
La irrupción del Papa León XIV ha sacado a la calle a una España acobardada durante décadas. No me refiero a la nación española -que también-, ni a su religiosidad -que también-, ni a sus tradiciones -que también-, sino al sedimento de cultura, ese poso de milenios de costumbres y rituales sociales que están en la base de toda civilización sin que las generaciones que la habitan tomen conciencia de su existencia. Porque como el pez que no aprecia su humedad porque es su medio, los modos culturales de ser preceden a nuestra propia existencia. Nacemos en ellos, nos influyen, nos constituyen e inspiran, y a veces, también nos alienan. Vale para cualquier cultura o civilización. En este caso, me refiero a la base cultural cristiana en su versión católica.
Por razones que se escapan a este artículo, la presencia abrumadora de lo más reaccionario de la Iglesia católica en tiempos que habrían de habernos abierto al siglo de las luces y al liberalismo moral tras el derrumbamiento del Imperio, y su culminación en cuarenta años de dictadura que acabó por confundir franquismo con catolicismo, provocó en las generaciones que nacimos tras la Guerra Civil un repelús insoportable por la sotana, el cirio y el confesionario. A ello se sumó el posmodernismo de los años 60, el laicismo generalizado y la fiebre marxista que se apoderó de las universidades y de los intelectuales más influyentes en toda Europa.
En ese ecosistema laico, descreído y desestructurador de verdades eternas - incluidas aquellas que la ciencia nos ofrecía como objetivas - crecimos muchos de los que hoy contemplamos con asombro el misterio de una Iglesia milenaria que parece renacer de sus cenizas en procesiones, calles, estadios y catedrales de toda España. Hasta los mangantes que nos pastorean desde el Congreso se han sumado, disciplinados y reverentes, a la súbita liturgia del respeto debido.
Cuanto menos, es una lección para la soberbia de una generación marxista que nos prometió el cielo en la tierra en sustitución del espiritual, y acabó arruinándonos el misterio del cielo y robándonos el de la tierra.
Debería servir, al menos, como cura de humildad para toda arrogancia intelectual. Ya no hablo del misterio de la fe, sino de la base cultural sobre la que descansan nuestras convicciones. No hace falta ser religioso, ni siquiera creyente, para advertir que ninguna revolución es tan poderosa como para suplantar de golpe aquello que siglos de sabiduría acumulada han convertido en fundamento de lo que somos. Saben más los siglos por ensayo y error que cualquier espontáneo de tres al cuarto dispuesto a asaltar los cielos desde facultades de pega con intención de bajarle las bragas a alumnas embelesadas por su piquito de oro.
Sostenía Roger Scruton frente a esos brujos de la demolición, que la tradición occidental no era un capricho de viejos reaccionarios, sino el resultado de milenios de experiencia humana destilada en instituciones, valores y formas de vida que habían demostrado su capacidad para nutrir el conocimiento, la libertad y la convivencia.
No hace falta ser creyente para colegir que, más allá de la emoción católica provocada por la llegada de León XIV, España conserva una arquitectura moral enraizada en el inconsciente colectivo. Una trama de valores, símbolos, hábitos y lealtades que nos cohesionan, nos explican y, por lo que vemos a diario con los nacionalistas, también nos dividen. Porque nada une tanto como aquello que otros necesitan destruir para inventarse una identidad.
Lo que ha demostrado la irrupción de León XIV es que esos valores no estaban muertos. Solo acomplejados. Ni la nación política que fue imperio, desmembrada, sólo maltratada por una generación perdida en busca de identidades postizas. Por eso, deberíamos sentirnos orgullosos de que la máxima autoridad moral de Occidente haya recordado en Madrid que Isabel la Católica, la tradición jurídica española y la Escuela de Salamanca hace ahora 500 años abrieron una reflexión decisiva sobre la dignidad humana, los derechos naturales y los límites morales del poder, inspiración y germen de lo que serían en 1948 los Derechos Humanos.
Ayer, el arte y la fe de Gaudí convirtieron la Sagrada Familia en algo más que una basílica. Durante unos instantes, el cielo de Barcelona pareció el mismísimo Cielo. Pura magia. Palabra de agnóstico incorregible. Y más aún cuando tuvo el privilegio de contemplarla desde el balcón de su casa, junto a la Torre Glorias (Agbar), que se sincronizó con la explosión de luz de la basílica. Felicidades a todos los que lograron el encantamiento.
