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Javier Benegas

Prólogo de una amenaza existencial

La gran paradoja de nuestra historia reciente es que el PSOE no desarticuló la cultura del franquismo. La tradujo al idioma moral de la izquierda.

Europa Press

Una nación comienza a desaparecer mucho antes de que alguien borre su nombre del mapa. Primero pierde el rumbo. Después aprende a convivir con su debilidad. Por último, otros empiezan a decidir por ella. Suecia lo descubrió en el siglo XVIII. Tras la Gran Guerra del Norte, el país que había dominado el Báltico pasó casi de la noche a la mañana de gran potencia a ser la nación paria de Europa. La llamada Era de la Libertad limitó el poder absoluto de la Corona, pero no pudo impedir que la corrupción, el dinero extranjero y la guerra de facciones fueran vaciando el Estado por dentro.

España debería mirarse en ese espejo. Nuestra historia reciente había seguido el camino contrario. Tras la Guerra Civil, el aislamiento internacional encerró al país en una autarquía sin salida. En cuanto se abrió una grieta, la España franquista corrió hacia ella: los acuerdos con Estados Unidos, la ONU, el GATT; después, ya en democracia, la OTAN, la Comunidad Económica Europea y la OMC. No era una colección de siglas. Era una larga fuga de la soledad. Puro instinto. España había aprendido, a un precio muy alto, que quedarse fuera del mundo significaba quedarse a merced del mundo.

Creímos que aquella etapa había quedado para siempre a nuestras espaldas. No era verdad.

José Luis Rodríguez Zapatero comenzó a invertir el rumbo en 2005, cuando firmó con Hu Jintao la Asociación Estratégica Integral entre España y China. Lo llamó multilateralismo, un eufemismo que distraía la gravedad de la maniobra: alejarse de los aliados sin romper formalmente con ellos y acercarse a sus adversarios sin reconocer el cambio de bando.

Pedro Sánchez ha acelerado la marcha. Viajes a Pekín, un diálogo estratégico permanente, resistencia a las defensas comerciales europeas y una España convertida en puerta trasera para el desembarcadero chino en la Unión. Pekín trae falsas fábricas y promesas. España regala suelo, ayudas y acceso al mercado común. No es neutralidad. No estamos tendiendo puentes: los estamos cruzando en una sola dirección.

Con Estados Unidos, en cambio, Sánchez ha cultivado el agravio. España quiso quedar al margen del compromiso de la OTAN para elevar al 5% del PIB el gasto en defensa y seguridad. El mensaje no puede ser más cínico: protegednos, pero no nos pidáis el mismo esfuerzo; compartid satélites, inteligencia, bases y soldados, pero permitidnos vestir de pacifismo nuestra insolidaridad. Una alianza soporta discrepancias. Lo que no soporta indefinidamente es al comensal que llega puntual al banquete y nunca aparece cuando hay que apagar el incendio.Y el incendio ya ha llegado a nuestra puerta.

Ceuta no fue una crisis migratoria más. Fue la imagen de un Estado paralizado mientras le echaban la puerta abajo. Cerca de 50.000 personas atravesaron en un día una frontera española. Una ciudad de apenas 85.000 habitantes quedó desbordada y Europa contempló cómo uno de sus límites exteriores cedía ante un Gobierno sin reflejos y sin autoridad. Lo más grave no fue la multitud entrando. Fue descubrir que lo hacía sin ninguna oposición.

¿Dónde estaban entonces nuestros nuevos amigos? China no acudió a Ceuta. Tampoco vendrá a defender Melilla, a vigilar el Estrecho, a proteger Canarias ni a combatir las redes yihadistas. ¿Lo hará el Grupo de Puebla? ¿Proporcionará radares, agentes, buques o información de inteligencia? Estas preguntas resultan irritantes porque se responden solas sin opción a la manipulación.

Las alianzas no son fotografías de cumbres con sonrisa de dentífrico. Son satélites, radares, policías, votos diplomáticos, cadenas logísticas y servicios de inteligencia que deciden cada día qué saben, qué cuentan y a quién se lo cuentan. Cuando un país deja de ser fiable, nadie le envía una nota de despedida. Simplemente empieza a enterarse tarde, a saber menos y a quedarse fuera de las habitaciones donde se decide su destino. El aislamiento diplomático moderno no cierra embajadas. Desconecta teléfonos.

En Hispanoamérica, el PSOE ha recorrido el mismo camino. Zapatero es fundador del Grupo de Puebla y se ha convertido en símbolo de una izquierda que confunde las urnas con un salvoconducto para ocupar el Estado. En ese entorno confluyen regímenes autoritarios, empresas públicas, comisionistas, contratos, favores y relaciones personales protegidas por la opacidad. Las democracias occidentales incomodan al poder con oposición, prensa, jueces y procedimientos. Sus contrapartes autoritarias ofrecen puertas traseras. Esa diferencia explica muchas afinidades. Pero, sobre todo, explica que quienes de verdad conspiran contra España están en La Moncloa. No en Washington ni en Jerusalén.

La gran paradoja de nuestra historia reciente es que el PSOE no desarticuló la cultura autoritaria del franquismo. La tradujo al idioma moral de la izquierda: el adversario convertido en enemigo, el partido confundido con el Estado, la democracia legítima solo cuando gobiernan los nuestros, el cinturón sanitario, la colonización institucional y las alianzas con quienes quieren impedir cualquier alternancia. Un régimen formalmente democrático pero con reflejos autoritarios. Postfranquismo progresista sin encaje en Occidente.

La consecuencia es el regreso al aislamiento. No al de los años cincuenta, sino a otro más insidioso: seguir dentro de Occidente después de haber dejado de pertenecer a él. Conservar la silla y perder la confianza. Permanecer en todas las mesas para descubrir que nadie comparte ya con nosotros lo que importa.

Suecia tuvo que llegar al borde de la desaparición para comprender cuán bajo había caído. ¿A qué sima deberá descender España? ¿Qué tendrá que perder? ¿Ceuta? ¿Melilla? ¿Canarias? Las naciones no desaparecen de un día para otro. Primero pierden aliados. Después pierden la capacidad de defenderse. Al final, pierden territorio.

Cuarenta años peleando por volver a ocupar nuestro lugar en el mundo para que primero Zapatero y después Sánchez convirtieran el regreso en retirada. La pregunta ya no es si el PSOE nos debilita —hay que estar ciego o vendido para no verlo—, sino qué tendremos que perder para, al fin, librarnos de quienes han convertido su permanencia en el poder en una amenaza existencial.

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