El estafador
¿Alguien cree que el hombre que ha convertido al PSOE en una organización de obediencia debida no se entera de nada?
Podría ser el título de una película, pero será algo peor: el retrato moral del presidente del Gobierno el día que presente unos Presupuestos Generales concebidos, no para gobernar España, sino para financiarse una campaña electoral, someter al Congreso, desacreditar a la oposición y engañar a los electores. No serán unos presupuestos. Serán una estafa.
Pedro Sánchez no tiene mayoría política para aprobarlos, ni el Estado dinero para sostener ese árbol de Navidad de 226.032 millones de euros con el que pretende repartir aguinaldos desde una economía endeudada hasta las cejas. No busca ordenar las cuentas públicas. Busca comprar adhesiones, silencios y votos.
Ya no estamos ante una sospecha. Estamos ante un hecho. Quizá todavía no penal, pero sí político, social y moral. P.S. y Z.P. podrán acabar condenados o no por los tribunales; la justicia tiene sus ritmos. Pero moralmente ya están condenados: uno, por abrir la puerta a la liquidación de los consensos; el otro, por convertir el Estado en finca privada al servicio de su supervivencia.
Sánchez es el número uno.
¿De verdad alguien cree que el hombre que ha convertido al PSOE en una organización de obediencia debida, donde cada cargo le debe el puesto y el sueldo, no se entera de nada? ¿Alguien puede tragarse que quien ha manoseado la Fiscalía, colonizado instituciones, domesticado el CIS, mangoneado al Tribunal Constitucional y gobernado a golpe de mentira no sabía nada de cloacas, comisiones, favores y corruptelas? ¿El jefe de todo no sabe nada de nada? ¿El que lo controla todo es, de pronto, una víctima rodeado de traidores?
Lo grave ya no es sólo Sánchez. Lo grave es el país que lo tolera. Porque uno puede admitir la existencia de fanáticos, paniaguados, sectarios y beneficiarios directos del poder. Los ha habido siempre. Lo inquietante es comprobar hasta qué punto miles de ciudadanos han decidido que la democracia, la decencia y la verdad les importan un carajo mientras gobiernen los suyos, mientras continúe el reparto, mientras siga funcionando el pesebre, mientras caiga alguna subvención, algún puesto, alguna prebenda, alguna paguita de consolación o alguna coartada moral para no mirar la realidad de frente y salvar su orgullo de cornudo.
La corrupción más peligrosa no siempre entra en los juzgados. A veces se instala en la conciencia colectiva. Primero se tolera la mentira porque conviene. Luego se justifica porque la dice uno de los nuestros. Después se celebra porque humilla al adversario. Y al final se convierte en sistema.
Eso es el sanchismo: la pedagogía de la indecencia.
Durante años nos han dicho que todo era sensibilidad social, derechos, progreso, empatía y escudo social. La vieja catequesis de la izquierda emocional. Pero debajo de tanta palabra noble había una maquinaria de poder: convertir al ciudadano en cliente, al dependiente en votante cautivo, al subvencionado en feligrés y al discrepante en enemigo público. Han cambiado la ciudadanía por la dependencia. La educación por el entretenimiento. El esfuerzo por el agravio. La responsabilidad por la coartada colectiva. El mérito por la adhesión. La democracia por el reparto.
Por eso basta con que un político denuncie la estafa de las falsas bajas laborales —esas que cargan sobre empresas, Seguridad Social, contribuyentes y compañeros que han de suplir al tramposo— para que la jauría lo lapide. Ya no se discute si tiene razón. Se le acusa de insensible social y enemigo del trabajador. Ya no importa el fraude. Importa proteger el relato. Ya no se defiende al trabajador honrado. Se blinda al pícaro y al ventajista.
Y así hemos llegado hasta aquí: a una política convertida en pan y circo, subvención y consigna, lágrima televisada y mentira administrativa, donde muchos ya no quieren ser ciudadanos, sino clientes del poder. Donde el Gobierno no gobierna: reparte. Donde el Parlamento no controla: convalida. Donde la verdad no importa: se fabrica. Donde el voto no se merece: se compra.
Habrá que volver a explicar la diferencia entre ciudadanos y súbditos.
Pedro Sánchez es un estafador político. Zapatero, un curita laico, melifluo e hipócrita, siempre dispuesto a bendecir la demolición nacional con voz compungida de catequesis. Los dos son síntomas de una misma enfermedad: la conversión de la democracia en un artefacto emocional para manipular masas, anestesiar conciencias y perpetuar a una casta.
No todos los políticos son iguales. Los hemos tenido mejores. Pero todos tienen una tentación: despreciar a quien les paga. La diferencia está en la resistencia de la sociedad. Cuando una ciudadanía vigila, el poder se contiene. Cuando se rinde, el poder se desmanda.
Pedro Sánchez nos ha tomado la medida. Ha comprendido que este país grita mucho, pero aguanta más. Protesta en la barra del bar y luego traga. Llama democracia a votar cada cuatro años y se desentiende de todo lo demás. Por eso quizá Sánchez acabe haciéndonos un favor. Su caída no será sólo el final de un Gobierno. Puede ser el comienzo real de una transición pendiente desde el 78: la de súbditos subvencionados a ciudadanos exigentes.
Porque la democracia no es una bicicleta mágica que avanza sola. Hay que mantenerla en equilibrio, pedalear cada día y saber que, si dejamos de hacerlo, nos iremos al suelo. El voto no es un cheque en blanco. No ata: libera.
La democracia es demasiado seria para dejarla en manos de los políticos. Y los ciudadanos somos demasiado importantes para seguir haciendo de espectadores.
Todos somos responsables.
Lo más popular
-
Vídeo: El PSOE se prepara ya para su imputación por financiación ilegal tras las nuevas pruebas de Aldama -
Zapatero, contra las cuerdas: su defensa "muy preocupada" por no poder justificar el origen de las joyas -
Sánchez gasta 21.296 millones de euros en pagar el IMV a casi 4 millones de subsidiados -
El Banco Europeo de Inversiones de Calviño destina 365 millones a carreteras y ferrocarriles en Marruecos -
Willy Toledo hace un retrato demoledor de Pablo Iglesias: "Le sale el dinero por las orejas"
Ver los comentarios Ocultar los comentarios