Pedro Sánchez, el sepulturero
Su decisión de mantenerse hasta el mismísimo final no es heroicidad, sino cobardía.
Ya no falta de nada para que la imputación de Zapatero haga saltar las alarmas que aún permanecían mudas. Hasta han aparecido relojes y joyas en una caja fuerte oculta en el despacho del expresidente. Sean cuales sean los títulos de propiedad del "botín", digno de piratas del Caribe, la imagen es demoledora. Y, sin embargo, ahí está Pedro Sánchez, tranquilo, esperando a que el mundo se desmorone a su alrededor con la calmosa paciencia del que aguarda un tren regional en una estación de tercera. Sus últimas palabras conocidas en medio de esta cuenta atrás en el Doomsday Clock socialista fueron para decir que habrá elecciones en 2027, de ninguna manera antes, y que si los españoles quieren, ahí seguirá cuatro años más o los que sean menester.
Desde que adelantó elecciones en 2023, no quiere saber nada de adelantar elecciones. No es difícil de entender por qué se ha vuelto tabú aquello que hace sólo tres años él mismo hizo sin darle muchas vueltas, poco menos que de un día para el otro. Entonces jugó a la ruleta con una expectativa que portaba una brizna de optimismo, siempre teniendo en cuenta a los otros miembros del Frankenstein. El pasadizo era estrecho, pero había una posibilidad. Ahora hay un desfiladero bloqueado por una avalancha y ni con ayuda de los sherpas será capaz de atravesarlo. Su decisión de mantenerse hasta el mismísimo final no es heroicidad, sino cobardía. No quiere perder y aleja todo lo que puede ese trance desagradable en el que hay que hacer frente a la derrota.
La oposición exige adelanto electoral y esto, para Sánchez, ha de ser motivo para no ceder. Lo acaba de plantear Felipe González y ni hablar de hacerle caso, por lo mismo.
Pero luego está el partido, lo que queda del partido, en municipios y autonomías. Los alcaldes lo han dicho. Quieren que convoque antes de mayo de 2027 porque lógicamente no desean recibir en sus magras carnes el castigo que corresponde a Sánchez, y que merece. Cualquiera lo ve. Prácticamente está escrito. El problema para el partido no es que Sánchez se hunda con el barco, enarbolando el Manual de resistencia que le escribió Irene Lozano, como prueba de contumacia. El drama es que el barco acabe en el fondo del mar, matarile, rile, rile, y esto sea el fin de la historia.
Tomás Gómez escribió el otro día que las municipales van a ser un desastre sin paliativos y que el PSOE puede desaparecer, si nadie lo remedia. Pero Sánchez, por voluntad propia, no lo va a remediar. O se lo imponen o seguirá derecho al precipicio. Acompañado, eso sí, por la tira de asesores que le dicen lo que quiere oír. A fin de cuentas, para qué demonios quiere un partido el que tiene un "bloque". Cuando el objetivo es formar una coalición que sume mayoría absoluta en el Congreso, la necesidad de tener un partido -y las necesidades del partido- pasan a un segundo plano y se desvanecen. Estamos en el caso, no infrecuente, del dirigente que, por pulsiones de uno u otro tipo, asesta un golpe letal a su partido, porque el partido se ha quedado sin sistema inmune, sin capacidad de reacción frente a la megalomanía del líder. Sánchez, como hacía con sus víctimas el Sepulturero de la serie Bones, va a enterrar vivo a su partido muy abajo. Y cuanto menos se rebelen los que pintan algo en el PSOE, más profundamente, y más despreocupadamente, lo enterrará.
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