
Me produce satisfacción contemplar a tantos jóvenes celebrando la victoria de la selección española de fútbol. Verlos envueltos en banderas, abrazándose, cantando, saltando en las plazas y dejándose llevar por una alegría limpia y juvenil. Hay desenfado, pasión, orgullo y euforia. España ha ganado. Nosotros hemos ganado. Y durante unas horas millones de personas sienten que forman parte de algo grande.
No soy aficionado al fútbol, pero no me molesta el ruido ni la algarabía de los jóvenes por la victoria de la selección. Al contrario. Me reconcilia con una juventud a la que tantas veces describimos como apática, desorientada o desarraigada. Ahí están, celebrando una victoria que sienten suya, admirando a jóvenes como ellos que han competido, han sufrido, han resistido y finalmente han vencido.
Se ha repetido hasta la saciedad que los futbolistas de la selección española son un ejemplo para nuestros jóvenes. Y es verdad. Pero aquí es precisamente donde debemos detenernos para descubrir una flagrante contradicción.
El deporte consiste en el espíritu competitivo, el mérito, el esfuerzo, la disciplina, la ambición, la autoestima y el deseo de victoria. Consiste también en saber perder, aprender de los errores y hacerse más fuerte.
Todo eso se lo exigimos a nuestros deportistas. No queremos que no sean competitivos o que les baste con participar. Esperamos que corran más, que resistan más, que se levanten después de cada patada y que salgan al campo convencidos de que pueden ganar. Si pierden por falta de ambición, los criticamos. Si remolonean, nos indignamos. Si buscan excusas, nos decepcionan.
Sin embargo, cuando esos mismos jóvenes intentan trasladar ese ejemplo a la vida real, chocan con una sociedad que les transmite exactamente lo contrario. La competitividad es sospechosa. La ambición es egoísmo. El mérito se relativiza hasta hacerlo desaparecer. El esfuerzo se menciona con la boca pequeña, como si reconocer su importancia implicara incentivar las desigualdades. El éxito ajeno provoca recelo. Y el fracaso propio se atribuye a una injusticia, a un culpable o a una conspiración.
En el deporte aceptamos que unos ganan y otros pierden. Fuera del deporte cualquier derrota la interpretamos como una anomalía a corregir.
Todo lo que admiramos en nuestros deportistas, todo lo que celebramos cuando ganan y todo lo que les exigimos cuando se enfrentan a sus adversarios lo rechazamos en la vida cotidiana. Queremos futbolistas competitivos, pero jóvenes conformistas; deportistas ambiciosos, pero trabajadores que no aspiren demasiado; campeones orgullosos de sus triunfos, pero empresarios, profesionales o estudiantes obligados a pedir perdón por destacar. Celebramos que un futbolista no se conforme con un empate, pero miramos con sospecha a quien se niega a conformarse con una existencia mediocre.
Hace años, una campaña publicitaria adoptó un eslogan que me pareció clarividente: "La vida es el deporte más duro. Entrena". El anuncio mostraba a personas corrientes enfrentándose a la vida cotidiana como si participaran en una competición de alto nivel: un oficinista subiendo unas escaleras, alguien corriendo para no perder el autobús, hombres y mujeres madrugando en ciudades frías y grises, preparándose para afrontar otra jornada.
Salvando las distancias y el propósito comercial, los publicistas habían acertado al señalar una realidad. La vida es, efectivamente, el deporte más duro. No tiene un reglamento perfectamente definido. No siempre gana el mejor. Algunos parten con ventaja, otros sufren contratiempos inesperados y muchos tienen que correr sobre un terreno inclinado. Y a menudo, después de haberlo dado todo, se pierde.
Ningún Gobierno puede abolir esa realidad. Ninguna ley, ideología o sistema administrativo puede lograr que todos lleguemos al mismo tiempo a la meta. El Estado puede y debe evitar abusos, proteger al desamparado e intentar que el terreno de juego no esté demasiado desnivelado. Pero una cosa es ayudar y otra muy distinta convencernos de que no juguemos el partido.
Cuando una sociedad renuncia a competir mediante mecanismos destinados a igualar los resultados, acaba fabricando perdedores. Personas educadas en exigir que el duro deporte de la vida se adapte a ellas, no en afrontarlo. Personas a las que se ha enseñado a señalar culpables antes que soluciones y derechos antes que responsabilidades. El resultado no es una sociedad más compasiva; es una sociedad cruel que promueve la derrota.
En la Grecia antigua, el deporte no era simplemente entretenimiento ni una válvula de escape. Estaba unido al ideal del areté, la búsqueda de la excelencia física, moral y espiritual. La competición servía para demostrar de qué era capaz un ser humano. Era una representación de la existencia: reglas, sacrificio, incertidumbre, dolor, derrota, superación y gloria. No una evasión.
Nosotros hemos invertido ese sentido. Utilizamos el fútbol para lograr durante unas horas los éxitos que la vida nos niega. Depositamos en once jugadores la ambición que hemos abandonado en todo lo demás. Les pedimos que sean audaces, disciplinados y competitivos mientras en la vida real castigamos la audacia, relativizamos la disciplina y sospechamos de la excelencia.
Deberíamos preguntarnos cómo es posible que España alcance tantos éxitos deportivos y, sin embargo, no consiga trasladar esa cultura del esfuerzo a la vida cotidiana. Por qué aceptamos en un estadio lo que rechazamos en una escuela, una universidad, una empresa o una Administración. Por qué comprendemos perfectamente qué hace falta para ganar un Mundial y parecemos olvidarlo cuando se trata de hacer un país más próspero, exigente y respetado.
Nuestros campeones nos han recordado que las victorias no llegan por decreto. Se entrenan. Se persiguen. Se merecen. Se levantan sobre miles de horas que nadie ve, derrotas dolorosas y momentos duros en los que habría sido mucho más fácil bajar los brazos y rendirse. Ese es el verdadero ejemplo que ofrecen nuestros deportistas a los jóvenes españoles. No solo que se puede ganar, sino que merece la pena prepararse para intentarlo.
Celebremos, por supuesto. Cantemos, abracémonos y llenemos las calles de banderas. Disfrutemos de esta alegría sin complejos y retengamos en la memoria la fotografía de nuestros jugadores levantando la copa. Pero cuando termine la fiesta, cuando las plazas se vacíen y cada uno regrese a sus obligaciones, no olvidemos la lección. Asumamos que la vida es el deporte más duro. Y que España tiene que volver a entrenar para ganarlo.
