
En los últimos años, Solo en casa y su secuela, Solo en casa 2: Perdido en Nueva York, han experimentado un notable renacimiento. Ambas películas se han consolidado como dos de los títulos más vistos de las plataformas de streaming durante el periodo navideño, revalidando su condición de clásicos intergeneracionales.
Este regreso al centro de la cultura popular ha abierto la puerta a nuevas lecturas del largometraje, entre ellas una que ha ganado especial fuerza: el extraordinario nivel de renta de la familia McAllister, muy por encima de lo que cabría considerar clase media estadounidense.
El primer indicio aparece en el propio escenario de la película. La casa familiar, situada en Winnetka, una de las zonas residenciales más exclusivas del área metropolitana de Chicago, es una vivienda unifamiliar de gran tamaño, con varios salones, siete dormitorios y un sótano amplio que se convierte en pieza clave del desarrollo de la trama.
No se trata de un decorado ficticio: el inmueble existe y ha sido objeto de varias operaciones inmobiliarias documentadas. En 2012 se vendió por aproximadamente 1,58 millones de dólares y, más recientemente, ha salido al mercado por cifras situadas en el entorno de los 5 a 6 millones de dólares. Incluso ajustando por la evolución del mercado inmobiliario local, el valor de la vivienda en 1990 ya la situaba claramente en un segmento reservado a los hogares con rentas muy elevadas, propio del 1% más acaudalado de Chicago.
A este patrimonio inmobiliario se suma un patrón de consumo coherente con un nivel adquisitivo excepcional. En la primera película, la familia completa —padres, hijos, tíos y primos— viaja desde Chicago a París para pasar las Navidades. El grupo está formado por once personas y la película deja claro que los padres de Kevin vuelan en clase business.
A comienzos de los años noventa, un billete intercontinental en clase ejecutiva podía situarse en el rango de los 2.000 a 2.500 dólares por persona. Actualizado a precios actuales, esa cifra equivale aproximadamente a entre 5.000 y 6.000 dólares. Solo el viaje de los padres habría supuesto hoy un desembolso cercano a los 10.000 o 12.000 dólares, mientras que el coste total del desplazamiento familiar, incluso asumiendo que el resto volase en clase turista, se movería con facilidad por encima de los 30.000 dólares actuales.
En la segunda parte, el error logístico conduce a Kevin a Nueva York mientras el resto de la familia vuela de Chicago a Florida. Aunque se trata de un trayecto doméstico, vuelve a producirse en plena temporada alta y con un nivel de gasto que encaja con un hogar poco sensible a restricciones presupuestarias.
Pero el episodio más revelador de esta secuela es, sin duda, la estancia de Kevin en el Hotel Plaza, a las puertas de Central Park. La habitación que ocupa tenía a comienzos de los años 90 una tarifa aproximada de 355 dólares por noche. Ajustada por inflación, esa cantidad equivale hoy a unos 750–800 dólares, en línea con los precios actuales del establecimiento. A ello se suma el gasto en servicio de habitaciones, que distintas estimaciones sitúan en torno a los 1.000 dólares de la época, lo que hoy representaría aproximadamente entre 2.000 y 2.200 dólares de gasto en un insólito "atracón".
Incluso los detalles más cotidianos refuerzan esta imagen. Al inicio de la primera película, la familia pide varias pizzas a domicilio, con un precio de 12 dólares por unidad, una cifra elevada para 1990. Actualizada a valores actuales, cada pizza costaría hoy en torno a 30 dólares. Para un pedido numeroso, el desembolso total resulta significativo, pero en ningún momento aparece como una preocupación relevante para la familia, lo que vuelve a subrayar la holgura de su presupuesto doméstico.
El trabajo de los padres
Aunque el largometraje no detalla explícitamente las ocupaciones de los progenitores de Kevin, fuentes autorizadas aportan claridad sobre este aspecto. Por ejemplo, según la novelización oficial de la película escrita por Todd Strasser y respaldada por declaraciones del director Chris Columbus, la madre de Kevin, Kate McCallister, sería una diseñadora de moda muy exitosa, un punto sugerido también por los numerosos maniquíes presentes en la vivienda familiar, y que explica parte de los recursos del hogar.
En cuanto a Peter McCallister, el padre del niño encarnado por Macaulay Culkin, se le concibió como un empresario destacado, y aunque el propio director ha señalado que podría haber trabajado en publicidad —inspirado en la propia experiencia del guionista John Hughes— no se ofrece una descripción profesional tan específica como la de su esposa. Esta información, aunque no aparece en el guion final, ofrece una base que confirma el alto nivel de ingresos imputable a la familia McCallister.
Si se combinan todos estos elementos —vivienda, viajes, consumo y estilo de vida...—, la conclusión es difícil de evitar: los McAllister encajan con bastante precisión en el segmento de hogares de mayores ingresos de Estados Unidos. Lejos de ser una anomalía cinematográfica, este retrato resulta coherente con el contexto económico de los años 80 y 90, marcado por un fuerte crecimiento de la renta y la riqueza tras las políticas de oferta impulsadas durante la presidencia de Ronald Reagan. Reducciones fiscales, dinamismo empresarial y expansión del consumo formaron el telón de fondo de una época en la que el cine reflejaba, con notable naturalidad, niveles de prosperidad que hoy parecen excepcionales.
Solo en casa no es una película económica, pero sí un testimonio involuntario de un momento histórico concreto. Detrás de las trampas, el humor físico y la nostalgia navideña, se esconde el retrato de una América confiada en su prosperidad, donde un niño podía quedarse solo en casa —o perderse en Nueva York— sin que el dinero fuese nunca un problema.



