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Rubén Manso

La moderación como rebeldía

En una política convertida en concurso de estridencias, la verdadera rebeldía ya no consiste en gritar más fuerte.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante una sesión plenaria, en el Congreso de los Diputados. | César Vallejo Rodríguez / Europa Press

Hay una extraña forma de ternura en el odio político actual. Es una querencia casi erótica que permite que el adversario más encarnizado se convierta, con el paso de los días, en el único referente ético y estético. Se empieza vituperando la falta de escrúpulos del otro y se termina, por pura inercia mimetizadora, copiando hasta el modo en que se ajusta la corbata frente a la cámara.

El espectáculo es, a estas alturas, didáctico. Contemplamos a los profetas de la inmediatez, esos que han sustituido la gestión por el titular de mañana, mirarse con una mezcla de envidia y devoción. Es la envidia del que, queriendo incendiar el mundo, se siente molesto por sus propias ataduras, mientras observa al otro —a ese que ha hecho de la transgresión su zona de confort— ejecutar sus actos con la pasmosa tranquilidad de quien sabe que la realidad es, en última instancia, una materia maleable al capricho del líder.

Es curioso observar cómo el que se dice opositor termina suspirando ante el adversario que habita en la trinchera de enfrente. Lo admira. No por su ideología, que le resulta detestable, sino por su audacia para saltarse los límites que el resto aún considera sagrados. Y en esa admiración silenciosa se oculta la semilla de la decadencia: se empieza envidiando la determinación del enemigo y se acaba adoptando sus modos.

Si el otro ha convertido la trampa en método, ¿por qué habría de ser yo menos "eficaz"? Así, la corrupción se acaba comprendiendo: ya no es un vicio de unos pocos, sino un requisito técnico para parecer un político con carácter. La radicalidad, al final, es un disolvente que iguala por lo más bajo.

Frente a este aquelarre de testosterona política y cortoplacismo, uno siente la necesidad de reivindicar, casi como un acto de rebeldía, la normalidad en los comportamientos y la moderación en las actitudes. Las verdaderas. Esas que no son tibieza ni falta de convicciones, sino el ejercicio más elevado de la fortaleza y de la inteligencia: la humildad de reconocer los límites propios, la sabiduría de saber que el mundo es demasiado complejo para ser resuelto a golpe de soflama y que la paciencia todo lo alcanza.

La moderación no es el refugio de los cobardes, sino el territorio de los adultos. Es la única postura capaz de realizar el trabajo lento, artesanal y necesario de la solución. Mientras unos compiten por ver quién hace más ruido y otros aprenden, mediante la imitación, a corromperse con mayor destreza, el resto, esa inmensa mayoría que aún cree en el valor de lo ordinario, observa cómo el país se desmorona.

Porque el ruido no es gratis. La imitación del peor, la erosión deliberada de las formas y el desprecio a la prudencia tienen un coste que se mide en inseguridad jurídica, deterioro institucional, inversión que no llega y energías sociales malgastadas en el siguiente escándalo en lugar de en la próxima década.

Al final, la mayor provocación en esta España de extremos no es gritar más fuerte, sino mantener la calma y trabajar en la recuperación de lo cotidiano. Pero claro, eso requiere la honestidad de aceptar que uno, por muy líder que se crea, no es más que un simple mortal sujeto a las leyes de la lógica, a la prudencia y, fundamentalmente, a las de la decencia.

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