Sánchez no quiere un pacto de Estado
Ningún político que busque un pacto lanza la idea delante de las cámaras sin haber pulsado la opinión de los partidos que pueden formar parte del acuerdo.
Cada vez que, en medio de una oleada de incendios, el presidente del Gobierno declara que hay que firmar un pacto de Estado contra la emergencia climática, confirma de modo más evidente que su intención no es forjar un pacto de Estado. De entrada, lo delata el lenguaje que utiliza, y eso sin contar el no verbal. En el llamamiento al pacto que hizo desde Castellón incluyó la pullita "esta sí que es una prioridad nacional", y no fue una ocurrencia espontánea: se repite, es la consigna del día. Ningún político que desee convencer a otro partido de que negocie un pacto, y más de Estado, va a invitarlo a llegar a un acuerdo con una expresión destinada a molestarlo. Incrustar ahí la "prioridad nacional" no tiene más sentido ni función que recalentar la censura a quienes la ha incorporado a sus acuerdos autonómicos para escándalo de los socialistas. Escándalo sobreactuado, como todos los suyos. La pulla es tan indicativa de que no se pretende llegar a un pacto, como la denominación elegida para el pacto.
Tiene el nombre, pero ¿dónde está el contenido? Si todo lo que hay son las treinta y ocho páginas que el Gobierno colgó en diciembre de 2025 como Propuesta de Pacto de Estado contra la Emergencia Climática, sólo posee una colección de obviedades. Lo propuso ya hace un año en medio de una oleada de incendios. La elección del momento es otro indicador. ¿Cómo era aquello de no legislar en caliente? Ni se sabe, pero los que han declamado, muy solemnemente, que no hay que legislar en caliente, proponen el pacto cuando todo arde. Y lo proponen entonces por la misma razón por la que hay anuncios publicitarios estacionales. Es la lógica publicitaria, la lógica propagandística, la que se impone.
La lógica de los pactos de Estado es diferente. Hay que huir de la publicidad y la propaganda si realmente se quiere un pacto de Estado sobre algo importante. Al menos, hasta que el pacto se suscriba. Este tipo de pactos, además, se elaboran en frío. Para poner uno encima de la mesa, listo para la firma, hace falta una larga preparación fuera de foco. Consultas, para empezar a hablar. Literalmente. Antes de hablar de pacto, antes de abrir la boca para decir "propongo un pacto de Estado" se ve si hay o no hay posibilidad. Ningún político que quiera realmente un pacto de Estado lanza la idea delante de las cámaras de televisión sin haber pulsado la opinión de los partidos que pueden formar parte del acuerdo.
Todo, en este asunto, sucede al revés. Sánchez declara que el PP debe firmar un pacto de Estado, cuya denominación decide él y sólo él, sin consultar antes con el PP. El jefe del Gobierno hace política declarativa. Su política, y ya prácticamente su única política, es la política de comunicación. Con el rótulo "Pacto de Estado contra la Emergencia Climática", se desarrolla una campaña publicitaria. Es la campaña de verano de los socialistas, su tinto de verano, por así decir. Y este veraniego desahogo, tipo ir de pesca en río revuelto, nada tiene que ver con una iniciativa política diseñada para alumbrar un pacto de Estado: ni sobre la emergencia climática ni sobre la prevención ni sobre nada. Ha esperado un año para arrojar de nuevo, en caliente, sobre la audiencia, la confrontación disfrazada de pacto.
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