internacionales está estrechamente relacionado con la fortaleza de las principales divisas, especialmente el dólar americano. Si la moneda está sana el oro baja, si enferma el oro sube. Esta es la razón por la que ahora nos encontramos en máximos históricos. Hace sólo unos días la onza de oro cotizó a más de 1.200 dólares para luego volver a caer ligeramente.

Si la debilidad del dólar persiste, el oro seguirá su carrera ascendente. Si, por el contrario, el dólar se revalúa porque la Reserva Federal vuelve a tomárselo en serio, el oro se depreciará. En el corto plazo, con Obama en la Casa Blanca y Bernanke en la Fed, lo más probable es que el dólar siga maleándose hasta el mismo borde del colapso. Y, como consecuencia inevitable, la gráfica de cotización del oro mantendrá el alza.

Lo que reafirma esta relación antagónica dólar-oro no es que el metal precioso sea la mejor inversión del mundo, sino la condición monetaria del oro y su naturaleza de activo de reserva. Cuando los Gobiernos malean la moneda, los inversores se refugian en lo que seguirá valiendo después de la tormenta. Esto viene siendo así desde que el hombre es hombre.

En tiempos antiguos se enterraban las reservas de oro durante las guerras y los periodos de inestabilidad. Así sucedió tras la interrupción del comercio mediterráneo en el siglo VIII. Los que tenían oro lo escondieron sacando de la circulación –y del mercado– lo único que mantendría el valor después de las sucesivas invasiones que asolaron Europa. Porque el oro, llegado un punto, deja de venderse. Evidentemente nos encontramos lejos aún del atesoramiento y, dada la complejidad de la economía globalizada y la variedad de activos de reserva, es prácticamente imposible que se produzca. A lo largo de la Historia el oro ha sido el activo más volátil. Ha registrado brutales apreciaciones seguidas por no menos brutales depreciaciones.

Una inversión poco o nada rentable

Volviendo al siglo XX, el oro ha hecho ganar mucho dinero a los que han invertido en él, pero, y esto es lo importante, también ha hecho perderlo. En los últimos 30 años casi se ha ganado tanto como se ha perdido. Por ejemplo, y como muestra de su volatilidad, quien invirtiese en oro en 1986 y vendiese en 1987 perdió de golpe un 21% de su inversión. Las pérdidas hubieran sido mayores si, en lugar de haber comprado en 1986, lo hubiese hecho en 1980 cuando, en enero de ese año, la onza se puso a 873 dólares como consecuencia de la inflación desatada en los años de Jimmy Carter. Aquel fue el máximo histórico si ajustamos la inflación de los últimos 30 años. 

Algo parecido sucedió en la década de los noventa. El que compró oro en diciembre de 1990 a unos 370 dólares la onza vio como diez años más tarde, en diciembre de 2000, su inversión se había despeñado un 30%, ya que a mediados de mes la onza cotizaba a unos 265 dólares; con todo, diez más que en julio de aquel año, en el que el metal amarillo tocó fondo a 255 dólares la onza.

Una inversión ruinosa de la que sólo se han librado los apalancados en este activo desde hace  dos décadas. Muy pocos, obviamente. A esa depreciación habría que sumarle los inconvenientes propios del oro como el hecho de que no reparte dividendos o, si se posee físicamente (alingotado o en joyería) el coste añadido de mantenerlo a salvo de los ladrones.

La rentabilidad se encuentra en la Bolsa

Por el contrario, el mercado de acciones no ha hecho más que crecer y ofrece un panorama mucho más estable históricamente hablando. El Dow Jones ha crecido de manera sostenida durante todo el siglo XX. A pesar de las dos guerras mundiales, del crack del 29, de la Guerra del Vietnam, de la Crisis del Petróleo, del estallido de la burbuja .com y de la crisis financiera actual, Wall Street siempre crece y remunera en el corto y en el largo plazo a quienes invierten en su parqué.

Hoy el índice de referencia de Nueva York, el Dow Jones Industrial, se encuentra 8.000 puntos por encima que hace 20 años, y eso tras el espectacular desplome del año pasado. Y la de Nueva York no es la única, el DAX, índice de referencia de Fráncfort, ha ido de los 1.500 puntos de hace 20 años a los 5.800 actuales, contando las dos grandes caídas del parqué alemán, el 2º del mundo en capitalización, durante esta década, la del 2002 y la de 2009.

La Bolsa ha sido en las últimas décadas la mejor inversión, ofreciendo a sus inversores de rentabilidades de hasta el 30% en ciertos momentos, valores y plazas. Los números rompen el mito de que el oro es seguro y la Bolsa una lotería donde casi siempre se pierde. Ni tanto uno, ni tan poco la otra. Quien quiera construirse un patrimonio en el largo plazo haría bien en volver sus ojos hacia un valor, el del mercado bursátil, que, al menos históricamente, sube mucho, baja poco y reparte dividendos cuando toca. 

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