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Javier Benegas

La otra invasión

La gran ventaja de Pekín es que no necesita corromper a nadie en el sentido vulgar de la palabra, aunque ocasionalmente lo haga.

Xi Jinping durante una visita a Moscú. | Cordon Press / Sofya Sandurskaya/TASS via ZUMA Press

Ceuta nos ha mostrado la forma antigua de una invasión: súbita, visible, imposible de ignorar. Pero hay otras formas de invasión que no necesitan derribar fronteras. Entran como inversión, cooperación, fábricas, contratos, viajes y promesas de prosperidad. No despiertan miedo, sino entusiasmo. No necesitan vencer ninguna resistencia: les basta con conseguir que el asalto parezca una oportunidad.

Hablo de China y de otra invasión en marcha que no llega nadando, no salta vallas y no provoca estampidas. Aterriza en clase business, firma memorandos, patrocina foros, compra empresas, construye fábricas y se presenta con un rostro amable envuelto en eufemismos: cooperación, inversión, reindustrialización.

Antes de que se me acuse de sinófobo, lo dejaré claro: no hablo de los chinos, ni siquiera de las empresas chinas por el mero hecho de serlo. Hablo del avance estratégico de un Partido-Estado que lleva décadas aprendiendo a convertir la economía, la tecnología, las relaciones personales y el prestigio en instrumentos de poder.

La gran ventaja de Pekín es que no necesita corromper a nadie en el sentido vulgar de la palabra, aunque ocasionalmente lo haga. La corrupción deja sobres. La influencia legal deja tarjetas de embarque, fotografías en un foro con todos los gastos pagados y agendas llenas de contactos. Un viaje, una invitación, una conferencia, un puesto, una consultoría, una red para la proyección profesional, una oportunidad de negocio, una puerta que se abre. Todo puede ser perfectamente legal. Y precisamente por eso resulta mucho más difícil de detectar y combatir.

No es un delirio de halcones occidentales. En 2023, Xi Jinping enseñó sus cartas: pidió a sus diplomáticos que hicieran amigos "ampliamente y en profundidad" y que utilizaran a fondo "el arma mágica del frente unido". Anne-Marie Brady lleva años estudiando cómo ese sistema busca cooptar élites, ganar acceso y moldear el debate público. También Clive Hamilton y Mareike Ohlberg conocen bien la maquinaria; por eso titularon su libro sobre la influencia china Hidden Hand, la mano oculta.

Y funciona. Funciona hasta el punto de haber instalado en nuestras cabezas una percepción extraordinariamente benigna: que China no ambiciona poder, solo negocio. Un profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Zaragoza expresó esa ceguera a la perfección: "China no quiere exportar ningún modelo; lo que quiere es hacer negocios". Su frase revela hasta qué punto Pekín ha conseguido que solo veamos comercio allí donde el Partido Comunista ve también influencia, dependencia y poder. China, naturalmente, quiere hacer negocios. El error consiste en creer que para China los negocios son solo negocios.

Una línea de montaje puede generar empleo. Una inversión puede beneficiar a ambas partes. Pero cuando el régimen de Pekín domina cadenas de suministro estratégicas, controla tecnologías críticas y cultiva al mismo tiempo redes políticas, empresariales y académicas, la línea que separa economía y geopolítica desaparece. Nosotros clasificamos cada movimiento por separado. Pekín lleva décadas componiendo con todos ellos una coreografía de poder.

La transición energética europea es un ejemplo casi cómico, si no fuera catastrófico. Philippe Aghion, Nobel de Economía, ha descrito a Europa como una Bella Durmiente que lleva cuarenta años rezagándose y, sin embargo, confía en que la crisis energética acelere las renovables y reduzca nuestra dependencia exterior. ¿Pero de qué dependencia nos habla Aghion? Porque la Agencia Internacional de la Energía estima que China concentra alrededor del 85% de la capacidad de la cadena solar y el 80% de la de baterías de ion-litio. Y en algunos eslabones supera el 95%. Nuestras élites hablan de eliminar dependencias mientras crean una mucho mayor.

El error viene de más atrás. Europa decidió que podía planificar desde los despachos una transformación tecnológica de dimensiones históricas, elegir qué industrias debían morir, cuáles debían sustituirlas y a qué velocidad debía producirse el relevo. Es la vieja arrogancia de creer que la destrucción creativa puede administrarse por decreto. El resultado ha sido grotesco: Europa sacrificó su industria en el altar del futuro y China se quedó con el altar y con el templo.

Ahora que algunos empiezan a comprender el precio de esa arrogancia, España acelera en sentido contrario. Mientras la Unión Europea habla ya de de-risking, de reducir dependencias y proteger sectores estratégicos, Sánchez abre más puertas. En abril firmó 19 acuerdos con China y ofrece en bandeja de plata precisamente algunos de los sectores que decidirán el poder del siglo XXI: baterías, vehículo eléctrico, drones, energía eólica e inteligencia artificial. Europa empieza a buscar la salida. España sigue adentrándose en la cueva.

Sería fácil culpar solo al PSOE, con diferencia el más entusiasta facilitador del desembarco de Pekín en Europa. Pero el problema, lamentablemente, es más extenso. Durante años, buena parte de nuestras élites políticas, empresariales, universitarias y mediáticas ha aprendido a mirar a China no desde el interés de España, sino desde el suyo: qué puertas abre, qué viajes paga, qué contactos proporciona, qué negocios facilita, qué notoriedad concede. Pekín lo sabe bien y explota esa vanidad, esa ambición y esa conveniencia con implacable precisión.

Ahí reside su ventaja. Marruecos necesita romper una frontera para imponer su voluntad. China no necesita recurrir a la fuerza para tomar el control de nuestra casa.

Una frontera derribada puede reconstruirse. Lo difícil es reconstruir una frontera que ha desaparecido de nuestra cabeza. En Ceuta vimos entrar a decenas de miles de personas y comprendimos inmediatamente que algo grave estaba ocurriendo. La otra invasión será mucho más difícil de detener, porque no parece una invasión. Parece un buen negocio.

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