
¿Se imaginan una nación a la altura de la selección española? ¿Un Gobierno con su sentido del deber? ¿Un presidente con la serenidad, la empatía y la dignidad de su seleccionador? ¿Una España sin ventajistas, tramposos ni profesionales del rencor, unida por el espíritu de esos jóvenes que bordaron el fútbol contra Francia?
No se alarmen. No me ha dado un ataque de ñoñería. Esa España existe. Existe en las calles, en las terrazas y en las familias reunidas ante el televisor. En ese instante extraordinario en que millones de ciudadanos olvidan sus diferencias y comparten una alegría sin pedir permiso, sin esconder la bandera ni disculparse por sentirse españoles.
Quizá el fútbol sea ya el último espacio donde España puede reconocerse sin complejos. El único donde el ciudadano se atreve a sacar a la luz el sentimiento nacional que durante décadas han tratado de aplastar nacionalistas y populistas de izquierdas con la sombra del fantasma de Franco.
Pero allí donde aparece una España alegre y desacomplejada, comparecen también los guardianes del resentimiento: los propietarios de la superioridad moral que viven de despreciar los sentimientos ajenos desde medios públicos, instituciones y tribunas pagadas por todos.
Antes del partido contra Francia, El Triangle se preguntaba irónicamente qué periodista de TV3 había manifestado en las redes su deseo de que ganara España. La respuesta parecía evidente. Jair Domínguez, entrevistado por Jofre Llombart, lo resumió con su suficiencia habitual: "Voy con quien juegue contra España".
Lo significativo no es que no animen a España. Son libres de no hacerlo. Lo revelador es que en TV3 resulte casi heroico reconocer alguna simpatía por la selección española, mientras el partidismo por el Barça se exhibe sin pudor. No es neutralidad periodística. Es sectarismo.
Tampoco es una anécdota reciente. Existe una larga tradición de hispanofobia en los medios públicos catalanes. Y lo más repugnante no es siquiera el insulto, sino la superioridad moral con que se profiere: esa patente de corso que permite defecar sobre los sentimientos de millones de ciudadanos y, al mismo tiempo, presentarse como víctima.
Quizá la obscenidad más célebre la protagonizó Pepe Rubianes en TV3, en 2006: "Que se metan a España ya en el puto culo, a ver si les explota dentro y les quedan los huevos colgando de los campanarios. Vayan a cagar… con la puta España…".
Conviene recordar aquella vomitona porque el odio no surgió ayer. Lleva décadas alimentándose desde televisiones, escuelas, partidos e instituciones. Del mismo modo que hoy muchos jóvenes que ignoran quién fue Miguel Ángel Blanco o qué significó el terror de ETA, otros han crecido creyendo que insultar a España no es una muestra de intolerancia, sino una forma superior de conciencia política.
Y no ocurre únicamente en Cataluña. En Pamplona, durante los Sanfermines, y ante una plaza abarrotada, los cachorros abertzales desplegaron dos pancartas tan grandes como su impunidad: "PUTA ESPAÑA" y "PUTA SELECCIÓN". Ese País Vasco con ínfulas que el PSOE lleva años ayudando a construir.
¿Qué conduce a alguien a creer que puede escupir así sobre los sentimientos de sus conciudadanos? ¿Qué clase de superioridad racial, política o ética le permite insultar a millones de personas sin sentir vergüenza?
Ese es el verdadero problema: la impunidad. La certeza de que España puede ser insultada gratis; de que sus símbolos, su historia y sus ciudadanos carecen del derecho al respeto que los nacionalistas exigen ferozmente para los suyos.
Habría que ver qué sucedería si alguien exhibiera un "Puta Cataluña" o un "Puta ikurriña". Lo llamarían delito de odio. Y quizá lo fuera. Pero el odio deja de serlo cuando la víctima es España.
Vuelvo a la selección. Ni siquiera es el triunfo lo más admirable que la adorna. Lo verdaderamente valioso es el compañerismo, el juego limpio, el respeto al adversario y la entrega a un objetivo común.
Es un equipo donde todos aceptan ser gregarios y donde las estrellas iluminan al conjunto sin deslumbrarlo. Nadie necesita humillar al compañero para sobresalir: el éxito individual solo tiene sentido dentro del esfuerzo colectivo. Son jóvenes preparados, disciplinados y bien educados. Compiten por España sin complejos y sin convertir la bandera en un arma contra nadie.
Representan todo lo contrario del presidente del Gobierno y su cuadrilla de trileros. Ellos, con una responsabilidad infinitamente mayor que estos chicos del balón, carecen de su sentido del deber, de su lealtad al grupo, de su respeto a las reglas y de su elegancia en la victoria o en la derrota.
La selección no necesita dividir a España para representarla. No necesita comprar aliados, humillar al adversario ni alterar las reglas del partido para continuar en el campo. No culpa al árbitro de sus errores ni entrega una parte del equipo para conservar el brazalete.
Coda: El domingo se puede ganar o perder. Argentina ha demostrado que está dispuesta a llevar el partido al límite, incluida la bronca. España no debe entrar al trapo. Ni una mala patada ni un gesto airado.
Gane o pierda, esta selección ya ha conquistado algo más difícil: el respeto de quienes todavía creen que el modo de alcanzar la victoria importa tanto como la victoria misma.
Y quienes no soporten una posible derrota, que recuerden que la verdadera final ya se jugó contra Francia. Aquel día, el mejor equipo del mundo venció a la mejor selección del mundo.
