
¡Qué lata con el cambio climático! No tenemos bastante con soportar calores sofocantes, que encima hemos de padecer a políticos, tertulianos y medios dando la murga a diario con el apocalipsis, como si hubiéramos nacido para redimir la culpa de haber destruido la naturaleza y sus leyes.
Resulta ridículo suponer que una especie de pigmeos engreídos haya abortado en apenas dos siglos el clima de un diminuto planeta sometido a fuerzas descomunales en un universo inmenso, inestable e impredecible.
Que existe cambio climático es una evidencia. Es más: esa es la esencia del universo entero. La realidad de la Tierra desde que surgiera hace más de cuatro mil millones de años. Que el ser humano contamina, destruye y altera, por supuesto. Que deberíamos ser escrupulosamente cuidadosos con nuestros bosques, ríos, mares, campos y especies, también. Seríamos muy estúpidos si no cuidáramos nuestro hábitat. Pero la contaminación mental ocasionada por los gestores del cambio climático empieza a ser más dañina que la porción de responsabilidad del hombre en los ciclos climáticos de la Tierra.
Antes de que existiera una chimenea industrial, una central térmica, un automóvil o una cumbre climática con políticos viajando en aviones privados, ya había clima, catástrofes, glaciaciones, deshielos, sequías, inundaciones, extinciones y renacimientos. La Tierra no ha sido nunca una postal inmóvil, sino un organismo físico sometido a fuerzas inmensas: la actividad solar, la inclinación del eje terrestre, los ciclos orbitales, las erupciones volcánicas, la composición de la atmósfera, la circulación oceánica, el choque de placas tectónicas y la deriva de los continentes.
El clima cambia porque todo cambia. Cambia el Sol, ese reactor termonuclear gigantesco del que vivimos sin advertirlo. Cada segundo convierte masa en energía y nos recuerda que la vida en la Tierra depende de una estabilidad extraordinariamente frágil. Somos hijos de un incendio cósmico. Lo verdaderamente asombroso no es que el clima cambie, sino que durante milenios haya cambiado lo bastante despacio como para permitir civilizaciones, cosechas, ciudades, memoria y lenguaje.
Desde la última glaciación, hace unos 20.000 años, el planeta ha conocido un calentamiento natural formidable. Los hielos retrocedieron, los mares subieron, los paisajes cambiaron, las especies migraron y el hombre dejó de ser sólo cazador para convertirse en agricultor. El norte de África es una lección de humildad. Durante el llamado Periodo Húmedo Africano, amplias zonas saharianas fueron un vergel. Luego, hace unos 5.000 o 6.000 años, aquel mundo verde empezó a secarse hasta convertirse en una de las regiones más áridas del planeta. No lo provocó una petrolera, ni una autopista, ni una multinacional: lo provocaron cambios naturales del sistema climático.
Más tarde llegaron otros vaivenes. Hubo una anomalía climática medieval, con regiones más cálidas, y después una Pequeña Edad de Hielo, especialmente perceptible entre los siglos XVI y XIX en el Atlántico Norte y Europa. Y ahora hay un repunte de temperaturas altas. La historia humana siempre ha consistido en adaptarse al clima para sobrevivir. Los dinosaurios sobrevivieron durante millones de años. Un meteorito alteró su hábitat. Y acabó con ellos.
Nada de esto niega lo evidente: en los dos últimos siglos, y sobre todo desde la Revolución Industrial, el hombre ha ensuciado, talado, quemado, vertido, explotado y degradado la Tierra con una irresponsabilidad muchas veces criminal. Hay que cuidar el agua, el aire, los bosques, los mares, los suelos y las ciudades. Hay que contaminar menos, consumir con más inteligencia y exigir a la industria y a los gobiernos responsabilidades reales.
Pero una cosa es la conciencia ecológica y otra el chantaje climático. Una cosa es la ciencia y otra el sermón. Una cosa es estudiar el clima y otra utilizar el miedo para disciplinar sociedades enteras, imponer impuestos, prohibiciones, dogmas escolares, superioridades morales y una nueva aristocracia de salvadores del planeta que predican austeridad desde la abundancia.
El problema no es aceptar que existe calentamiento. El problema es convertir cada incendio, cada sequía, cada tormenta y cada verano caluroso en prueba definitiva de una culpa colectiva que siempre acaba pagando el ciudadano común. El clima se ha convertido para muchos en una religión sin Dios, pero con pecado original, apocalipsis, herejes, indulgencias fiscales y sacerdotes mediáticos.
Frente al negacionismo bruto, ciencia. Frente al alarmismo interesado, razón. Frente a la suciedad industrial, responsabilidad. Frente a la manipulación política, libertad crítica.
Las élites no tienen derecho a convertir el clima en religión política, ni los irresponsables a negarlo para no pensar. Aunque ni unos ni otros vivirán para saber quién tenía razón, porque el universo es un infierno colosal sujeto a leyes que ni siquiera conocemos. Somos cañas mecidas por el viento que se dan demasiada importancia y acaban siempre jorobándose mutuamente en nombre de cualquier ideología o religión.
Lo extraordinario no es que el clima cambie. Lo extraordinario es que haya tanta estabilidad dentro de su inestabilidad.
CODA: Ya está bien de jorobar con mapas coloreados de infiernos en cada telediario. Basta de alarmar como si cada verano fuera el último. Lo único que consiguen es predisponer a la gente a sufrir el calor con mucha más angustia. ¡Cómo se nota que no han segado con hoz, de sol a sol, como hicieron nuestros sufridos abuelos!
¡Ojo!, la contaminación ambiental ensucia la Tierra; la contaminación mental idiotiza y esclaviza. Y si no reparen en ese contaminador de instituciones democráticas emboscado tras las siglas P.S.
