Feminicido a la carta
Un crimen no parece más grave por su brutalidad, sino por su utilidad a la hora de utilizarlo como propaganda.
El asesinato de una mujer en plena calle en Esplugas vuelve a evidenciar que no todas las violencias reciben el mismo tratamiento público ni se incorporan con idéntica rapidez al relato político dominante.
Los hechos son estremecedores. Una mujer fue atacada con arma blanca. El agresor huyó y fue detenido poco después por los Mossos d’Esquadra. Un hombre que intentó intervenir resultó herido. La investigación quedó bajo secreto de sumario y, según distintas informaciones, los Mossos descartaron la hipótesis de violencia de género al no existir relación de pareja o expareja entre víctima y agresor. Finalmente, el juez decretó prisión provisional comunicada y sin fianza para el detenido, investigado por asesinato, tentativa de homicidio, lesiones, amenazas graves y daños.
Varios testimonios señalaron que el agresor habría gritado "Allahu Akbar" durante el ataque. La expresión significa "Dios es el más grande" o "Alá es el más grande", y no es, por sí misma, una consigna terrorista: forma parte del lenguaje religioso cotidiano del islam. Pero el contexto importa. Cuando esa expresión aparece asociada a una agresión mortal, no debería tratarse como un ruido irrelevante de fondo.
Por otro lado, resulta absurdo que el componente machista de una agresión dependa administrativamente de si el agresor compartía cama con la víctima. Esta rigidez conceptual ha convertido la violencia de género en una categoría burocrática antes que en una herramienta real de comprensión.
Que las autoridades apunten a un posible desequilibrio emocional del agresor tampoco clausura la discusión. Un trastorno mental puede alterar la percepción, desinhibir impulsos o eliminar filtros morales, pero no explica por sí solo el contenido simbólico de un crimen. Si bastara con invocar la enfermedad mental para entenderlo todo, estaríamos insinuando que las personas con trastornos psiquiátricos son peligrosas de forma indistinta. Y eso, además de falso, sería injusto. Es más: cuando hablamos de violencia contra una mujer y el caso encaja en el marco esperado, la etiqueta "machista" se aplica casi de forma automática. Si existen trastornos mentales, consumo de drogas u otros factores, pasan a segundo plano. En cambio, cuando la mujer es quien comete un asesinato, el prejuicio suele operar en dirección inversa: se busca rápidamente una explicación psicológica, emocional o patológica. Salud mental según interese señalar o exculpar al miembro de uno u otro colectivo.
El detenido tampoco era precisamente un lienzo en blanco. Según han publicado varios medios, ya había protagonizado incidentes previos fuera de Cataluña. En 2022 fue detenido en Burgos tras generar altercados, lanzar piedras a vecinos y agentes, atrincherarse en una torre del castillo y proferir clamores religiosos. Aquel episodio tampoco fue considerado terrorismo, sino un problema de salud mental. Y puede que lo fuera, por eso conviene no cerrar el debate en falso: cuando un mismo patrón reaparece —alteración, violencia, símbolos religiosos, ataques a desconocidos—, la explicación psiquiátrica es necesaria, pero no suficiente.
El problema es que determinadas variables desaparecen del análisis en cuanto resultan políticamente inconvenientes. Si había antecedentes, señales previas y un episodio parecido, la pregunta no puede limitarse a si estaba loco o no. La pregunta es: ¿por qué esos datos emergen solo a cuentagotas? En algunos casos, la identidad, los antecedentes o la situación del detenido se conocen al detalle desde las primeras horas. En otros, todo queda envuelto en cautelas y apelaciones a la responsabilidad pública. La prudencia es necesaria; la prudencia selectiva, no. Si se ocultan datos cuando pueden incomodar al relato, la ciudadanía no percibe rigor institucional, sino tutela informativa.
No estoy diciendo con esto que este crimen se tenga que etiquetar precipitadamente como terrorismo, fanatismo religioso, violencia cultural o violencia machista. La cuestión es preguntarse por qué el sistema mediático e institucional solo parece cómodo cuando la causa de la violencia confirma una tesis previamente aceptada.
Este doble rasero responde a una lectura prácticamente monocausal de la violencia contra las mujeres: el patriarcado machista occidental. Cualquier otra explicación —religiosa, cultural o vinculada a la inmigración— genera rechazo o directamente se silencia. Reconocer que un agresor pudo gritar el nombre de Dios mientras mataba a una mujer en la calle obliga a hablar de islamismo radical, fracaso de la integración y políticas migratorias. Temas que no encajan en el guion oficial y que exigen respuestas reales, no consignas. Y esto no es casualidad, estamos ante un sistema de interpretación selectiva. Un crimen no parece más grave por su brutalidad, sino por su utilidad a la hora de utilizarlo como propaganda. Así se crea una jerarquía implícita del horror: víctimas que confirman el discurso y víctimas que lo ponen en peligro y así se impide comprender la violencia en toda su complejidad. Por tanto, impide combatirla eficazmente.
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