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Antoni Asunción: "Si no dimitía hubiese parecido cómplice de Roldán"

El exministro del Interior recuerda su renuncia tras fugarse el ex director de la Guardia Civil, uno de los escándalos que acabó con Felipe González.

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El exministro del Interior recuerda su renuncia tras fugarse el ex director de la Guardia Civil, uno de los escándalos que acabó con Felipe González.
Antoni Asunción. | D.A.

No hubo puente de mayo en 1994. La tradicional fiesta del trabajo caía en domingo y por eso el 30 de abril, fecha en la que habitualmente los españoles preparan las maletas, se presentaba como un anodino sábado más. Una apatía que no se trasladaba a la situación política y social del país, en total convulsión. La cifra de parados era ya muy alarmante y la ciudadanía, que un año antes le había concedido a Felipe González la última oportunidad de cambiar el rumbo, no podía disimular su hartazgo. Hartazgo por una crisis que golpeaba duramente a los hogares, pero también por el comportamiento de la clase dirigente. Los escándalos se sucedían: Juan Guerra, Ibercor, Banesto, los GAL... y en medio de todos ellos apareció una figura de las que hacen época: Luis Roldán. El hombre que, bien amarrado a su militancia en el PSOE y presumiendo de varios títulos universitarios que no tenía en su currículum oficial, había protagonizado una fulgurante carrera política hasta saltar al primer plano de la actualidad el 23 de noviembre de 1993. Ese día, el extinto Diario 16 que dirigía José Luis Gutiérrez titulaba a toda plana: "El patrimonio de Roldán se incrementó en 400 millones [de pesetas] desde que es jefe de la Guardia Civil". El 3 de diciembre Roldán era cesado de su cargo y en febrero el PP impulsaba una comisión de investigación ante la que compareció el ya exjefe de la Benemérita negándolo todo. Era el 5 de abril de 1994. Veintidós días después no se presentó en un juzgado y se dispararon todas las alarmas.

Pese a que el Gobierno de Felipe González dijo en un primer momento tener todo controlado el 29 de abril el ministro del Interior, Antoni Asunción, asumía publicamente la fuga de Roldán y veinticuatro horas después, ante el escándalo provocado, decidía dimitir de su cargo. Una renuncia de la que sus más estrechos colaboradores se enteran sentados en la primera fila de una rueda de prensa que se convertiría en histórica. Veinte años después de aquel día Antoni Asunción recuerda en declaraciones a Libertad Digital lo ocurrido, un auténtico hito para quienes piden una regeneración de la vida política y que los dirigentes asuman sus responsabilidades: "No tuve en ningún momento la sensación de que se iba a convertir en algo tan relevante. Fue una cosa muy meditada y personal que sólo comenté con dos amigos. Para los nombramientos dependes de otros, pero marcharse es una cuestión individual. Tuve claro que tenía que irme cuando comprobamos que el fugitivo no estaba donde decía estar y que había urdido toda una trama para escapar. Su mujer me dijo después que era una estrategia de su abogado. Si no llego a dimitir hubiese parecido cómplice de semejante sujeto. Unos minutos antes de la comparecencia llamé al presidente del Gobierno, le dije: 'presidente, voy a tomar esta decisión y creo que es lo mejor para todos' no le di opción a que pudiese decirme nada. Estuvo muy afectuoso y me dijo: 'encuéntralo, creo que puedes hacerlo'. Justo después recibí la llamada del vicepresidente Narcís Serra, me preguntó si había convocado una rueda de prensa, le dije que sí, 'a ver qué haces' me dijo, y yo 'nada, nada, hay que informar de lo que pasa'... evadí la cuestión".

La complicidad interna

Asunción cesó después a varios generales de la Guardia Civil "hubo complicidad dentro del cuerpo para la fuga, eso es evidente". Lo que tampoco sabía cuando anunciaba públicamente su renuncia al cargo más alto de su carrera política (nunca ha vuelto a desempeñar una responsabilidad pública) con 43 años y mucho futuro por delante, es que Luis Roldán estaba en París y que el día anterior, en el Hotel Marignan, se sometió durante cinco horas a las preguntas de una de las parejas periodísticas del momento, Antonio Rubio y Manuel Cerdán. La conversación se convirtió en una de las grandes exclusivas de El Mundo, que alcanzó una tirada récord de 700.000 ejemplares, obligando a la empresa editora a lanzar varias ediciones extra. El titular de portada, a cinco columnas y entrecomillado decía: "No me van a engañar como a Amedo; si voy a la cárcel, no iré yo solo". Dos décadas después, Asunción recuerda el disgusto que le provocó la publicación de la entrevista. "Ese periódico actúa así, no me sorprendió. Las sombras que Roldán arrojaba sobre mí se reflejaban en la entrevista. No me gustó, evidentemente. Debo decir que El Mundo procede de esa manera siempre, cuando tiene una noticia la da, como hemos visto en los últimos tiempos".

No fue el frente mediático el único que le causó sinsabores: "La oposición, el PP, cobró pieza, desde luego. Fueron muy severos, tenían capacidad de golpear muy duro. Llegaron a decir que habíamos asesinado a Roldán y que le habíamos atado una piedra al cuello y arrojado al mar, eso se dijo en las Cortes"

Los papeles de Laos

El relevo en Interior se produjo y Juan Alberto Belloch, hasta entonces titular de Justicia, asumió la cartera en un superministerio, escudado por Margarita Robles en Interior y por María Teresa Fernández de la Vega en Justicia. Finalmente Roldán apareció, casi un año después, en febrero de 1995. Pero su captura produjo al Gobierno casi tantos quebraderos de cabeza como su huida, de nuevo con el diario dirigido por Pedro J. Ramírez por medio. Tras anunciar que el exdirector de la Guardia Civil había sido localizado en Laos, El Mundo demostró al día siguiente con la publicación de varios documentos que el fugitivo nunca había estado en ese país asiático.

La noticia obligó a Belloch a convocar de nuevo a los medios en menos de veinticuatro horas con un indisimulable enfado con el diario. Todo fue fruto, asegura Asunción, de un pacto entre el Gobierno y Roldán: "Aquel embrollo de Laos acabó como tenía que acabar. El objetivo era encontrarle, obviamente, pero no me gustó que pactasen, hubiera preferido la detención directa del fugitivo". Justo aquí es donde aparece en el relato Francisco Paesa, el célebre agente de los Servicios Secretos españoles que ha llegado a fingir su muerte varias veces, la última con esquela en El País incluida. "Paesa lo falsificó todo y así consiguieron que no se le imputara la malversación de fondos, un delito que no existía en Laos. Fue un montaje que no me gustó nada. Yo no lo hubiera hecho así, y de hecho planteé alternativas".

El principio del fin de una carrera

Veinte años después Asunción recuerda con amargura todo lo vivido después en el PSOE, con el que llegó a encabezar la candidatura a las autonómicas de Valencia en 1999. "Eso fue porque nadie se quería presentar para perder contra Eduardo Zaplana, incluso estaban los carteles hechos y no salía mi cara. Lo cierto es que tras la dimisión me trataron como un proscrito. Yo entendí mi dimisión como un acto de dignidad política y de responsabilidad, pero también como una manera de descomprimir la brutal presión que existía sobre el Gobierno, de demostrar que no era cómplice de los corruptos, pero en Ferraz no lo entendieron así. Siempre me lo han reprochado". Años después, en 2011, Asunción terminaría siendo expulsado del PSOE tras serle anulados los avales con los que pretendía concurrir a las primarias en Valencia. "Les demandé por vulneración de derechos fundamentales y lo tengo admitido en el Tribunal Supremo. No se me permitió comprobar ni recontar los avales que tenía, los destruyeron. !Nunca tuve el censo! ¿Alguien se imagina un proceso electoral en el que a los partidos concurrentes no se les facilita el censo? José Blanco, que fue el máximo responsable de todo aquello, me parece un cínico".

Dos décadas después Roldán vuelve a ser un hombre libre tras cumplir condena y confesar abiertamente que malversó en su provecho los fondos destinados a la seguridad del Estado. Asunción, ante la posibilidad de encontrarse en un ascensor con su particular Moriarty, rebaja enseguida el morbo: "Seguramente no sucedería nada".

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