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Cuando comes y la culpa te tortura: "Perdí 12 kilos en 2 meses"

La relación de Rafa con la comida siempre fue tóxica. Tanto que derivó en un trastorno alimentario contra el que sigue luchando, tras años de terapia.

La relación de Rafa con la comida siempre fue tóxica. Tanto que derivó en un trastorno alimentario contra el que sigue luchando, tras años de terapia.
Rafa fue diagnosticado de anorexia nerviosa a los 39 años. | FOTOS: David Alonso Rincón

La anorexia nerviosa llegó a la vida de Rafa en la edad adulta, rozaba los cuarenta. En su caso, no se cumple ninguno de los estereotipos. Siempre se ha pensado que los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) son "problemas de chicas" que se desencadenan en la adolescencia, influidas por la moda, la publicidad o -ahora- las redes sociales. De ahí que se trivialice, se le reste importancia y, en muchas ocasiones, no se trate a tiempo. Esto conduce a que se cronifique y se convierta en una losa con la que cargar toda la vida.

El asunto es mucho más complejo de lo que parece, nos explica Rafa. Aunque reconoce que coincide en terapia con bastantes mas mujeres que hombres, también asegura que hay pacientes de todas las edades, clases y circunstancias. De hecho, a él siempre le ha llamado la atención encontrarse -por ejemplo- con madres de familia que en la madurez siguen sin poder dejar atrás sus desórdenes alimenticios.

Las asociaciones y organizaciones internacionales de referencia -en lo que a trastornos de la conducta alimentaria se refiere- coinciden en que las mujeres entre 13 y 30 años de edad representan el 90% de los casos. Pero también advierten de que estos desórdenes pueden darse en hombres y/o en personas más mayores. Se cree que hay bastantes más varones de los que recogen las estadísticas, porque no llegan a tratarse.

De hecho, Rafa explica que cuando empezó con la terapia no pensaba que podía ser anoréxico, a pesar las señales: la culpa al comer, la distorsión de su imagen corporal, la búsqueda de aprobación, los cambios bruscos de peso y -en último término- el rechazo de su organismo a la comida. "No lo identificaba, no le daba el nombre de anorexia. Yo creo que si hubiera sido mujer lo habría pensado inmediatamente", reconoce.

La historia de Rafa evidencia que el origen del problema -o la enfermedad, cuando "se cruza la línea"- poco tiene ver con el prototipo de hombres y mujeres ideales que podamos ver en las revistas, la televisión o internet. Quizás sume en algunos casos, y muy probablemente sería beneficioso corregir esos cánones de belleza, que -según apuntan algunas corrientes- pueden ser un caldo de cultivo para este tipo de trastornos. Pero para llegar al fondo de la cuestión, hay que seguir escarbando. Lo que más nos afecta es siempre lo que tenemos más cerca.

Durante su charla con LD, él hace referencia a las burlas o comentarios que recibió cuando era niño y que -sin duda- contribuyeron a que no se sintiera bien con su físico. Aunque cree que lo mas determinante ha sido que -no sabe muy bien por qué- nunca tuvo una relación sana con la comida. De hecho, identifica en su infancia los primeros pasos de su trastorno alimentario. Después, ha ido cambiando y pasando por distintas etapas. Pero su sombra le ha perseguido como un fantasma desde entonces.

El peso de la culpa

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La culpa es -posiblemente- el enemigo a batir. Ha acompañado a Rafa casi desde que tiene uso de razón. Dada su mala relación con la comida, ese sentimiento le ha estado torturando día tras día. Tanto que desembocó en un trastorno de la conducta alimentaria (TCA), que le fue diagnosticado años después de que apareciera. Primero llegó en forma de atracones -hoy conocido como trastorno por atracón-, después se manifestó como un aumento del ejercicio y las restricciones, y por último derivó en una anorexia nerviosa.

Es complicado saber con exactitud cuál es el origen del problema. Ni siquiera hoy, tras años de terapia, Rafa es capaz de concretar por qué esa ansiedad terminó convirtiéndose en una enfermedad. Probablemente porque no hay un único motivo -reflexiona- si no que han confluido muchos factores. Se siente reflejado en la metáfora del vaso que se va llenando, gota a gota, hasta que se desborda.

Lo que sí identifica con claridad es que el "malestar" comienza cuando era niño. Desde muy pequeño, empezó a recibir comentarios desagradables sobre su físico. "Solía tener algo de sobrepeso, sobre todo en las piernas, y eso me llevaba a recibir motes y bromas", explica. "Todo eso te va influyendo y al final tienes una relación con la comida con la que nunca acabas de estar a gusto".

"Es una cuestión de gestión emocional, probablemente una de las cosas más difíciles que tenemos que hacer y no se enseña a ningún sitio", asevera, " y cuanto más atrás te vayas en el tiempo, menos se enseñaba". "Yo he tenido que aprender ya con el trastorno", añade. Con el tiempo ha entendido que ese era "el punto de partida en mi caso".

Ser un comedor emocional

Desde que Rafa alcanza a recordar, siempre ha tenido "un poco de restricciones y de excesos" en su vida. Es lo que se denomina un "comedor emocional". Según reconoce, en su relación con la comida había -en pasado, porque está en proceso de superarlo- "demasiada emotividad". Eso le llevó a "comer en exceso" en algunas etapas y a "seguir dietas muy estrictas, probablemente con déficit calórico" en otras.

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"Las bromas sobre mi aspecto físico, mis michelines y mis formas, empiezan más o menos a los 12 años", señala. En esa época eran frecuentes los atracones, comer compulsiva y descontroladamente, lo que después le llevaba a una terrible sensación de malestar. Aquí es donde aparece la culpabilidad, que -con el tiempo- le llevó a cambiar el exceso de comida por el de ejercicio, y el hábito de comer de más por el de hacerlo de menos.

Entre los 18 y los 20 años, comenzó con "las restricciones de comida", que cada vez fueron más estrictas y combinadas con un "exceso de ejercicio". Esta etapa se alargó hasta los 39, que es cuando le diagnostican su anorexia nerviosa. Hubo una serie de cambios en su vida que prendieron la mecha. "Me fui a vivir fuera y en ese periodo el problema se hace más crítico", detalla.

Cuando cruzas la línea

El "exceso de control" en las comidas llegó a incapacitarle. "Ya no era capaz de comer", ni siquiera cuando sí quería hacerlo. "Me ponía a enfrentar cualquier comida y veía que apenas había empezado a comer y, de repente, el cuerpo empezaba a reaccionar en contra de la comida, generando estrés, generando nervios, generando malestar en el estómago...", relata todavía con cierta angustia. Ahí es donde toca fondo.

Verse así le hizo darse cuenta de que "no podía salir sin ayuda". "Perdí alrededor de 12 kilos en dos meses", asegura. Su problema ya era evidente, la gente se asombraba cuando le veía y le decía que había "adelgazado muchísimo". Como es habitual en estos casos, él no se veía "tan delgado". Aún así, no llegó a estar ingresado. "Creo que fue fundamental que cogí el problema muy a tiempo", explica. En buena medida porque su entorno le ayudó. Un apoyo que fue vital para encarar el proceso.

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Lleva tres años en terapia y cree que está "en la fase final de la curación". Un momento en el que "quieres llegar a un punto de equilibrio y tener una alimentación sana". Le queda "un poco de culpabilidad" y "algo de malestar" -reconoce- pero parece que ha pasado lo peor. Aunque teme una posible recaída -como en su caso "partía del hecho de pagar todas las frustraciones con el estómago, comer hasta reventar muchos alimentos que no son saludables"- cree que se puede controlar "si eres capaz de mantener una buena alimentación".

Es la manera de evitar "que se desarrollen sentimientos de culpa", que parece ser el denominador común en este tipo de trastornos. "Por las noches hago una evaluación de cómo han estado mis emociones a lo largo del día", señala Rafa, "y llevo poniendo casi a diario la culpa en las emociones negativas". "Creo que no voy a dejar de sentirme culpable hasta que no esté completamente curado", sentencia.

El proceso de curación

Rafa asegura que ya ha superado la fase en que "tu cuerpo rechaza lo que comes", tanto física como psicológicamente. Según explica, cuando "has estado un tiempo con restricciones, intentas comer normal en un almuerzo y te das cuenta de que no resulta fácil". "El cuerpo no lo acepta", exclama.

Ahora está centrado en "comer de forma saludable" y eso implica "comer más". Algo aparentemente sencillo para quien tiene una buena relación con la comida, pero un auténtico reto para alguien con esta enfermedad. "Perdí la noción de cuánta comida es la habitual, he pasado por un proceso en el que necesitaba orientación sobre cuánta comida más o menos comer", reconoce. No es de extrañar, estuvo muchos años "sin llevar una dieta normal".

"Intento calcular con las manos la ración de comida, cuánto tiene que haber de verdura, cuánto de hidratos, cuánto de proteína... Es un cálculo que haces más o menos rápido y es importante. Si no, puedo volver al tema de controlar", indica Rafa. Su psicóloga le ha explicado que esta fase es fundamental "evitar recaídas" y para ello tiene que huir de "atracones, saltarse comidas o hacer ayunos".

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La comida, el centro de todo

Hoy, Rafa es consciente de que antes "todo giraba alrededor de la comida". Su relación no era buena y tenía que enfrentarse a ella varias veces al día, cada día de su vida. Esto podía llegar a ser una tortura y condicionaba por completo su vida social. A veces no iba a eventos para evitar comer según que cosas, y -si iba- llevaba su propia comida con alguna excusa.

Muy habitualmente "renunciaba a quedadas para hacer más ejercicio". No tiene muy claro si en algún momento ha podido estar cerca de algún trastorno relacionado con la práctica excesiva de deporte, como pueda ser la vigorexia. Pero reconoce que -en una determinada época- si no lo tuvo lo rozó. "Hacía tres clases de spinning seguidas, una brutalidad".

"Era capaz de ir al gimnasio todos los días y varias horas", añade, "se las quitaba en general a mi vida". Según explica, "de lunes a viernes, no tenía otra vida que no fuera ir al trabajo o al gimnasio". Precisamente por eso, una parte importante del proceso ha sido estar "un año sin hacer deporte, porque estaba aún en déficit de calorías". Eso le ha permitido "recuperar la normalidad en el peso, hace un par de meses".

Retos de futuro

Rafa sabe que tiene que ser muy constante y no cometer excesos, para mantener a raya a la enfermedad. "En cuanto me paso un poco con la comida, la cabeza empieza a funcionar como muy acelerada y vuelve la culpabilidad", admite. Aunque está consiguiendo controlarlo "a base de meditación y de mindfulness".

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Eso sí, "cuando es algo que engorda mucho, en términos generales -si no estoy acompañado- intento evitar esa clase de comidas". "Me apetecen demasiado los dulces, los bollos, el chocolate... Me encanta el chocolate", exclama. Pero aún le cuesta disfrutar de ellas. Sin duda, es uno de los retos de futuro.

"He tenido que repensar lo que es la comida y planteármela como un placer", destaca. Mira para atrás "con añoranza y nostalgia por todo a lo que he renunciado, por todas las cosas que creo que podría haber hecho y que no he hecho todavía". Ahora se plantea "tener una vida plena en el resto de los aspectos, que no tengan que ver con la comida: la amistad, la familia...", añade. "He aparcado demasiadas cosas".

SI NECESITAS AYUDA...

ADANER es una organización no gubernamental, declarada de Utilidad Pública en 1998, que trabaja para mejorar la calidad de vida de las personas afectadas por anorexia nerviosa y bulimia, así como para sensibilizar a la población acerca de este problema.

Su ‘Línea de Orientación y Apoyo Psicológico’ está atendida por profesionales expertos en la materia. Puedes contactar con ellos a través del correo electrónico psicologos@adaner.org o llamando al 91 577 02 61.

Más información en su web: www.adaner.org

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