
¡Ya está bien! Se está quemando media España y lo primero que se le ocurre a Pedro Sánchez es aparecer con un aguinaldo de 300 millones de euros, anunciado mediante un tuit con la letanía religiosa de rigor: "La emergencia climática no admite negacionismos ni demoras". ¿Es que lo primero que se le ocurre al presidente de una nación en mitad de una tragedia es sacar tajada partidista? ¿No sería más decente ofrecer colaboración a todas las administraciones, gobierne quien gobierne, y aprender de los bomberos, la UME, las fuerzas de seguridad y los vecinos que luchan contra el fuego sin preguntar a quién vota el de al lado? ¿Tan poco aprendió del comportamiento de la Selección española? ¿O como todo en él, solo sirve si le sirve a él?
Hay algo en este presidente viscoso y maléfico. Y su fijación en el cambio climático, no como hecho científico, sino como estrategia política, le lleva a convertirlo en la causa primera de los propios incendios: en nombre del cambio climático y del ecologismo de salón se ha permitido que nuestros campos y montes se conviertan en una bomba de relojería retrasada de infaustas consecuencias. Demasiadas veces lo mejor es enemigo de lo bueno. El azúcar fue recibido como un elixir de dioses y hoy constituye una amenaza para la salud. El comunismo creyó encontrar en la abolición de la propiedad privada el antídoto contra la miseria y produjo miseria y despotismo. El ecologismo burocrático quiso proteger la naturaleza de la intervención humana y está consiguiendo entregarla desarmada a una cerilla, a un rayo o a un pirómano.
El calor, la sequía y el viento favorecen los incendios. Nadie sensato lo niega. Pero el clima no acumula maleza, no cierra caminos, no expulsa rebaños, no abandona pueblos ni persigue al agricultor por podar una encina, retirar un árbol caído o limpiar una linde sin haber solicitado antes permiso, informe, formulario, tasa y bendición burocrática. Eso lo hacemos nosotros. Nuestros montes no arden únicamente porque haga calor. Arden porque están cargados de combustible. Y cuando ese combustible prende, se convierte en un horno gigantesco de CO₂, humo y partículas contaminantes.
¿No es precisamente esa contaminación la que se pretende evitar persiguiendo los carburantes fósiles? En 2025 los incendios españoles generaron alrededor de la mitad de las emisiones forestales de toda Europa. En unos días, el abandono puede lanzar a la atmósfera más contaminación que muchas de las actividades contra las que se legisla compulsivamente. Si el cambio climático es la causa principal, más razones tendremos para mantener los montes limpios, habitados y compartimentados. Y si la causa principal es el abandono rural, más razones aún para repoblar los pueblos, recuperar cultivos y favorecer la ganadería extensiva.
Vacas, cabras, y ovejas no son intrusos en el monte. Forman parte de su equilibrio. Comen el pasto y el matorral, que, sin ese cortafuegos natural, después propagarían el fuego como si fuera gasolina. Son los "rebaños de fuego" sobre los que escribí en 2022: animales que realizan cada día una tarea preventiva que ninguna campaña publicitaria, dron o aplicación informática puede sustituir.
La cirugía —aviones, maquinaria pesada, drones, bombas de agua, bomberos y brigadas forestales— es imprescindible cuando el incendio ya existe. Pero la inteligencia consiste en no llegar a la mesa de operaciones. Prevenir exige pastoreo, desbroces, cortafuegos, pistas transitables, aprovechamiento de la biomasa, vigilancia y profesionales forestales durante todo el año, no contratados cuando las llamas aparecen en televisión.
Me da grima insistir. Llevo veinte años escribiendo sobre lo evidente con el desgarro de una pasión inútil y desde la mirada de un hombre de pueblo: El Infierno del fuego (17/8/2006); La Amazonía se quema (25/8/2019); Rebaños de fuego (07/7/2022); Pirómanos (07/8/2025); El periodismo de trinchera lo quema todo (14/8/2025); Cambio climático y contaminación mental (03/7/2026)… Es descorazonador.
Los incendios no pueden controlarse cuando encuentran kilómetros de vegetación continua, barrancos inaccesibles, caminos cerrados y cortafuegos inexistentes. Como tampoco pueden contenerse las riadas si los cauces están cegados y las infraestructuras preventivas nunca se construyen. De los incendios de hoy a la riada de Valencia de ayer, hay una continuidad. Incendios y riadas comparten una misma superstición administrativa: creer que no intervenir en la naturaleza equivale siempre a protegerla.
Más allá de la controversia climática, existe una conclusión inevitable. Si el cambio climático fuera una exageración ideológica, tendríamos que cuidar nuestros montes porque el abandono los está quemando. Y si constituye una realidad inapelable, deberíamos cuidarlos todavía más para reducir sus consecuencias. Y cuidarlos es intervenir en ellos.
Sabemos hacerlo. El problema es que nuestro sistema político premia lo inmediato. No da votos invertir en obras invisibles, limpiar cauces, mantener montes, investigar durante décadas o construir infraestructuras cuyo éxito consiste precisamente en que la tragedia nunca ocurra. Resulta más rentable aparecer con paguitas y promesas con frases solemnes.
Quienes pagan esa irresponsabilidad son los habitantes del campo. La España urbana, provista de hospitales, universidades, fibra óptica, transportes y poder político, impone sus códigos morales a quienes viven en pueblos donde una cobertura telefónica decente puede parecer un privilegio.
La paradoja es devastadora: el 76% de la superficie forestal española se encuentra en municipios de menos de 5.000 habitantes. Quienes custodian la mayor parte de nuestros montes son quienes menos población, recursos e influencia poseen.
La ciudad reglamenta. El campo obedece. Y el monte arde. Así estamos.
