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Los errores de Morsi: las claves de su derrocamiento

El Ejército egipcio ha derrocado a Mohamed Morsi, nombrando a un nuevo presidente. Con él, los egipcios no lograron ninguna de sus demandas.

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Cuando llegó al cargo, Mohamed Morsi prometió dos cosas: que sería el presidente de "todos los egipcios" y que no impondría una agenda islamista. Un año después, entre los factores que han provocado su derrocamiento, el incumplimiento de estas dos promesas articula la verdadera razón de su caída. Egipto acabó con Mubarak al grito de "Pan, libertad y justicia social", exigencias que el nuevo rais heredó. Pero en algo más de 365 días, los egipcios no han tenido ninguna de las tres.

Mohamed Morsi ganó por la mínima (51% de los votos) unas elecciones que evidenciaron las profundas divisiones en un país que salía de décadas de letargo, y que eligió la que creían "menos mala" de las opciones. Para superar la compleja situación, la transición exigía una suma de fuerzas que conciliara a fuerzas islamistas y seculares, y apaciguara las tensiones existentes. Pero el camino escogido por Morsi supuso todo lo contrario: ahondar en los abismos que separan a la sociedad egipcia y fragmentarla aún más.

Monopolio del poder

Desde el primer día de su mandato, tanto Morsi como la Hermandad Musulmana (a través del Partido de la Libertad y la Justicia) han encaminado todas sus medidas a concentrar el poder ejecutivo, legislativo y judicial. El nuevo rais se declaró inmune por decreto presidencial. Quería acapararlo todo. Trató de hacerlo en un "decretazo" constitucional y por un referéndum fallido -por su escasa participación- e impuso una Constitución no consensuada. La desconfianza que muchos sectores tenían en los Hermanos Musulmanes se confirmaba: Morsi quería estar por encima de la ley, y lo estaba consiguiendo.

Agenda islamista

Los egipcios votaron a un presidente islamista que prometió no imponer la agenda religiosa en el Egipto post Mubarak. Pero Morsi, apoyado por las fuerzas salafistas más rigoristas ha llevado a cabo medidas que hacían temer un califato islámico. Apoderándose del discurso religioso, el nuevo gobierno utilizó el islam como herramienta política, sin otro objetivo que imponer un proyecto excluyente que dejaba fuera a parte de la sociedad, y no atendía a las urgentes demandas enmarcadas en otros ámbitos. El altavoz que recibieron los clérigos más radicales, la justificación de la violencia contra las mujeres que se hizo desde los órganos del Estado, la inacción ante la creciente violencia contra los coptos... Durante semanas, las calles de Egipto se han llenado de personas descontentas con la agenda islamista de Morsi, la mayoría de fe musulmana.

El invierno económico

La delicada situación económica que sacó a los egipcios a las calles en la época de Mubarak se ha agravado bajo el régimen de Mohamed Morsi. El fracaso es patente: el déficit fiscal se duplicó, la deuda pública roza el 85% y las divisas están prácticamente agotadas. Los egipcios sufren el encarecimiento de los productos de primera necesidad debido a la importación a la que se ha visto forzada el Estado, y el 25% de la población vive con menos de un dólar al día. Cortes de agua y electricidad, desempleo... El turismo continuaba sin reflotar, y Morsi se encalló en negociaciones con el FMI, tratando de cerrar las condiciones de un préstamo de 4.800 millones de dólares que acabaría con las subvenciones a productos como el pan o el petróleo. Con Morsi, los egipcios tampoco tuvieron pan, a pesar de las sustanciosas donaciones de estados como Arabia Saudí.

¿Justicia?

Si algo no han tenido los egipcios durante este año, es justicia. Los atropellos y atrocidades del aparato policial de Mubarak cometidas durante las revueltas del 25 de Enero han quedado impunes. Morsi ni ha amagado con modificar la estructura, ni ha llevado ante los Tribunales a los responsables policiales, que continúan en sus cargos. La crisis de Port Said o la muerte de Jaled Salid han sido ignoradas por el nuevo régimen, y han enervado a una población que acusaba las consecuencias de unas calles cada vez más inseguras.

¿Libertad?

La situación de las libertades públicas en el Egipto actual ha hecho revivir algunos de los momentos más negros del mandato de Mubarak. Y es que, el Gobierno islamista ha incrementado la presión contra los sectores más críticos surgidos del descontento, como organizaciones civiles o centrales sindicales. ONG y asociaciones son asfixiadas por los preceptos de la Shura que aspiran a controlarlo todo y tampoco la prensa ha experimentado la libertad propia de un estado democrático. Muchos periodistas han sido perseguidos por difamar a la religión o insultar al presidente, y el propio Morsi ha arremetido contra aquellos medios que considera no afines.

Además, en los últimos meses los ataques sectarios han aumentado. Contra los coptos, pero también contra la minoría chií y especialmente contra las mujeres. En muchas ocasiones, con el aliento llegado directamente desde las filas salafistas.

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