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Juncker: ¿impertinente o carismático?

Juncker, amigo de apretar las tuercas a países en apuros, llevó la batuta del Eurogrupo con un arrojo que no gustaba a todos.

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Juncker bromea con De Guindos en una reunión del Eurogrupo | Archivo

El ex primer ministro de Luxemburgo Jean-Claude Juncker fue elegido candidato del Partido Popular Europeo (PPE) para presidir la Comisión Europea, imponiéndose al otro postulante, el comisario europeo de Mercado Interior, Michel Barnier. El resultado final fue de 627 votos emitidos, de los que 245 fueron para Barnier y 382 para Juncker.

"Tenemos estilos diferentes", solía presumir con algo de pompa el rival francés de Jean Claude Juncker tratando de rentabilizar el talón de Aquiles del irreverente luxemburgués. Y es que su carácter, deslenguado y faltón, y sobre todo, su pasaporte triple A, no entusiasmaba a algunos de los líderes populares que, finalmente, sí le apoyaron. "Al señor Juncker hay que explicarle las cosas algunas veces", llegó a decir el ministro De Guindos, tratando de aplacar las prisas del entonces presidente del Eurogrupo cuando España estaba solicitando el rescate financiero que hoy en Bruselas se exhibe como "ejemplo de que los rescates funcionan".

Impertinente o carismático, según quien lo describa, Juncker, amigo de apretar las tuercas a países en apuros, llevó la batuta del Eurogrupo con un arrojo que no gustaba en todas las capitales. Y es que la mayor debilidad de Juncker es precisamente lo que éste pretende rentabilizar en su campaña por el puesto (que no se jugará en las urnas, pero sí en función de su veredicto). Así, si Juncker presumió este viernes ante sus compañeros de partido de haber vivido "momentos muy difíciles en los que hubo que hacer de todo para evitar la catástrofe", sus enemigos –y, desde luego, los socialistas-, lo señalarán como la cara visible de los rescates, y, por consiguiente, azote de la austeridad con la que los ciudadanos han pagado todos ellos.

Los méritos del elegido, por contra, no son pocos. Jean Claude Juncker, primer ministro de su país durante casi dos décadas, campó durante siete años por los pasillos del Consejo templando entre los Gobiernos, abroncando a los países manirrotos, y recetando disciplina contra los desmanes del Sur. Prueba de que la suya no era una labor fácil fue el caos en que se precipitó la zona euro a cuenta del único rescate (el de Chipre) que no le tocó manejar a él. Su sucesor, el contenido holandés Jeroem Dijsselbloem, aunque aparentemente más correcto y ortodoxo, cometió errores que precipitaron a los inversores hacia el pánico.

En un intento de dotar a las instituciones comunitarias de una mayor legitimidad democrática, esta vez, los altos cargos no (sólo) se cocinarán entre Gobiernos en una sala a puerta cerrada, sino que las urnas tendrán que señalar hacia el grupo más votado en las elecciones al Parlamento Europeo y, sólo entonces, los Gobiernos propondrán su candidato. El sistema es nuevo y sus trampas, por tanto, no están escritas. Pero lo cierto es que, de alzarse los populares con el timón del Ejecutivo comunitario a partir del próximo otoño, Jean Claude Juncker, además de legislar, podría romper el aletargado tono de más de una reunión europea.

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