
España ha encontrado una forma relativamente barata de resolver la crisis de Ceuta: convertirla en una discusión entre tertulianas. No devuelve la seguridad a sus 84.000 habitantes, no restablece la frontera ni obliga al Gobierno a responder por lo ocurrido, pero llena unas cuantas horas de televisión y permite que la menguante parroquia socialista se marche a la cama convencida de haber ganado. Es mucho más fácil "derrotar" a una señora en un plató que enfrentarse a Marruecos en el feroz terreno de la realidad.
No todas las responsabilidades son equiparables. Aunque cada partido dispone de sus cronistas, sus voceros y sus especialistas en indignarse, ha sido Pedro Sánchez quien ha convertido esta fauna en parte esencial de su estructura de poder. El sanchismo no inventó el chonismo político —ya existía fuera—, pero lo entronizó, lo profesionalizó y le reservó sitio en la televisión pública. Descubrió que la degradación del debate no era un efecto indeseado, sino una formidable herramienta de autoconservación. Cuanto más rastrera es la discusión, más difícil resulta levantar la mirada hacia quien gobierna.
El último episodio de Malas lenguas merece conservarse como muestra paradigmática de la época. Una tertuliana elogió a Aznar y recordó el episodio de Perejil. Sarah Santaolalla respondió invocando Irak, las víctimas del terrorismo y los pósteres que su contrincante debía de tener colgados en casa. Al verla escribir en una libreta añadió: "Querido diario, hoy voy a decir viva Aznar". Después apareció el ático de Ayuso, que por alguna extraña razón también debía geolocalizarse en Ceuta. En pocos minutos habían comparecido un islote, una guerra de hace veintitrés años, los muertos del terrorismo, la presidenta de Madrid, una libreta y la decoración imaginaria del dormitorio de una señora. Sólo faltó Ceuta.
Sarah Santaolalla no ha creado el género, no le alcanza la sesera. Pero lo ha conducido hasta sus más altas cimas. Es el tótem de la chonificación de la política, ese proceso por el cual el argumento se reduce a un mohín, la discrepancia a un vacile con canalillo y la tragedia nacional a un zasca de parvulario. No se trata de convencer —solo faltaría—, sino de "cerrar bocas"; no de comprender, sino de "arrasar"; no de informar, sino de fabricar el fragmento de vídeo viral que "destroza" a los fachas.
Sarah es sólo la representación más grimosa de un fenómeno en alza. El binomio mérito-esfuerzo cayó en España mucho antes que la frontera de Ceuta. Cuando una sociedad deja de premiar la competencia, el conocimiento, el trabajo y la simple decencia, los lugares no quedan desiertos: los ocupan el servilismo, el descaro y la utilidad para quien reparte la tarta. El mérito exige demostrar lo que uno vale. El favor sólo exige no olvidar a quién se lo debes.
De esa demolición procede buena parte de lo que contemplamos. Los voceros del Gobierno no cobran necesariamente de Ferraz ni reciben un sobre con membrete de la Moncloa. Sería demasiado grosero. Unos cobran directamente; otros lo hacen en contratos, presencia, salvoconductos, notoriedad, conexiones en directo o minutos de cámara. La nómina puede no llevar el emblema del partido. La deuda, en cambio, se reconoce a simple vista.
Así se forma una corte que no necesita recibir instrucciones por escrito, solo consignas. Sus integrantes saben al minuto qué hay que ocultar, qué tema conviene rescatar del pasado, a quién toca insultar y qué realidad debe ser reemplazada por otra alterativa para controlar daños. No son periodistas defendiendo al Gobierno. Son guiñoles del Gobierno colocados en el lugar donde debería haber periodistas.
Ceuta es la prueba de este mecanismo. 100.000 personas asaltaron impunemente una frontera española. Hubo muertos y caos; ahora hay agresiones, campamentos ilegales, guardias civiles y soldados atacados y una población que ha perdido la libertad de movimientos. Marruecos quebró intencionadamente la soberanía nacional y el Gobierno respondió rebajando la invasión a "crisis migratoria". Un mes después la crisis, lejos de resolverse, se agrava.
La maquinaria sanchista recibió esos hechos y los descuartizó. Entregó una parte a cada tertuliano y arrojó el resto a la basura. La invasión pasó a ser una oportunidad para hablar de Aznar. El abandono del Gobierno, una ocasión para denunciar a la derecha. La desesperación de los ceutíes, un pretexto para ajustar cuentas con Ayuso. Marruecos desapareció por completo. Sánchez se convirtió en humo vacacional. La frontera se borró. Al final sólo quedó Sarah rebuznando en un plató bajo un rótulo rojo: MÁXIMA TENSIÓN.
Es la nueva banalización del mal que Sánchez nos regala: no negar el desastre, sino convertirlo en show business; no ocultar a las víctimas, sino utilizarlas como figurantes tarados; no impedir que la realidad aparezca, sino enterrarla debajo de tanta basura mediática que deje de significar algo.
España es hoy mera entelequia porque dejó de existir como nación mucho antes en las cabezas de quienes debían defenderla. El Estado, en cambio, sigue ahí. Recauda, coloca, subvenciona y protege a discreción. No ha desaparecido: ha cambiado de clientela. Su principio fundacional ya no es la seguridad de los españoles ni la defensa del territorio, sino la protección de las posiciones de quienes sirven al que manda.
La primera frontera no cayó en Ceuta. Cayó cuando el poder, en manos de Sánchez, perdió cualquier rastro de decencia y encontró suficientes mercenarios dispuestos a convertir su abandono en relato. Después de eso, todas las demás fronteras quedaron expeditas para quien quisiera cruzarlas.