
Si estos días alguien lee las noticias de disturbios, otra vez, en Gran Bretaña y, otra vez, por un asesinato encontrará una rápida explicación en los medios progresistas. Será uno de esos atajos explicativos para quedarse tranquilo. Del tipo "la extrema derecha está utilizando un asesinato para extender el discurso del odio". Para que nadie se extravíe y pierda el tiempo, el atajo titular identifica claramente quién es el problema: la extrema derecha, y difumina todo lo demás. Es notorio que basta con nombrar a la extrema derecha para proporcionar toda la información necesaria sobre cualquier acontecimiento. El otro atajo busca el consenso equidistante con el aviso de que "se está politizando un crimen". En la denuncia de la politización se reúnen desde el primer ministro Starmer hasta periódicos como el New York Times. Sigue siendo la fórmula de un detergente, pero tiene, sin querer, la virtud de encaminar el asunto hacia el lugar justo. La politización está en la raíz de lo que sucedió.
Sucedió que en la noche del 3 de diciembre pasado, en las calles de Southampton, el estudiante de 18 años Henry Nowak recibió cinco cuchilladas del joven Vickrum Digwa, que portaba una daga sij de gran tamaño, después de un encontronazo casual y una riña. Los agentes de policía que acudieron al lugar vieron a Nowak en el suelo, pero creyeron a Digwa cuando les dijo que el estudiante había proferido insultos racistas contra él y le había quitado el turbante, una ofensa grave. En consecuencia, le pusieron las esponsas a un Nowak que se estaba desangrando y no dieron crédito a sus quejas de que le habían apuñalado y no podía respirar. Sólo cuando perdió el conocimiento, vieron que estaba herido y llamaron a la ambulancia. Demasiado tarde. Nowak perdió la vida. En el juicio, que concluyó el lunes con la condena de Digwa a cadena perpetua, con un mínimo de 21 años de cárcel, se dieron a conocer detalles de los hechos y vídeos de la actuación policial que han provocado manifestaciones de protesta y disturbios, además de una fuerte reacción de partidos como Reform y los Conservadores contra el Gobierno.
El buenismo ambiental sólo es capaz de ver politización en los discursos encendidos de Farage y otros radicales de derecha. No puede ver la politización que él mismo provoca aunque esté escrita de forma clara y distintiva sobre los hechos. Porque el condenado por el asesinato contó la mentira de los insultos racistas para aprovechar el refugio político del antirracismo y tener la posibilidad de un atenuante por ser víctima de insultos racistas. Y los agentes de policía que se tragaron el cuento e ignoraron las quejas del moribundo Nowak actuaron así no porque fueran especialmente idiotas o crueles o no sólo por eso. Se comportaron de acuerdo con lo que les enseñan en los seminarios sobre diversidad, equidad e inclusión. Como dice la columnista del Telegraph, Allison Pearson, lo que más temen los policías británicos en 2026 son las acusaciones de racismo.
La politización más relevante en este caso es la que reclamó en su favor el asesino y la que moldeó la conducta de los policías. Es resultado de una política que ha acabado con un principio básico, útil, difícil, pero fundamental, que ha tirado al vertedero la igualdad ante la ley y ha puesto en su lugar la identidad, que ordena tratar desigualmente. La policía siguió el guion de la política de la identidad al pie de la letra y al precio de una vida, y, con el mismo guion, el hombre que había matado presentó su crimen como un asesinato políticamente correcto.
