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Un sindicalista, una filósofa, un abogado y un payaso ponen al límite la paciencia del 'santo Job Marchena'

El objetivo de los golpistas es convertir el juicio sobre el 1-O que se celebra en el Tribunal Supremo en un circo de tres pistas.

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Un sindicalista, una filósofa, un abogado y un payaso ponen al límite la paciencia del 'santo Job Marchena'
El tribunal del 1-O en el Supremo. | EFE

"Había una vez, un circo que alegraba siempre el corazón. Lleno de color, un mundo de ilusión pleno de alegría y emoción". Dejando a un lado la parte entrañable de esta canción de los payasos de la tele, éste se ha convertido en el objetivo de los golpistas del 1-O. Transformar en un circo de tres pistas el juicio que se celebra en el Tribunal Supremo sobre el golpismo catalán. Pero llegan tarde, muy tarde.

El pasado martes se vivió de largo la sesión más bronca y polémica de toda la vista oral, desde que arrancara el pasado 12 de febrero. La infinita paciencia del presidente del tribunal del 1-O, Manuel Marchena, rebautizado ya como 'santo Job', fue puesta a prueba por un sindicalista, una filósofa, un abogado y un payaso. Que conste que no es un insulto y tampoco es un chiste.

Es la crónica de la payasada golpista escenificada en la última sesión del juicio por los testigos propuestos por la defensa del presidente de Ómnium Cultural, Jordi Cuixart. Y es que se trataba de eso, de hacer básicamente el payaso y convertir la solemne Sala del Supremo en un espectáculo circense al servicio del golpismo como si un plató de TV3 se tratase.

La primera actuación del circo la protagonizaba el primer testigo de la mañana: Ramon Font, portavoz del sindicato USTEC, sindicato mayoritario en la enseñanza pública no universitaria en Cataluña. El testigo no dudó en vacilar a la hora de contestar las preguntas de la abogada del Estado, Rosa Seoane, preguntando al tribunal con mucho cachondeo si querían que contestara con "un monosílabo". Marchena le advertía: "Esto tiene consecuencias legales si usted nos hace perder el tiempo".

Después, llegaba el turno de la testigo Marina Garcés, filósofa y ensayista, que comenzaba su intervención señalando que tenía "un café pendiente" con Jordi Cuixart desde hace más de un año. Marchena la interrumpió y le recordó que sólo le había preguntado por la relación que tenía con los acusados, no por los "cafés pendientes".

Al ser preguntada por el 20-S, la testigo rememoró su estado de salud febril y Marchena cortó: "La fiebre no tiene ninguna trascendencia jurídica. No nos hable de su fiebre. Y no me replique". Después, Garcés se refirió al referéndum ilegal afirmando: "El 1 de octubre aluciné". Marchena interrumpía de nuevo el interrogatorio: "Usted no viene aquí para contar su grado de alucinación, su estado febril... Viene exclusivamente a explicar lo que pasó".

La polémica continuaba con la filósofa. "Usted no puede estar leyendo un guión", le dijo Marchena a la testigo que replicó: "Tengo unas notas...". "Para consultar un guión, tiene que pedir permiso al tribunal y no lo ha hecho. Deje el guión y responda a las preguntas", zanjó el presidente del tribunal. Para ser justos, la filósofa fue educada y en ningún momento perdió las formas. Algo que sí hicieron otros testigos.

El tercer testigo polémico de Cuixart era Lluís Matamala, que empezó su intervención pidiendo si podía plantear una cuestión: "Hablar y contestar en catalán". Marchena cortó por lo sano una vez más, cansado del bochornoso show de los votantes del 1-O: "Me remito a sus conocimientos jurídicos y a todas las explicaciones que ha dado el tribunal. Usted va a contestar en castellano. Si no quiere, usted se levanta, asume las consecuencias legales y hemos terminado".

Matamala trató incluso de replicar y el magistrado le advirtió de que podía ser expulsado de la Sala. Finalmente, Matamala accedió a responder a las preguntas de Marina Roig, abogada de Jordi Cuixart junto a los letrado Benet Salellas y Alex Solà.

Por su estrategia defensiva, todo parece indicar que ven el partido de ida tan perdido que han decidido apostar a la desesperada por el partido de vuelta ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo. Ya no se trata de intentar demostrar la inocencia del presidente de Ómnium Cultural, sino poner al límite al tribunal buscando un error de Marchena para intentar ganar en Europa la batalla judicial que pierden en España.

La payasada 'interruptus'

El circo continuaba y saltaba el auténtico payaso a la pista: Jordi Pesarrodona, comediante de profesión e investigado por lucir nariz de payaso junto a un guardia civil que custodiaba un registro. Marchena fue advertido por otro miembro del tribunal de que el payaso preparaba su payasada con la nariz roja y le interpeló en mitad de su declaración: "¿Qué esconde en sus manos?".

Entonces, el payaso se hizo pequeñito, pequeñito y le explicó que no tenía nada y que movía las manos por nervios. Eso sí, la nariz roja la tenía preparada en la mesa de al lado, pero no la cogió. No se atrevió, al pensarlo dos veces y darse cuenta que tal payasada podría haber provocado incluso su detención.

El Supremo no es el circo, por mucho que algunos quieran o lo intenten. Cuando se falta el respeto al tribunal del 1-O, no sólo se falta el respeto a los 7 magistrados que lo integran. Se falta el respeto a todo el Tribunal Supremo, a toda la justicia, al Estado de Derecho.

¿Alguien pensaba que un sindicalista, una filósofa, un abogado y un payaso que votaron en el referéndum ilegal del 1 de octubre pasándose por el forro la Ley y la Constitución iban a respetar al Tribunal Supremo y a los magistrados? "Es lo que es, hay lo que hay. Por ahora no dan más" como canta Carlos Goñi.

La pretendida "revolución de las sonrisas" del fugado Carles Puigdemont es la revolución de los payasos golpistas. Los payasos de la tele hacían gracia. Los payasos golpistas en cambio tienen la gracia donde las avispas.

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